De la raza aria a la raza del espíritu. Apuntes sobre la filosofía fascista de la cultura

Escribe: Anel Hernández Sotelo

 

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Fascismo: Credo político nacionalista, autoritario y anticomunista, antítesis de la democracia liberal, que adopta su nombre del antiguo símbolo romano de la autoridad estatal, un haz de varas en torno a un hacha. Su raíz se halla en la exaltación hegeliana del Estado, el irracionalismo místico de Nietzsche y Schopenhauer y el concepto de Sorel de un “mito” como punto central de emoción y de acción. Hace hincapié en el derecho a gobernar de una élite autoconstituida, un aparato disciplinado de partido en sustitución de la democracia parlamentaria y la exaltación de las virtudes de la guerra y de la agresión como medio de avanzar los intereses de una nación. Toda oposición, política o religiosa, es ilegal. (Cook, 2006: 241-242)

Sabido es que el nazismo alemán compartió con el fascismo italiano –y con muchos otros- la ideología nacionalista, autoritaria y anticomunista. No me interesa detenerme ahora en las convergencias existentes entre ambos totalitarismos. Al contrario, en las líneas que siguen espero poder desarrollar, aunque muy someramente, las diferencias entre ambos conceptos que posibilitaron el surgimiento de dos filosofías bien definidas sobre la noción de raza y la ontología de la raza superior.

            Mientras los miembros del Nationalsozialistische Deutsche Arbeiter Partei -encabezados por el Fürher- concibieron la idea de la superioridad racial de los arios, los integrantes del Partito Nazionale Fascista -liderados por el Duce- se vieron obligados a preponderar el concepto de raza del espíritu dada la evidente incompatibilidad de postular sólo a los arios como hombres superdotados en una Italia históricamente mestiza.

Adolfo Hitler consideraba que la humanidad podía dividirse en tres categorías o tipos de hombres: los que crean la cultura, los que la conservan y los que la destruyen. El pueblo ario, según esta tesis, formaría parte del primer grupo porque en él se establecieron “los fundamentos y las columnas de todas las creaciones humanas”. Los arios, como detentores de la civilización a pesar de ser numéricamente inferiores, “dominan pueblos extranjeros y desarrollan, gracias a las especiales condiciones de vida del nuevo ambiente geográfico (fertilidad, clima, etc.), así como también favorecidos por el gran número de elementos auxiliares de raza inferior disponibles para el trabajo, la capacidad intelectual y organizadora latente en ellos”. (Hitler, 2000: 101)

El grupo de los hombres conservadores de la cultura estaría integrado entonces por las razas inferiores, cuyo destino era funcionar como auxiliares de la raza superior. Según el Führer, las razas inferiores tuvieron un origen ario, mismo que perdieron al mezclarse con otras razas. En la pérdida de la pureza de sangre aria radicaba su inferioridad aunque, paradójicamente, en esta contaminación sanguínea se encontraba el fin último de estas razas: la conquista de los pueblos autóctonos. Si “una de las condiciones más esenciales para la formación de culturas elevadas fue siempre la existencia de elementos raciales inferiores, porque únicamente ellos podían compensar la falta de medios técnicos, sin los cuales ningún desarrollo superior sería concebible”, el gran servicio prestado a la raza superior por las razas inferiores estaba vinculado al sometimiento de los pueblos en los que no había rastro alguno del genoma ario y a la regulación de sus actividades. (Hitler, 2000: 102)

Audaces conquistadores y fervientes promotores de los avances técnicos, los conservadores de la cultura, sin embargo, nunca se revelarían como el fin último de la historia debido a su incapacidad para conservar la pureza de sangre aria. Al mezclarse con los pueblos subordinados habían cerrado “el capítulo de su propia existencia”. Y es que “la mezcla de sangre, y por consiguiente, la decadencia racial son las únicas causas de la desaparición de viejas culturas; pues los pueblos no mueren por consecuencia de guerras perdidas sino debido a la anulación de aquella fuerza de resistencia que sólo es propia de la sangre incontaminada”. (Hitler, 2000: 102)

El tercer grupo -el de los destructores de la cultura- estaba formado por el judío, calificado por Hitler como “el antípoda del ario”. A pesar de su gran instinto de conservación y de sus admirables capacidades intelectuales, el pueblo judío no podía incluirse en el grupo de los conservadores de la cultura debido a su falta de “sentimiento idealista”. Esta carencia quedaba demostrada con el hecho de que “jamás existió ni hoy, consiguientemente puede existir, un arte judío”. Falto de creatividad, el judío era “un parásito en el organismo nacional de otros pueblos” porque su modus vivendi se basaba en el mercadeo de un pseudoarte que no era más que la imitación del arte verdadero. (Hitler, 2000: 104-105) El pueblo judío destruía la cultura que otros habían creado y conservado. Sobre los escombros de aquella destrucción, los judíos comerciaban con el arte kitsch. (Spotts, 2011)

Esta triada hitleriana de creadores-conservadores-destructores de la cultura funcionó como la justificación filosófica para llevar a cabo el exterminio sistemático de miles de personas –no solamente judías-, gracias al apoyo de instituciones como la Iglesia Católica. (Johan Goldhagen, 2002) Y es que como “guardián de la cultura occidental” -es decir, como celador de la estética grecorromana y de las producciones artísticas decimonónicas-, el Führer consideraba que el sentido del poder no era la dominación política per se sino, mediante ésta, atesorar para el III Reich los portentos artísticos occidentales e instaurar en el orbe una cultura propiamente alemana, previamente purificada de las corrientes extranjerizantes y de la cultura kitsch. Así, una de sus primeras decisiones de gobierno fue la creación de la Cámara de Cultura del Reich (1933), cuyos objetivos principales eran velar por el fortalecimiento de la cultura aria, mediante el aquilosamiento de objetos artísticos por diferentes medios (compras estatales, confiscación, donaciones e, incluso, adquisición mediante capital privado de Hitler), promover la cultura inmaterial (operas y orquestas) gracias a la proyección de verdaderas ciudades culturales a lo ancho del Reich y vigilar que el arte del reino fuere constantemente higienizado, es decir, que adoleciera de las máculas judaizantes, comunistas, extranjerizantes y modernistas. (Spotts, 2011: 262-265)

Esta filosofía de la cultura inviable en la Italia de Benito Mussolini principalmente porque la historia de la Península Itálica es la historia de los préstamos culturales, de la adopción y adaptación de cosmovisiones variopintas y de la sumisión de los pueblos originarios a un único poder legítimo y legitimador. Es la historia de la fragmentación política, de las guerras nacionales por el control de su estratégica geografía y de la construcción del mito orgánico de la noción de Occidente. Este mito fundante de una civilización sin fronteras geográficas ni ideológicas es recreado hasta nuestros días gracias a la institucionalización infalible e inefable de la representación de dos poderes: el de la grandeza del Imperio Romano y el de la dogmática surgida en el seno mismo de la providencial Iglesia Católica, Apostólica y Romana. (Chatelet, 1989: 232-240; Corm, 2010)

En respuesta al restringido principio genético de la superioridad racial, los incondicionales del Duce impulsaron la categoría de la raza del espíritu, con la que se justificaba filosóficamente la calificación de “superiores” a hombres y mujeres partidarios del régimen con independencia a la calidad de su sangre. ¿Cómo surgió esta idea?

Violando las disposiciones de la convención de Ginebra (1925) y las sanciones diplomáticas que la Sociedad de las Naciones había impuesto a Italia, en 1935 Benito Mussolini ordenó el ataque militar al Imperio Etíope -en el que se usaron gases tóxicos contra la población africana- con la finalidad de declarar el renacimiento del Imperio Romano. Esta guerra fue apoyada por los miembros de la Iglesia Católica, quienes celebraron la misión evangelizadora de la milicia fascista desarrollaba en Etiopía (Napoli, 2008: 121) a pesar de que la región había sido cristianizada al menos desde el siglo II. (Fernández, 2000: 167-170) Terminada la guerra, Mussolini fue erigido como Ministro de las Colonias del África Oriental Italiana y fue entonces cuando juristas, historiadores y filósofos cercanos a él concibieron una serie de discursos explícitamente racistas con los que se justificaron las leyes bajo las cuales se regirían las colonias de este Nuevo Imperio Romano. En una de estas leyes, por ejemplo, se prohibían las relaciones conyugales entre los italianos y los súbditos etíopes “para evitar la posibilidad de que los ‘mestizos’ pudieran convertirse en ciudadanos”. (Napoli, 2008: 122)

Para llevar a la práctica las regulaciones racistas -y también antisemitas- dispuestas en África Oriental Italiana fue necesaria la construcción de una conciencia de raza propiamente italiana –conciencia que implicaba la aceptación del su mestizaje histórico-, desvinculada de la ideología alemana de la raza biológicamente superior. Si bien en un primer momento Mussolini avaló los discursos que promovían la existencia de una raza aria italiana -como el contenido en Il fascismo e i problema della raza (1938)-, pronto fue evidente que, de aplicarse este modelo de raza superior, no sólo los judíos sino la mayor parte de la población italiana debía considerarse carne de desecho.  Así, surgió entonces la noción de raza del espíritu.

Heredera directa de las disertaciones raciales con las que se fundamentó la legislación impuesta en Etiopía,  la cultura jurídica promovida por el Duce desde el poder se sustentó en la categorización de los conceptos ciudadano y súbdito como contrapeso a la dogmática biológica del régimen nazi. Y es que, con la aplicación de estos conceptos a la jurisprudencia fascista, se ensalzaba “el componente latino y mediterráneo” de los italianos. (Napoli, 2008: 127)

De las discusiones filosóficas sobre la ontología del racismo no biológico nacieron tesis como las de Guido Cogni y de Julius Evola. El primero postulaba la existencia de “una raza aria […] indogermánica y superior”, compuesta por ciertas variantes “del tipo nórdico.” Una de esas variantes era precisamente “la nación italiana”, porque científicamente se podía constatar que “la nación italiana […] contiene los dolicocéfalos morenos mediterráneos y los dolicocéfalos rubios nórdicos; sólo de este segundo tipo vienen los que le han dado brillo y potencia a nuestra nación; nuestros meridionales, representados como toscos e ignorantes están semitizados”. (Napoli, 2008: 127) Sin embargo, esta doctrina de Cogni fue desechada no por el explícito extremismo antisemita, sino porque “el germanismo profesado era por definición incompatible con el mito romano y con la raíz cristiana de Italia (los mitos teutones son paganos); era sustancialmente una doctrina anti-italiana”. (Napoli, 2008: 128)

 Por su parte, inspirado en teorías esotéricas, Julius Evola proveyó al régimen fascista de una filosofía racista con la que se justificó el terrorismo de Estado desatado por Mussolini: la superioridad racial y cultural de un pueblo no radicaba sólo en los aspectos biológicos, sino principalmente en

el espíritu de un pueblo, es decir, [en] su fuerza creadora [porque] las cualidades morales de un pueblo no permanecen en el ámbito del aspecto ideal y cultural, sino que “crean” la raza, entran de alguna manera en los cromosomas del pueblo. El punto de partida es el principio voluntarista: de las acciones concretas, que son expresión de tal voluntad, de su constante repetición en el tiempo, nace la raza. El elemento biológico, entonces, no está ausente: sólo no es el priüs, es decir, no es la sangre la que determina la moralidad, sino que es precisamente ésta, así como se ha expresado en el tiempo, la que determina la sangre […] La moralidad de los hebreos es inferior en cuanto que ellos, a través de los siglos habrían leído, estudiado y practicado una Ley que exaltaría la falsedad, el engaño, el desprecio por el prójimo. El haber realizado esto durante innumerables años, ha “creado” la raza de los hebreos como raza inferior. (Napoli, 2008: 130)

Así las cosas, con el concepto raza del espíritu se corroboró filosóficamente la superioridad de la civilización italiana como creadora y conservadora de los pilares del mito de Occidente: el Imperio Romano y la Iglesia Católica. La histórica voluntad del pueblo italiano le otorgaba así el estatus de un “organismo ético integral” en el que, justificadamente, los ciudadanos (los de la raza del espíritu) debían someter y/o exterminar a los súbditos (racialmente inferiores) para llevar a cabo la trascendente misión del estado fascista: la defensa de la civilización europea, madre de “las grandes civilizaciones mundiales”. (Napoli, 2008: 139)

            Las generalidades expuestas aquí evidencian la importancia de la filosofía de la cultura en la legitimación de los regímenes totalitarios. Guardando las distancias históricas pertinentes, es claro que en el México del año 2015 existe también una filosofía de la cultura con la que el Estado justifica el terrorismo, los crímenes de lesa humanidad, las desapariciones forzadas, el despojo, los conflictos de interés y tantas otras situaciones imposibles siquiera de reseñar aquí. La utilidad que el Estado mexicano obtiene de la repetición mecánica de un discurso nacionalista, progresista y civilizatorio, es el adoctrinamiento masivo de los ciudadanos –por medio de la televisión, las cadenas de radio, la prensa y las actividades socioculturales federales y estatales- en la aceptación de que existe un tipo de mexicano que merece el trato que recibe de las instancias gubernamentales. La virtud de la filosofía fascista que impera en nuestro país es la indefinición de este mexicano indeseable pues hoy el ciudadano común justifica discursivamente las vejaciones del Estado con la lapidaria frase de que el muerto, el desollado, el desaparecido, el golpeado, el degollado, el acallado “algo ha de haber hecho”.

Bibliografía

COOK, Chris, Diccionario de términos históricos, traducción y adaptación de Fernando

Santos Fontenla, Madrid: Alianza editorial, 2006.

CORM, Georges, Europa y el mito de Occidente. La construcción de una historia,

Barcelona: Península, 2010.

FERNÁNDEZ, Gonzalo, “La cristianización de Etiopía” en REINHARDT, E. (dir.),

Tempus Implendi Promissa. Homenaje al Prof. Dr. Domingo Ramós-Lissón, Pamplona: Eunsa, 2000, pp. 167-170.

HITLER, Adolfo, Mi lucha, México: Editorial del Partido Nacional Socialista de América

Latina, 2000.

JONAH GOLDHAGEN, Daniel, La Iglesia Católica y el Holocausto. Una deuda

pendiente, Madrid: Taurus, 2002.

MAIRET, Gérard, “La ideología de Occidente, significado de un mito orgánico” en

Chatelet, François y Gérard Mairet (eds.), Historia de las ideologías. De los faraones a Mao, Madrid: Akal, 1989, pp. 232-240.

NAPOLI, Olindo de, “El problema filosófico del racismo fascista desde la perspectiva de la

cultura jurídica” en Fronesis, Vol. 15, Núm. 3, 2008, p. 119-147.

SPOTTS, Frederic, Hitler y el poder de la estética, Madrid: Antonio Machado Libros /

Fundación Scherzo, 2011.

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2 pensamientos en “De la raza aria a la raza del espíritu. Apuntes sobre la filosofía fascista de la cultura

  1. Gracias por tu comentario José Omar. Sí, definitivamente estamos acostumbrados a hacer una diferencia entre religión y política, sin embargo toda religión ES política de masas. Los estudios sobre la vinculación entre las formas de ser en las sociedades y la religión a la que se adscriben plantean que la manera de estar en el mundo está relacionada siempre con el ámbito metafísico. Para los puritanos que llegaron a fundar las Trece Colonias, el mundo era tenido como un terreno que dios había dispuesto “para los elegidos”, por lo que había que exterminar a “los repróbos”. Los elegidos, además, tenían que ser WASP (White, Anglo, Saxon, Puritan). La historia cultural de EUA -como todas las historias sobre la construcción de los nacionalismos- es apasionante pero también muy triste. Saludos

  2. La élite de evangélicos cristianos estadounidenses se creen elegidos por un ser superior para que instruyan a su pueblo a someter a las demás naciones y creerse superiores aunque esa élite evangélica cristiana tenga como patrones a los judíos sionistas EuroEstadounidenses. A pesar de que el pueblo estadounidense está casi absolutamente enajenado si hay alguien de USA en quien confiar: Eva Golinger.

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