Escribe:  Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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Al padre Gofo lo conocí hace 18 años cuando él estaba en la prepa y yo había concluido los estudios de Filosofía en el seminario de Monterrey. El año escolar 95-96 lo vivimos juntos, pues yo era su prefecto de disciplina y su profesor en el segundo año de bachillerato en la entonces escuela Julieta Dávila, a la que asistían los seminaristas a cursar la secundaria o la prepa.

            Recuerdo que al Gofo, porque ya en esas fechas le decían sus compañeros así, le gustaba jugar futbol como portero, leía todo lo que caía en sus manos y tenía su escritorio decorado con afiches del Che Guevara y con fotografías del movimiento estudiantil del 68, muy diferente a sus demás compañeros seminaristas que tenían cromos y estampas de Jesús, de la Virgen María o de algún santo.

            Después de ese año escolar, volvimos a coincidir en el 2003 cuando ya él estudiaba teología y yo era profesor de teología en el Seminario Mayor. El Gofo que yo había conocido obviamente había cambiado, pero su conciencia social se había agudizado. Sin embargo su honestidad y sinceridad siempre fueron de sus virtudes dominantes. Un día comentó que había decidido vestirse de negro, pues así se evitaba problemas de “modas”, de formalidades y no le resultaba gravoso económicamente a su familia. Con el tiempo, esto sería motivo para que lo acusaran ¡hasta de satánico!

            El estudio de la filosofía y de la teología lo volvieron un hombre crítico, que se cuestionaba muchas cosas de su entorno social, familiar y religioso. Es claro que el seminario le había enseñado a pensar y la teología lo estaba haciendo más sensible a que esa inquietud por la justicia estuviera alimentada por el Evangelio.

            Tengo muy presente que leímos dos textos en su grupo de teología –que apenas tenía tres estudiantes, todos sacerdotes ya-  que les inquietaron de modo especial: La imaginación profética, de Walter Brueggemann y la Espiritualidad de la Liberación, de Pedro Casaldáliga y J. M. Vigil. Estos libros insisten en dos actitudes fundamentales que debe vivir intensamente todo cristiano que se precie de serlo: el pathos de Jesús de Nazaret y la Indignación profética.

            El pathos (en griego es la palabra que implica la mezcla del sentimiento-actitud, y no una emoción superficial) es esa forma de sentir en las entrañas el dolor y la injusticia del otro, pero también sus esperanzas y sus anhelos más profundos, y que fue la característica peculiar que Jesús vivió y por la cual murió.

            La indignación profética, por su parte, es la actitud del cristiano que lo hace un creyente no acomodado, es decir, que se da cuenta que la tarea del Reino le exige denunciar, con sus palabras, pero especialmente con su forma de vivir, de actuar y de pensar, que el amor siempre es posible, que la violencia, la injusticia y la exclusión no pueden ser la última palabra sobre los seres humanos.

            Con el paso de los años, estos seminaristas son ahora sacerdotes que no dudan en dar a su ministerio un carácter político, en el sentido evangélico de la expresión, y no solamente están “encerrados en la sacristía”, como quisieran muchos.

            Pues bien, estas dos cosas son las que yo descubro en el ahora polémico padre Gofo: una cercanía con grupos sociales a los que la iglesia no ha sabido llegar –ni responder como institución- como a los que él se ha acercado cuando los acompañaba en “La Gruta”, en el centro de Saltillo y que asistieron con sus rostros maquillados y con pancartas a su ordenación sacerdotal ante el espanto de muchos otros curas.

            Su participación activa en grupos de denuncia social para exigir transparencia, honestidad y justicia, su gusto por la literatura, la poesía y el cine, medios que el Magisterio de la Iglesia ha recomendado para evangelizar, lo hacen un sacerdote diferente. Y quizá por eso molesto e incomprendido por muchos, incluso sus hermanos de ministerio.

            Los acontecimientos que ha vivido en los últimos meses le han sido difíciles. Pero tengo la firme esperanza que el rostro de Jesús, que como sacerdote también él encarna, habrá de mostrarse claro y sereno ante los hombres. Que al fin, al mismo Jesús las autoridades políticas y religiosas de su tiempo lo acusaron de muchas cosas.

            También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

Comentarios a: gabrioignaz@yahoo.com

*(Texto tomado de infonor.com.mx)

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El círculo cuadrado

Escribe: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

imagen de soysalesianocooperador.org

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El Vaticano ha anunciado la intención del papa Francisco de realizar la canonización de Juan XXIII y de Juan Pablo II, así como la beatificación de los obispos Oscar Arnulfo Romero y de Álvaro del Portillo. Esto no tendría nada de raro si no fueran ellos polos opuestos.

Pareciera que el papa quisiera obrar el milagro absurdo de hacer un círculo cuadrado. Las figuras de Juan XXIII y de Juan Pablo II son diametralmente opuestas. Juan XXIII, el papa bueno, convocó el Concilio Vaticano II hace 50 años y buscó, con todas sus fuerzas y contra todo pronóstico, poner a la iglesia católica Romana al día con un mundo cambiante, donde la democracia, la ciencia, la técnica y el pluralismo religioso eran la tónica de la cultura universal. Ese papa, anciano y de transición, generó una revolución en la Iglesia como no se había visto en siglos.

Por su parte, Juan Pablo II se mostró siempre como un papa integrista, cuya acción al interno de la misma iglesia fue cerrada, involucionista y contraria al espíritu del Concilio Vaticano II, su pontificado se caracterizó por censurar a los teólogos del concilio y a los teólogos de la liberación latinoamericana que buscaban vivir el Concilio y responder a la necesidad de justicia en un subcontinente paradójicamente cristiano y empobrecido.. Hacia afuera, siempre fue un papa mediático, sonriente, abierto a los de fuera, viajero… Sin embargo, los escándalos de pederastia y su encubrimiento, los escándalos de corrupción y lavado de dinero en la Curia vaticana son sombras muy negras sobre la figura de este papa.

La pregunta obvia es ¿cuál modelo de cristiano es el que pretende ponerse a los fieles con estos papas tan diferentes?

Algo semejante ocurre con Romero y del Portillo. Romero, considerado mártir, ha sido canonizado en vida por los cristianos latinoamericanos. San Romero de América, esperanza de la iglesia de los pobres, estandarte de la teología de la liberación y modelo de pastor que vive encarnado en el pueblo sencillo.

Álvaro del Portillo fue el sucesor de Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei –y canonizado por Juan Pablo II-, un movimiento oscuro y extremadamente conservador. Cuentan los vaticanistas que la canonización de Escrivá se debió al rescate monetario que el Opus Dei hizo de la banca vaticana y, además, se ganó su propia legislación en el Codex de 1983.

Nuevamente hay que hacerse la pregunta: ¿cuál modelo de cristiano es el que pretende ponerse a los fieles con estos obispos tan diferentes?

Ojalá que el papa Francisco quiera y pueda ir más allá de una sola intención conciliadora entre los diferentes sectores vaticanos –conservadores y progresistas-, ya que el mismo Evangelio advierte de que no se puede servir a dos amos. Además, hay que esperar que el hablar de la iglesia de los pobres no sea una moda pasajera, mientras tenemos un papa latinoamericano.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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gabrioignaz@yahoo.com

Pedro Romano

Escribe: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

imagen de eccechristianus.wordpress.com

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La renuncia del papa Benedicto XVI el lunes de la semana pasada ha generado una enorme cantidad de comentarios al respecto. Entre los que más me han llamado la atención están los que aluden a las profecías de san Malaquías.

San Malaquías nació en Irlanda en 1094. Fue nombrado Arzobispo en 1132. Sus profecías referentes a los papas son sumamente conocidas, sin embargo no hay certeza de que sean auténticas. Son 112 sentencias que “describen” a los últimos 112 papas a partir de Celestino II, en 1143.

La sentencia 111 correspondería con Benedicto XVI y la última es la de Petrus Romanus, Pedro Romano, quién sería el último Papa. Y dice el texto: “en su pontificado ocurrirá la persecución final de la Iglesia Romana reinará Pedro Romano, quien alimentará a su grey en medio de muchas tribulaciones. Después de esto la ciudad de las siete colinas será destruida y el temido juez juzgará a su pueblo. El Fin”.

Algunos historiadores señalan que Petrus Romanus es el último Papa aunque la profecía no especifica si hay o no Papas entre él y el 111.

Ahora bien, uno de los candidatos que “más suenan” a suceder a Benedicto XVI es el cardenal Tarcisio Pietro Evasio Bertone, que nació en Romano Canavese, provincia de Turín, y desde 2006 se desempeña como el Secretario de Estado Vaticano.

¿Será este el Pedro Rmano de la profecía? ¿Qué sucedería si es él elegido? Sin duda, la imaginación y la ficción, más que nunca, se desatarían. Dice José Arregi que la tiara y el trono, la terrible infalibilidad, el terrible poder absoluto, siguen intactos, esperando al siguiente candidato. Y no faltarán aspirantes. Ya se traman oscuras estrategias, ya se urden alianzas, ya se hacen quinielas. Se maquina y se conspira. Es pura farsa mediática, pura pornografía religiosa. Y cuando salga la fumata blanca dirán: “El Espíritu Santo ha elegido”. Más obsceno todavía.

¿Qué ha sido de las palabras de Jesús, el profeta de Galilea libre, itinerante y compasivo, amigo de los últimos? “A nadie llamen santo, a nadie llamen padre, a nadie llamen señor. Todos ustedes son hermanos. Busquen cada uno el último puesto”.

Sin embargo, más allá de profecías, ojalá que esta situación permita el inicio del fin de la Iglesia, al menos en la forma de organización que tiene actualmente y que ya no da para más. La excesiva acumulación de poder político y de riqueza económica se han convertido en el principal obstáculo y piedra de tropiezo para el testimonio de fe y de vida evangélica del catolicismo occidental. Ojalá y sí sea esta situación el comienzo de aquella otra profecía de Jesús, donde, ante la magnificencia del Templo, solo expresaba “no quedará piedra sobre piedra”.

Como expresa Agustín Cabré: se dice que el Espíritu Santo asiste a los electores. Pero no podemos olvidar que el Espíritu, según palabras de Jesús, sopla cuando quiere y donde quiere y que nadie lo puede manipular. Ni siquiera los monseñores de Roma.

Habrá que esperar y aguardar. Y más allá de Pedros Romanos, que el próximo pontífice se reconozca como levadura en la masa. Y solo eso.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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Llamado a la conversión


Por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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La decisión del papa Benedicto XVI de renunciar a la cátedra de Pedro ha suscitado una serie de reacciones que, a riesgo de ser simplista, parecen agruparse en tres grandes posiciones: la de los conspiranoicos, la de los radicales y la de los moderados.

Para los conspiranoicos, el papa lleva años enfermo y débil, pero no dimite por ninguna de esas dos razones. Lo hace porque las circunstancias le hacen sentirse incapaz de cumplir con su oficio. Se va derrotado por el cargo. “Apacible pastor rodeado de lobos”, según expresión del periódico de la Santa Sede, L’Osservatore Romano, y, al frente de una organización “devastada por jabalíes” -en sus propias palabras-, su gestión es un rosario de decepciones.

Siguiendo a Juan G. Bedoya, el obispo de Roma ya era el sucesor del emperador Constantino, y no del pobre y analfabeto pescador Pedro. Hoy todo ha cambiado, sobre todo en la Curia de Roma, donde anidan todos los poderes de esa poderosa confesión. Lo ha sufrido Benedicto XVI, que se declaró vencido. Su dimisión la llevaba rumiando desde hace tres años, si se toman al pie de la letra sus declaraciones al periodista alemán Peter Seewald, de marzo de 2010. Dijo entonces: “Si el Papa llega a reconocer con claridad que no puede ya con el encargo de su oficio, tiene el derecho y, en ciertas circunstancias, también el deber de renunciar”.

La resistencia a cumplir sus órdenes ha debido doler de forma especial al anciano Ratzinger, porque llegó al cargo con la promesa de actuar con energía. Por empezar por el asunto más grave, el de la pederastia, Benedicto XVI llegó con la orden de apartar de sus cargos a los encubridores, pero han pasado los años sin haberlo logrado.

El día que la Gendarmería del Vaticano se llevó detenido a su asistente de cámara Paolo Gabriele, el mundo de Ratzinger se tambaleó. Con las cajas llenas de documentos afanados por el mayordomo también afloraron las sospechas. ¿Era su mayordomo el único traidor? Los papeles secretos pusieron además en evidencia que, tal vez por falta de carácter o por evitar una guerra abierta, Ratzinger se había traicionado a sí mismo a la hora de limpiar el aire del Vaticano. Y los “expertos” apuntan al cardenal Bertone.

Para la postura de los radicales, durante los casi ocho años de su pontificado, el papa Ratzinger ha tenido que vivir con la luminosa sombra de su antecesor, el carismático papa Wojtyla. Luminosa porque los turistas siguen encontrando y comprando su fotografía en todos los puestos de recuerdo de Roma, de ese papa enfermo y anciano que no renunciaba al pontificado porque lo vivía como un silencioso martirio, dando ejemplo de entrega hasta el fin. Y sombra porque detrás de su espíritu viajero, de su sonrisa y de su mediático beso en el suelo de los aeropuertos de medio mundo, Juan Pablo II escondió el más sucio de los crímenes de la Iglesia, aquel que comete un adulto, protegido por una sotana, sobre un menor indefenso.

Para los moderados, volviendo con las mismas declaraciones del papa en 2010, “Si el Papa llega a reconocer con claridad que no puede ya con el encargo de su oficio, tiene el derecho y, en ciertas circunstancias, también el deber de renunciar”. El papa reconoce con humildad y, seguramente no sin dolor, que no puede cargar sobre su espalda el peso de la barca de Pedro. Y no porque esté haciendo agua, como lo decía el mismo Ratzinger en el cónclave, sino porque la grave responsabilidad de la orientación de las conciencias y de la salvación, exige a cualquiera una completa y total responsabilidad. Y que esto ocurra en las puertas de la cuaresma, parece un providencial llamado a la conversión.

José María Castillo señala entonces que Entre los numerosos comentarios, que lógicamente está suscitando la noticia de la dimisión del papa Benedicto XVI, echo de menos una reflexión que, a mi manera de ver, me parece la más importante, la más urgente, la que más puede y debería influir en el futuro de la Iglesia y su posible influencia en bien de este mundo tan atormentado en que vivimos […] Pero, por muy importante que sea enjuiciar a las personas, tanto del pasado como del posible futuro inmediato, nadie va a poner en duda que es mucho más determinante detenerse a pensar lo que representa, y lo que tendría que representar, no ya este papa o el otro, sino lo que realmente es y hace la institución que, de hecho, es el papado, tal como está organizada, tal como funciona, y tal como es gestionada, sea quien sea el papa que la ha presidido o que la puede presidir.

Me refiero a la reflexión que distingue entre los que es y representa la persona del “papa”, por una parte, y lo que es y representa la institución del “papado”, por otra.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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Jesús, el de Nazareth

 

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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¿Qué es lo que llamó la atención de Jesús entre la gente pobre y sencilla? Indudablemente el mensaje de esperanza que traía y sus prácticas liberadoras: milagros, expulsiones de demonios, acogida a los marginados, enfrentamientos con los poderosos…, pero también su talante, su modo de ser y hacer.

Los contemporáneos y paisanos de Jesús veían en él a alguien que hablaba con autoridad por estar convencido de lo que decía, no como otros que hablan como fanáticos o funcionarios a sueldo. En sus tribulaciones los pobres acudían a él, y al pedirle solución a sus problemas lo hacían con lo que, al parecer, era siempre el gran argumento para convencer a Jesús: “Señor, ten misericordia de mí”. Los niños no se asustaban de él y también las mujeres le seguían. La gente acudía a él de todas partes, y al final de su vida esa gente es la que le defiende y en el pueblo encuentra su mayor protección. Una mujer no pudo contener su entusiasmo y lo expresó con la mayor vivacidad: “Bendito el vientre que te llevó”.

En otras palabras, los pobres y sencillos, secularmente oprimidos y marginados, encuentran en Jesús a alguien que los ama y los defiende, y que trata de salvarlos simplemente porque están en necesidad. Esto, ayer como hoy, no es frecuente y es en verdad una buena noticia.

De Jesús impacta la misericordia y la primariedad que le otorga: nada hay más acá ni más de ella, y desde ella define Jesús la verdad de Dios y del ser humano.

Es evangelio, entonces, que a Jesús se le muevan las entrañas a misericordia y que configure su vida y su misión desde ella. De Jesús impacta su honradez con lo real y su voluntad de verdad, tanto en su juicio sobre la situación de las mayorías oprimidas y de las minorías opresoras, como en su reacción hacia esa realidad: defensa de los débiles y denuncia y desenmascaramiento de los opresores. Es buena noticia, evangelio, entonces, que Jesús sea voz de los sin voz y voz contra los que tienen demasiada voz.

De Jesús impacta su fidelidad para mantener a lo largo de la historia honradez y misericordia hasta el final en contra de crisis internas y de persecuciones externas. Es buena noticia, entonces, que Jesús sea fiel y mantenga la misericordia hacia donde quiera que le lleve.

De Jesús impacta su libertad para bendecir y maldecir, para acudir a la sinagoga en sábado y para violarlo, libertad en definitiva para hacer el bien. Es buena noticia, entonces, que para Jesús la libertad no sea sólo ni principalmente la libertad burguesa ni siquiera la existencial, sino la que consiste en que nada puede ser obstáculo para hacer el bien.

De Jesús impacta que quiere el fin de las desventuras de los pobres, y que quiere el bien, la felicidad y el gozo de sus seguidores, y desde ahí formula las bienaventuranzas. Es buena noticia, entonces, que para Jesús existe un camino que lleva a la verdadera felicidad.

De Jesús impacta que acoja a pecadores y marginados, se siente a la mesa y celebre con ellos y que se alegre de que Dios se revele a ellos. Es buena noticia, entonces, que Jesús celebre la vida y celebre a Dios.

De Jesús impacta, finalmente, que confíe en un Dios bueno y absolutamente cercano, a quien llama Padre, y que esté absolutamente disponible a ese Padre que sigue siendo Dios, misterio absoluto e inmanipulable. Es buena noticia, entonces, que Jesús sea hermano nuestro también a ese nivel estrictamente teologal.

Pero impacta también, y quizá incluso más que lo anterior, el que en una misma persona aparezcan unidas y se reconcilien cosas difícilmente reconciliables en la historia, como sucede en Jesús. El se nos muestra, a la vez, hombre de misericordia y hombre de denuncia profética; hombre de reciedumbre y hombre de delicadeza; hombre de confianza en Dios y hombre de soledad ante Dios.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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gabrioignaz@yahoo.com

¿Buena Noticia?

 

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

imagen tomada de comunioncatolicaanglicana.blogspot.mx

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¿Es Jesús una buena noticia? Esta pregunta puede resultar chocante, pero necesaria, como apunta Jon Sobrino. Y es que no es lo mismo aceptar que Jesús es Dios y hombre, Señor y mesías, que aceptar algo tan sencillo como que Jesús es “una buena persona”, es alguien que “cae bien”, que “da gusto conocerlo”. No es lo mismo adorar, rezar, obedecer a Cristo y rendirle culto, que sentir gozo en el Dios que se ha manifestado en él.

En opinión de Jon Sobrino, es fundamental agregar a la forma de relación con Jesús, el Cristo, la ortopathos, es decir, el modo correcto de afectarnos por la realidad de Cristo. Y en ese afectarse debe estar centralmente presente en el gozo que causa el que Cristo es Jesús de Nazaret y no otro.

A la doble perspectiva tradicional de ortodoxia y de ortopraxis en nuestra relación con Jesucristo, hay que agregar aquella ya señalada de la ortopathos.

Y con esto se pretende señalar que al Cristo le es esencial el ser buena noticia, y que eso se tiene que hacer notar. Así como el creyente ha de aceptar su verdad y proseguir su praxis para corresponder a su realidad, así al Cristo que es buena noticia se le corresponde con gozo.

Lo que está, pues, en juego en estas reflexiones es simplemente si la realidad de Jesucristo se muestra existencialmente también como buena noticia, lo cual no es tan obvio. El quid de la cuestión está, entonces, en ver desde Jesús cómo Dios, hombre y el salvador pueden ser un Dios, hombre y salvador buenos para nosotros.

En los sinópticos, evangelio es la buena noticia del reino de Dios (cfr. Lc. 4, 43), lo bueno que Dios quiere para su creación, y evangelizar es “llevar la buena noticia a los pobres”. El contenido de la buena noticia es, entonces, la cercanía del reino de Dios y su destinatario primario son los pobres. En palabras actuales, la buena noticia es la utopía de la vida justa y digna, y su destinatario son las mayorías de este mundo para quienes la vida es su tarea más urgente y la muerte antes de tiempo su destino más probable, es decir, los débiles, pobres y víctimas; e indirectamente destinatario son también aquellos que se solidarizan con ellos.

Desde un punto de vista antropológico, esa buena noticia es algo que se espera en medio de y en contra de malas realidades y por ello es esperada con ansiedad e incertidumbre por lo difícil de su realización, y con desconfianza por la fuerza de los poderes que se le oponen y por la experiencia histórica acumulada. Es anuncio de algo que toca y nos lleva a los más hondo de nuestra existencia, y que trae consigo luz, ánimo, ganas de vivir y hacer, genera dignidad, generosidad, fraternidad, libertad y comunión. Es anuncio, finalmente, que formalmente produce gozo y mueve a responder con un gracias.

Si lo anterior es cierto, hay que preguntarse si y en qué sentido la misma persona de Jesús, no sólo su mensaje, es también buena noticia: y esto desde una doble perspectiva. Y es que el anuncio del reino puede hacerse de muchas formas: desde arriba, con poder, autoritaria y aun distanciadamente, combatiendo el pecado del mundo, sí, pero sólo desde fuera. O puede hacerse desde abajo, encarnadamente en lo débil y participando de su destino, cargando con el pecado del mundo para erradicarlo. Lo que se quiere asentar es que Jesús fue mediador de tal manera que por el modo de serlo ya fue una buena noticia para los pobres. Esto es lo que parecen reflejar las bellas palabras de Pedro sobre Jesús “pasó haciendo el bien” (cfr. He. 10, 38). En el más sencillo de los lenguajes, hoy diríamos de Jesús que era “buena gente”, y que a cualquiera le encanta encontrarse con gente así.

En estas fechas de fiestas navideñas y de inicios de un nuevo año, valdría la pena que se nos note el por qué Jesús es una buena noticia, de lo contrario, todo lo que sucede en estos días no pasa de ser folklor y consumismo.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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gabrioignaz@yahoo.com

Propósitos perversos para el año nuevo

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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imagen tomada de elmunicipiotoledo.blogspot.mx

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En la parroquia de moda en la ciudad, al concluir la “misa de gallo” para agradecer a Dios el fin de año y el comienzo del nuevo, el ángel dorado del nacimiento, que sostenía un listón con la palabra Gloria, le decía al ángel blanco que señalaba, con el índice derecho, el camino a seguir por los pastores: “¡De veras que el párroco se lució esta vez! Hasta yo me conmoví con sus palabras y su elocuencia. Y esa idea de repartir a todos los fieles una hojita con los propósitos de la comunidad para este año, es de verdad ingenioso”. El ángel blanco asentía emocionado: “Sí, en tantas navidades y fines de año que hemos estado aquí, nunca me había emocionado tanto”.

Otro ángel, el que estaba atrás de José, de María y del niño Jesús interrumpió: “Hablen más bajo, o despertarán al Niño. Miren, aquí dejaron una hojita de los propósitos comunitarios”. El ángel comenzó a leer:

“Propósitos comunitarios para el año nuevo. Enero: Oraré a Dios para que toque el corazón de los gobernantes y llegue el fin de la guerra y la obtención de la paz en lugares de conflicto;

Febrero: Con motivo de la cuaresma, oraré para que Dios conceda la conversión de los narcotraficantes y delincuentes;

Marzo: Con motivo de la pascua, oraré para que Dios conceda al mundo su gracia y puedan conocer su amor aquellos que aún no le conocen;

Abril: oraré a Dios por los niños que son explotados y tienen que trabajar, para que el Señor Dios les conceda una niñez alegre y feliz;

Mayo: Oraré a Dios por las personas que emigran en busca de trabajo, para que sean respetadas en sus derechos;

Junio: pediré a Dios por quienes padecen la pobreza, para que les conceda, en medio de su necesidad, el amor y la alegría y el remedio de sus sufrimientos;

Julio: pediremos a dios por nuestro planeta, para que se conserve en él la vida;

Agosto: pediremos a Dios para que les conceda a nuestros niños y jóvenes tener educación de calidad que los haga mejores;

Septiembre: oraré para que Dios de al país gobernantes responsables y honestos que lo hagan crecer y progresar;

Octubre: oraré por los países que padecen hambre, para que Dios tenga misericordia y les conceda bienes y alimentos;

Noviembre: pediré a Dios por los ancianitos, para que les conceda alegría y amor, especialmente a los que viven solos y abandonados;

Diciembre: .

“¡Excelente!” dijeron los tres ángeles con rostro alegre y satisfecho. Un lloriqueo los hizo voltear. El niño Jesús lloraba. “¡Señor!”, exclamaron los tres ángeles, “te hemos despertado con nuestras charlas”. “Nada de eso”, dijo el niño Jesús sorbiendo la nariz y con los ojos rojos, “no he podido dormir desde que escuché el sermón de esta noche. Fue terrible, o ¿es que no se dan cuenta de lo perverso de todos esos propósitos que leyeron?” Los tres ángeles se miraron perplejos. “Pero todo esto son muy buenos deseos Jesús”, dijo el ángel blanco, “no entiendo el por qué sean perversos”. “Sí, explícanos, Señor”, dijeron los otros dos.

“Pues bien”, dijo Jesús, “no dudo de la buena intención con que se hacen estas cosas, pero es señal que no han entendido nada, empezando por su elocuente párroco”. Jesús se acomodó en el pesebre. “Es muy lindo y sencillo pedirle a Dios todas esas cosas, pero piénsenlo bien: ¿Habrá que decirle al Padre Dios que tenga misericordia de sus hijos que tienen hambre, como piden en octubre? ¿Qué el Padre Dios no está enviando el Espíritu al mundo para guiarlo? El que yo haya nacido igual a todo ser humano, haya padecido el frío, el calor, el hambre, la sed, el que yo haya trabajado con mis manos, el que haya tenido amigos y enemigos, el que haya muerto en la cruz no es acaso el signo más claro de que Dios está de parte del ser humano?” La voz de Jesús se endureció. “¿Es que me faltó algo por hacer? ¿Es que tampoco ustedes han entendido lo que significa el Evangelio?”

Los ángeles estaban cabizbajos. Jesús continuó: “No es a Dios a quien hay que pedirle todo eso. No es al Padre Dios, no es a mí a quien tienen que mover a compasión. Son los mismos seres humanos quienes tienen que rogarse unos a otros. No soy yo quien va a las urnas a votar o quien se queda en casa, no soy yo quien decide pagar o no pagar impuestos, no soy yo quien se preocupa primero por el dinero antes que por mi hermano o hermana, no soy yo ni mi Padre quienes no producen empleos y provocan la inmigración ¿o ya se les olvidó que yo fui un inmigrante en Egipto? No somos nosotros quienes impedimos que el amor y la felicidad crezcan en el corazón de los niños, de los ancianos o de los pobres”.

Jesús prosiguió: “por muy buenas intenciones que tengan esos propósitos, son perversos porque desfiguran el rostro de mi Padre, lo hacen aparecer como alguien indiferente al dolor, al sufrimiento, a todo lo que ocurre en el mundo. Son perversos porque hacen a cada persona renunciar a su libertad y a su compromiso por el otro, y lo dejan todo en manos de Dios, cerrando su corazón al mensaje del Evangelio: ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Los ángeles miraban a Jesús. No sabían que decir. Jesús dijo: “El mejor propósito para el año que inicia es hacer el bien a quien pueda hacerlo y en el momento que me necesitan, ser responsable en mi escuela, trabajo y familia, ser conciente que el bien que no haga nadie más lo hará y que el daño que haga a otro, tarde o temprano recaerá en mí. El mejor propósito es vivir como el Evangelio lo pide”.

Los ángeles se miraban tristes. “No estén tristes”, dijo Jesús, “no es imposible, pues mientras exista amor, por pequeño e ingenuo que sea, existe la esperanza para todos. Y Dios es amor. Feliz año nuevo”. Los ángeles volvieron a sonreír. Esa noche, un indigente compartió con otro el pan que encontró en la basura.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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Para finalizar el año

 

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

imagen tomada de filadelfiamatamoros.wordpress.com

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Al finalizar el año, comparto con ustedes esta oración de acción de gracias, de Johnson Gnanabaranam. Que tengan todos un buen comienzo de año.

 .

¿Cómo puedo dar gracias a Dios,

si me da de comer y beber sólo a mí

y mi vecino sufre hambre y sed…?

¿Cómo podré decir entonces:

«¡gracias, Señor, por la comida!»?

 .

¿Y debo alabar a Dios

si viste sólo mi cuerpo

y da habitación sólo a mi familia

mientras mi vecino está desnudo

y duerme en la calle?

¿Cómo podré decir entonces:

«¡alabada sea la bondad de Dios!»?

 .

¿Debo glorificar a Dios

si me da salud y libertad sólo a mí,

mientras mis vecinos están enfermos u oprimidos?

¿Debo decir entonces:

«¡alabada sea la piedad de Dios!»?

 .

¿Debería dar las gracias a Dios

porque me ha elegido a mí,

mientras millones de hombres

siguen viviendo en la oscuridad?

¿Debería rezar entonces:

«¡Te doy gracias, Señor,

porque soy uno de tus elegidos!»?

 .

Hijo mío:

no te doy de comer y de beber

para que sólo tú

puedas hartarte y estar alegre.

te doy comida

para que la compartas

con tu vecino que padece hambre:

satisfecho por ti,

reconocerá mi cuidado

y me lo agradecerá.

 .

Hijo mío:

no te doy vestido y habitación

para que tú vivas en el bienestar

y te enorgullezcas de ello.

Te doy,

para que tu vecino que pasa frío

esté protegido con tu vestido

y para que tu casa sea un refugio

para los que están en la miseria:

cuando sientan por ti mi bondad

me alabarán.

 .

Hijo mío: no te he elegido

para que te sientas tranquilo

y seguro para siempre.

Más bien te he elegido

para que seas mi colaborador.

Cuando des testimonio de mi amor

entre tus prójimos

se darán cuenta de mi presencia,

su oscuridad se aclarará,

y, junto contigo,

me darán gracias,

me alabarán y me servirán.

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También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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gabrioignaz@yahoo.com

 

Manifiesto creyente de Navidad

 

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

imagen tomada de diosesunarisa.com.ar

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Celebramos la fiesta de la Navidad y en una sociedad laica y plural, hay muchos modos de celebrarla. Los creyentes vamos a celebrar el nacimiento de Jesús, que es Él mismo Buena Noticia porque con sus palabras y sus obras nos abre el horizonte de otro mundo distinto y posible. La Navidad es para nosotros motivo de especial alegría, pero también de honda preocupación por el momento que vivimos.

No se trata sólo de una crisis del sistema económico-financiero que está castigando a los más desfavorecidos y  tambalea los fundamentos de nuestras frágiles democracias, sino de una crisis de civilización y de humanidad. Se están imponiendo, sin ninguna participación democrática, soluciones económicas y políticas que sólo pretenden salvar el sistema y los intereses de una minoría que acumula riqueza, sin tener en cuenta la prioridad de los seres humanos y el cuidado del planeta.

Las víctimas de esta situación están en nuestra propia familia o muy cerca de ella porque viven en nuestros pueblos y ciudades; y muy cerca también porque, en un mundo globalizado, nos podemos acercar a los países empobrecidos de manera inmediata a través de las tecnologías de comunicación.

Salvando las distancias, hay un paralelismo entre la situación actual y la que se vivía cuando nació Jesús. Tampoco entonces el poder político (el Imperio Romano) ni el poder religioso (el Templo) atendían el sufrimiento de los desheredados y marginados. Y en ese contexto Jesús, que no era un sacerdote, ni un hombre del templo, coloca a todos los sufrientes como especial objetivo de su acción profética y sanadora. Y nos habla de un Dios que nos trae la salvación, es decir, la plena realización de las personas; pero un Dios que no puede cambiar el mundo sin nuestra actuación y sin que nosotros cambiemos también.

Por eso, escuchando a Jesús manifestamos que:

1. Nos sentimos llamados a revisar nuestra actitud frente al dinero. Él nos dijo “No pueden servir a Dios y al dinero”. El sistema en que vivimos nos ha hecho esclavos del ansia de acumular. Pero la actividad humana no debe tener como objetivo alcanzar más productividad o más consumo. Nuestros bienes, incluso los adquiridos honradamente, no nos pertenecen en exclusiva si hay seres humanos pasando necesidad.

2. Es preciso que nuestra relación con el dinero se traduzca en un consumo responsable que a nadie excluya de un modo de vida digno y sea sostenible para el planeta. Invitamos a una austeridad de vida para compartir trabajo y recursos en vez de acumular.

3. Reclamamos a los gobernantes la revisión responsable de la actual dinámica financiera, hoy desvinculada de las necesidades reales y acuciantes, y una buena política que atienda al empleo y al bien común; la creación de una banca pública que propicie la inversión; la desaparición de los paraísos fiscales y del fraude; la modificación de unas leyes hipotecarias abusivas; la reforma con equidad del sistema tributario; y la renuncia por parte de las iglesias a cualquier privilegio o trato de favor por parte del Estado.

4. También pedimos austeridad en las inversiones y gasto público, que deben tender al bien de la mayoría, a reforzar los servicios públicos y a la cooperación entre comunidades y pueblos.

5. No podemos aceptar que se impongan, de manera despótica y sin ninguna participación democrática, medidas que producen desempleo, pobreza y exclusión crecientes.

6. Leyendo en el evangelio “sean compasivos, como su Padre es compasivo” nos proponemos recuperar la actitud vital más marcada de Jesús, que fue siempre su forma compasiva de mirar a los seres humanos, sobre todo a los maltratados por la vida y por la injusticia de los poderosos. Hablamos de una compasión que, además de atender a personas concretas, frágiles, enfermas o dependientes, reclama justicia en nuestra práctica política, económica, social y cultural.

7. Lejos de encerrarnos en nuestro propio bienestar nos sentimos llamados a hacernos cargo, cargar y encargarnos de lo que les pasa a los otros, sobre todo a los más débiles y pobres, a practicar una ética de la fragilidad y del cuidado. La autoridad de los que sufren es la gran interpelación que Jesús hace a quienes pretendemos ser sus seguidores y a la Humanidad entera, a creyentes de cualquier fe, a agnósticos y ateos. El sufrimiento de las personas debe ser tomado en serio.

Las primeras noticias sobre el nacimiento de Jesús “que trae esperanza para todo el pueblo” las tuvieron mujeres y  pastores, gente sencilla y nada poderosa. Esa esperanza de que las cosas pueden cambiar, lejos de cualquier discurso catastrofista y de quienes sostienen que no hay alternativas, la queremos compartir con toda la gente, cristiana o no, que pone su vida al servicio de los demás y de la causa de la nueva humanidad.

Para todos, ¡Feliz Navidad!

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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Nimonantzin Guadalupe

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

 

imagen tomada de peregrinosdequeretaroaltepeyac.org

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Esta semana está marcada por la celebración, en todo el país, de la fiesta de la Virgen de Guadalupe el 12 de diciembre. Es una fecha que podría equipararse al 16 de septiembre en orden a que el día se considera inhábil en muchos sectores, las multitudes que se congregan en los santuarios guadalupanos, destacando entre ellos la Basílica del Tepeyac, y el elemento de unidad nacional e identidad cultural que implica el acontecimiento guadalupano.

En 1531, fecha en que se ubican las apariciones, la incipiente Ciudad de México se debatía entre la reconstrucción del islote de Tenochtitlan, devastado por Cortés y sus huestes en el sitio de 1521, o la edificación de la nueva ciudad en tierra firme a las orillas del lago, quizá Coyoacán o Tacubaya. Además de la compleja situación urbanística a la que se enfrentaba el conquistador, la población indígena vivía una triple opresión, por decir lo menos: primero, la destrucción de su cosmovisión y la imposición de la cosmovisión hispano-cristiana; segundo, la derrota en la guerra volvió a los indígenas vasallos del rey y esclavos de los encomenderos y adinerados españoles venidos al nuevo mundo; tercero, la pobreza a la que queda reducido el indígena que ha dejado de ser dueño de su persona, de su tierra y de sus riquezas.

En este contexto en el que lo mejor que podía pasarle al indígena era morirse, se inscribe el mensaje guadalupano como horizonte de esperanza real, no al modo del opio religioso señalado por la modernidad. Los relatos de los códices indígenas que narran la conquista, (se puede leer el texto titulado “Visión de los vencidos”, compilado por Miguel León Portilla) cuentan que uno de los presagios del fin del mundo indígena fue la aparición de la Cihuacóatl, la madre de los dioses Huitzilopochtli y Quetzalcóatl, que gemía y lloraba por sus hijos, lamentándose por entre los canales que cruzaban la ciudad y preguntándose dónde podría llevar a salvo a sus hijos. El relato de la Cihuacóatl es el antecedente indígena de la famosa leyenda de la llorona y su doloroso grito por sus hijos perdidos ya. Nuevamente el fantasma de la victimización aparece sobre nosotros: ¡Ay mis hijos y su destino fatal!

En contraparte, el relato de las apariciones guadalupanas, el Nican Mopohua, narra que ante la desesperación del indio Juan Diego por la enfermedad y agonía de su tío, buscando ayuda se encuentra con María de Guadalupe, y el relato pone en boca de María la pregunta siguiente: ¿cuix amo nican nica nimonantzin?, es decir, ¿qué no estoy aquí yo, tu mamita querida? La palabra nimonantzin expresa todo el amor, cariño, protección, compasión y solidaridad que una mamá puede brindar a sus hijos, especialmente a los más necesitados, a los que menos favorecidos se encuentran: no más llanto ni lejanía de la madre con los hijos. Pero esa solidaridad se comparte entre los hermanos: es pasar de la victimización a la responsabilidad ética.

Así, 481 años después, el mensaje guadalupano nos hace volver la vista a los hermanos menos favorecidos. El trato entre hermanos suele ser duro, poco tierno. Pero el papel de los papás les permite cuidar y ver por el menos favorecido y enseñan a sus hijos a cuidarse. Como hermanos, en nuestro país nos descubrimos rodeados de injusticias y no es difícil mirar el rostro de los menos favorecidos por nuestra organización social y económica. ¿Qué hacemos por nuestros hermanos? ¿El mensaje de Guadalupe nos hace ver el rostro del excluido, del marginado y del humillado como alguien que espera algo de mí?

La tradición cristiana ha identificado con la fiesta de Guadalupe el texto del Evangelio de Lucas (Lc. 2, 46-55) donde María, reconociendo los favores y las maravillas que Dios ha hecho en ella y con su pueblo, explota de gozo y alaba al Dios de Israel, al modo de los grandes personajes de la historia bíblica. Pero María describe cuidadosamente a ese Dios, a ese Dios que le ha invitado a colaborar en la construcción de un mundo mejor: es un Dios que se fija en la sencillez de la persona, es un Dios lleno de misericordia, que fijándose en los corazones, ha salido en defensa del humilde y del hambriento, exaltando a los pobres y, viene lo más duro, derribando a los poderosos de sus tronos, dispersando a los altaneros y dejando vacíos a los ricos.

El mensaje está más allá de cualquier ideología política, social o económica, pero necesariamente nos exige, si queremos ser coherentes con la fe y con el mensaje de Guadalupe, a transformar nuestra visión del mundo, de la política, de la economía, de la cultura y de nuestras relaciones humanas, así como de nuestra propia persona y de la iglesia que queremos: ¿de cuáles personas quiero ser: de los poderosos que son derribados? ¿de los ricos que son despedidos vacíos? ¿de los altaneros que son dispersados? ¿qué clase de iglesia quiero ser y construir? ¿una iglesia poderosa y rica, destinada ser derribada y destruida? ¿una iglesia de los pobres que se sabe levadura, y sólo levadura, en la masa del mundo? ¿una iglesia fraterna que se siente incómoda con la desigualdad social y económica tan insultante entre sus propios hijos?

Celebrar a Santa María, Nimonantzin, Guadalupe no es sentirse niños consentidos, no son sólo danzas, mariachi y fiesta, mucho menos es pedir milagros como si Dios cancelara de un tajo nuestra historia y nuestras decisiones, sino que es asumir como propios los valores del evangelio, valores que encarnó María y que, indudablemente, inculcó en su hijo Jesús, es esforzarnos cada día en vivir como ella, asumiendo responsablemente las consecuencias de nuestras decisiones, y entendiendo que hay que pensar más en los demás y menos en nosotros mismos.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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Vaticano II: 50 años

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

imagen tomada de vatican.va

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El pasado 11 de octubre se cumplieron 50 años del inicio del Concilio Vaticano II, el concilio que se propuso transformar el rostro de la Iglesia y su relación con el mundo contemporáneo.

Juan XXIII, el papa bueno, convocó a principios de 1959 un concilio universal, ecuménico y pastoral. Para aquel papa anciano, que en opinión de los expertos “era un papa de transición”, revolucionó completamente a la Iglesia con esta propuesta. El papa buscaba que la Iglesia se pusiera al día (aggiornamento) y fomentara la vida cristiana entre los fieles, adaptara mejor las necesidades del tiempo a las instituciones susceptibles de cambio, promoviera todo lo que pudiera ayudar a la unión de todos los creyentes en Cristo, y fortaleciera lo que puede contribuir para llamar a todos al seno de la Iglesia.

Esta propuesta desconcertó a más de uno: ¿para qué convocar a un concilio si no se va a condenar a nadie? La tradición conciliar de casi 2000 años había sido siempre esa: definir doctrina y costumbres para los creyentes y condenar las herejías y las costumbres no cristianas. Pero esa no podía ser ya la actitud de la Iglesia y de los cristianos, porque nunca fue esa la actitud de Jesús.

Así que la preparación y desarrollo del concilio buscó, en primer lugar, hacer que la Iglesia respondiera con pertinencia a un mundo que había dejado de ser, hacía muchos años, el mundo cristiano y religioso de la Edad Media. La urgencia que veía el papa Juan era la de dejar que el Espíritu sacudiera a fondo a los creyentes para llevar el mensaje de salvación al mundo de la posguerra, el de la guerra fría y el avance tecnológico y científico.

Así pues, de la mano de numerosos teólogos que habían sido censurados anteriormente como Karl Rahner, Hans Küng, Henri De Lubac. Yves Congar y muchos otros, el concilio buscó, fundamentalmente, volver a la originalidad del mensaje de salvación: desde el fundamento bíblico (Constitución Dei Verbum), la responsabilidad de santificar a la humanidad y a la creación entera por la mediación sacramental (Constitución Sacrosanctum Concilium) se entiende como esencia del ser y quehacer de la Iglesia como levadura en la masa, como las arras del Reino (Constitución Lumen Gentium) y desde ahí ha de dialogar, iluminar y caminar con el mundo a la construcción cotidiana de ese Reino de Dios en todos los ámbitos e instancias de lo humano (Constitución Gaudium et spes).

Entre los cambios más significativos y notables del Concilio están la divulgación y promoción de la lectura popular de la Biblia, en las lenguas de cada país y región. Junto con ello, el cambio en la celebración de los sacramentos en la lengua de cada lugar, la Eucaristía celebrada de frente a la asamblea y sobre todo, la inclusión activa de los fieles en las celebraciones.

Claro que falta mucho por hacer y por lograr. Hace 25 años, el otrora cardenal para la Congragación de la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger, señalaba en el libro Informe sobre la fe, que con el Vaticano II había sobrevenido sobre la Iglesia un “invierno eclesial”, donde poquísimos movimientos eclesiales habían respondido genuinamente al espíritu del Concilio y que, muchos otros movimientos, iniciativas, propuestas y expresiones eclesiales distaban mucho de ese espíritu en aras de un progresismo teológico y pastoral mal entendidos. En esa tónica, se ha señalado que el papa Juan Pablo II fue un papa sumamente integrista al interior de la Iglesia, aunque hacia afuera se haya mostrado abierto, tolerante y progresista.

La historia como maestra que es, enseña que la Iglesia siempre ha dado pasos lentos, cautelosos –a veces en exceso, claro- y esto no permite hacer un balance como se deseara. Una institución de 2000 años, arraigada tan hondamente a la configuración cultural de occidente, difícilmente en 50 años nos permitirá mirar y ponderar correctamente el alcance de los cambios que echó a andar.

Resta confiar honda y profundamente en la acción del Espíritu de Dios y en su misericordia eterna. Y no hay que olvidar que la esperanza en la transformación del mundo en el Reino depende más de nosotros los creyentes que de las estructuras institucionales.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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Che Guevara

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

imagen tomada de tepatoken.siguealconejoblanco.com

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En estos días, el 8 de octubre para ser precisos, se cumplen 45 años del asesinato del Che en la escuelita de La Higuera, en Bolivia. Como escribió algún poeta: las balas de Mario Terán mataron al guerrillero y dieron a luz a la leyenda… Y no niego que admiro enormemente al Che. Un afiche de la famosa foto tomada por Korda en el funeral de Camilo Cienfuegos cuelga de la pared frente a mi escritorio.

Tras las investigaciones históricas y los acontecimientos en Cuba con el ascenso de Raúl Castro, la literatura sobre los “líderes históricos de la revolución cubana” se ha multiplicado. En algunos artículos de revistas se ha puesto de manifiesto que el Che fue un asesino que dictó juicios sumarísimos a los opositores a la revolución en los primeros meses del triunfo de la misma.

No pretendo hacer una hagiografía del Che, ni mucho menos. Desde su paso por Nicaragua, el Che se volvió un hombre de guerra, ni más ni menos. Pero lo que siempre he de reconocer y de admirar es que fue un ser humano coherente y consecuente con sus decisiones.

Esa coherencia lo llevó a dejar las comodidades y lujos que Cuba le podría dar por ser “el segundo” en el poder. Sin embargo, prefirió llevar la revolución por el mundo, el Congo, Bolivia y su sueño imposible: Argentina. En ese sueño dejó la vida, en la implantación de una revolución que generara justicia, que acabara con la pobreza, que hiciera un mundo mejor.

Sé que hay quienes no comparten esa visión. Sé que la vía armada no es la mejor forma de crear justicia. Pero también sé que la coherencia, el desinterés y la búsqueda por un mundo mejor, no son la mejor referencia de la mayoría de los líderes del mundo. Y eso es, en mi opinión, lo que hace grande al Che.

Jesús criticó duramente a los gobernantes de su tiempo, señalando que se autodenominan servidores del pueblo y solo pretenden la riqueza y el poder. Y también enseñó a esperar y a juzgar por los frutos que cada uno de en la vida. No por nada han comparado a los dos, a Jesús y al Che. El punto de comparación no es el recurso a la violencia o el rechazo radical de la misma; o si uno era profeta y el otro guerrillero; no, me parece que la clave está en mirar la coherencia con la que cada uno vivió y, además, que ambos vivieron siempre de cara al pueblo, sin miedo a la muerte.

En estos tiempos difíciles, como los que vivimos, siempre será bueno tener referentes que nos ayuden a generar esa coherencia de vida y, sobre todo, el ser responsables y consecuentes con lo que hacemos.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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El 2 de octubre

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

imagen tomada de somacles.files.wordpress.com

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La cita con el destino, inexorablemente, ha vuelto a cumplirse y la fecha simbólica del 2 de octubre llegó de nuevo a nosotros. Y su llegada me hace preguntarme ¿de verdad no se olvida?

Jean Françoise Lyotard escribió en “El entusiasmo”, que el año de 1968 marcó el final del entusiasmo de la humanidad por estos proyectos y utopías que mueven las masas hacia la realización de sus ideales.

A partir de la lectura de “La crítica del juicio” de Kant y más concretamente de la noción de entusiasmo contenida en el Segundo conflicto de la verdad, Lyotard plantea la imposibilidad de concebir la historia humana como un desarrollo único y progresivo en pos de la emancipación y la justicia universal.

Ello supone dejar de lado las metahistorias que han acompañado al proyecto de la Ilustración: básicamente, las ideas de perfectibilidad humana, de desarrollo económico indefinido o de alcanzar el ideal de la democracia burguesa. Todas estas teologías de la modernidad han sido refutadas y desmitificadas por Auschwitz, Hiroshima y Nagasaki, el Gulag soviético o nuestras sociedades hipertecnificadas y alienantes.

Así, en opinión de Lyotard, en tiempos de postmodernidad caracterizados por la melancolía y la tristeza, la duda y la ironía, el objetivo de la cultura es, cada vez más, procurar entusiasmo moral, acostumbrándonos a pensar y resistir sin la salvaguarda de moldes o criterios.

Y pareciera que los hechos recientes le dan la razón: muchas situaciones que vive nuestro país nos provocan a tomar una postura urgente, y sin embargo, la apatía, el desánimo o el miedo, campean a sus anchas por entre nosotros.

El movimiento #yosoy132 se presentaba como un movimiento de jóvenes, prometedor, que incluso fue comparado con aquel de 1968. La experiencia de los países de África del Norte anunciaba la posibilidad de un movimiento más que significativo y de ocasión. Pero no fue así.

No pretendo tener una explicación para estos acontecimientos. Prefiero leerlos a la luz de la fe. Y más que con fe, con la esperanza que animaba al profeta de Nazaret a compartir cinco panes y dos peces con multitudes de personas.

Jesús exhortaba a sus discípulos a orar sin cesar y a pedir al Padre todo aquello que se necesita, como si ya se poseyera. Y no hay que olvidar que lo primero en la lista de peticiones del padrenuestro es ¡venga tu Reino!

Así, si oro con la convicción de que el Reino ya está en la Tierra (¡y lo está!) me queda agradecer a Dios por sus dones, por su amor y misericordia, y me corresponde mantener, conservar y hacer vida –todos los días- esos dones.

De esta forma vivo en clave del Reino, yo mismo he de procurar la justicia, el gozo, la paz, la equidad, la solidaridad, y todas aquellas actitudes y virtudes que describen al Reino de Dios.

Franz Hinkelammert en la “Crítica de la Razón utópica” explica que la auténtica utopía está enraizada en la realidad cotidiana, no en ideales imposibles. Y es así como puede conservarse la esperanza y el entusiasmo. Es así cuando se puede leer que aquellos ideales de los jóvenes del movimiento estudiantil de 1968 siguen vigentes. Pero no solo como un proyecto nacional para el país, sino para cada uno de nosotros en el ámbito individual, que estamos invitados a hacer vida todos los días: la igualdad, la fraternidad, la justicia, la equidad, la democracia…

En fin. Como muchas cosas en nuestra vida, tenemos la posibilidad de ver esto con esperanza, si lo queremos. Ojalá que sea así.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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Imbéciles


Por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

imagen tomada de blogdefelixmoralesprado.blogspot.mx

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Los ideólogos y analistas, así como los historiadores y filósofos coinciden en señalar que nuestro tiempo está marcado por una necesaria reconsideración de la ética. A este propósito, retomo aquí un fragmento del libro “Ética para amador”, de Fernando Savater:

¿Sabes cuál es la única obligación que tenemos en esta vida? Pues no ser imbéciles. La palabra «imbécil» es más sustanciosa de lo que parece, no te vayas a creer. Viene del latín baculus que significa «bastón»: el imbécil es el que necesita bastón para caminar. Que no se enfaden con nosotros los cojos ni los ancianitos, porque el bastón al que nos referimos no es el que se usa muy legítimamente para ayudar a sostenerse y dar pasitos a un cuerpo quebrantado por algún accidente o por la edad. El imbécil puede ser todo lo ágil que se quiera y dar brincos como una gacela olímpica, no se trata de eso. Si el imbécil cojea no es de los pies, sino del ánimo: es su espíritu el debilucho y cojitranco, aunque su cuerpo pegue unas volteretas de órdago. Hay imbéciles de varios modelos, a elegir:

a) El que cree que no quiere nada, el que dice que todo le da igual, el que vive en un perpetuo bostezo o en siesta permanente, aunque tenga los ojos abiertos y no ronque.

b) El que cree que lo quiere lodo, lo primero que se le presenta y lo contrario de lo que se le presenta: marcharse y quedarse, bailar y estar sentado, masticar ajos y dar besos sublimes, todo a la vez.

c) El que no sabe lo que quiere ni se molesta en averiguarlo. Imita los quereres de sus vecinos o les lleva la contraria porque sí, todo lo que hace está dictado por la opinión mayoritaria de los que le rodean: es conformista sin reflexión o rebelde sin causa.

d) El que sabe que quiere y sabe lo que quiere y, más o menos, sabe por qué lo quiere pero lo quiere flojito, con miedo o con poca fuerza. A fin de cuentas, termina siempre haciendo lo que no quiere y dejando lo que quiere para mañana, a ver si entonces se encuentra más entonado.

e) El que quiere con fuerza y ferocidad, en plan bárbaro, pero se ha engañado a sí mismo sobre lo que es la realidad, se despista enormemente y termina confundiendo la buena vida con aquello que va a hacerle polvo.

Todos estos tipos de imbecilidad necesitan bastón, es decir, necesitan apoyarse en cosas de fuera, ajenas, que no tienen nada que ver con la libertad y la reflexión propias. Siento decirte que los imbéciles suelen acabar bastante mal, crea lo que crea la opinión vulgar. Cuando digo que «acaban mal» no me refiero a que terminen en la cárcel o fulminados por un rayo (eso sólo suele pasar en las películas), sino que te aviso de que suelen fastidiarse a sí mismos y nunca logran vivir la buena vida esa que tanto nos apetece a ti y a mí. Y todavía siento más tener que informarte qué síntomas de imbecilidad solemos tener casi todos; vamos, por lo menos yo me los encuentro un día sí y otro también, ojalá a ti te vaya mejor en el intento… Conclusión: ¡alerta! ¡en guardia!, ¡la imbecilidad acecha y no perdona!

Ahora bien, dejando a Savater, el evangelio nos propone lo que sería el núcleo de una ética comunitaria. La ética tiene como finalidad identificar los principios que orientan la vida común de una colectividad humana y, al mismo tiempo, adecuar esos principios para cada momento y circunstancia particular. El mandato de “amar a los enemigos” que nos propone la ética cristiana se refiere a dos ámbitos distintos: la comunidad y la sociedad. A nivel comunitario no puede haber enemigos, ya que, si se comparte el mismo ideal, estilo de vida y espiritualidad, las diferencias en cuanto a la posesión de las cosas se pueden remediar de acuerdo a las necesidades reales. A nivel social, el amor a los enemigos significa no transformar las diferencias en un grito de guerra. Jesús mismo trata a sus oponentes con máxima caridad, lo que no le impide decirles la verdad y exigirles el debido respeto a las personas y a la ley.

Nosotros tenemos el mismo desafío para transformar las relaciones al interior de la comunidad cristiana y, fuera de la comunidad, a nivel social. No podemos permitir que nuestras comunidades se conviertan en foco de conflictos e injusticias en las que se reproduce la guerra social.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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Hacia un Horizonte Ético


Por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

imagen tomada de celtiberia.net

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Los ideólogos y analistas, así como los historiadores y filósofos coinciden en señalar que nuestro mundo vive una época completamente nueva en la historia.

Para algunos es algo más profundo que un simple cambio de mentalidad o de meros adelantos tecnológicos. Señalan algunos otros que estamos ante el reacomodo de los elementos que conforman lo que se ha llamado Modernidad. La economía, la religión, el orden internacional y el antropocentrismo han sufrido transformaciones dolorosas a lo largo de la historia de los últimos dos siglos y, a partir de la segunda mitad del siglo XX estaríamos asistiendo a la crisis de ese modelo de cultura y sociedad.

Para otros, estamos ante un cambio mucho más hondo y profundo. No solo es el reacomodo de los elementos modernos, sino su transformación, o incluso su fin. Así, estaríamos ante una nueva conformación cultural, enteramente diferente a la Modernidad. Esto lo han llamado posmodernidad o tardomodernidad.

En esta nueva etapa de la humanidad, las sociedades han reconfigurado los factores que le dan su propia identidad y se busca, de una u otra forma, paliar los errores modernos. Así, uno de los elementos claves de esta época es la ética. De acuerdo con esta situación, asistimos a la disolución de la historia, pues esta condujo al hombre a los holocaustos étnicos, a la guerra nuclear y al desastre ecológico. Por ello, ya no podemos sostener una escala de valores anclada en esos proyectos de progreso y desarrollo al modo del capitalismo o del socialismo del siglo XX. Por eso, la estética sustituye a la ética.

Ya que no hay origen ni fin, cualquier dirección es válida. Vivir y disfrutar el presente, que es la única condición que posee el sujeto, es la norma. Por estética se entiende todo lo que tiene que ver con la percepción y que atrae y mantiene la atención por su valor intrínseco, no por su utilidad en orden a un fin. El egoísmo hedonista es el criterio práctico, se promueven grupos de encuentros, terapias de sentimientos, cuidados del cuerpo, masajes, pedagogía del contacto y más.

Sin embargo, no todo está “perdido”, o no hay que ser tan pesimistas. Ya desde el siglo XX se ha dado en llamar a la ética “filosofía primera”. Por ética se entiende la responsabilidad de cada uno para con los demás; una responsabilidad que es irremplazable e indelegable.

Pero ¿quiénes son “los demás”? los demás, el otro o la otra, es el rostro en cuanto realidad expresiva. Ese rostro interpela, cuestiona, se torna desafío ético para la libertad y, especialmente, el rostro del que sufre, del marginado, del doliente. Estos se vuelven palabra, solicitud, súplica que pide respuesta, ayuda, compasión. De ahí emana la responsabilidad para con los demás, no de un contrato.

La conciencia es la urgencia de una destinación que conduce al otro, y no un eterno retorno de sí. Es inocencia que no cae en ingenuidad, rectitud que no desemboca en necedad, rectitud absoluta que es asimismo, crítica de sí.

Desde esta perspectiva, la filosofía ha reelaborado el imperativo categórico de Kant:

“En lugar de considerar como válida para todos los demás cualquier máxima que quieras ver erigida en ley universal, somete tu máxima a la consideración de todos los demás con el fin de hacer valer discursivamente su pretensión de universalidad” J. Habermas (dialógico-subjetivo);

“En cualquier situación debe lograrse un consenso con el fin de formar una voluntad solidaria “ K.O. Apel (consensual);

“Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una auténtica vida humana sobre la tierra” Hans Jonas (antropo-ecológico);

“Obra de tal manera que las consecuencias de tu acción no sean destructivas para con la naturaleza, la vida y la tierra” L. Boff (eco-teológico);

“Obra de tal manera que ajustes tu máxima de conducta, o de acción, a tu propia condición humana, a tu condición de habitante de frontera” E. Trías (condición fronteriza).

Hay que distinguir también dos tipos de intersubjetividad y de solidaridad: la simétrica o descendente (por consenso entre iguales) y la asimétrica o ascendente, que tiene en cuenta de manera preferente los derechos de los no-iguales, excluidos del consenso entre iguales. Así, la solidaridad asimétrica se da desde la compasión a partir de los intereses de los no-sujetos.

La estructura formal de la inteligencia no consiste solo en la comprensión del ser o en la captación del sentido. Comprende también, y en su núcleo, aprehender la realidad y el enfrentarse con ella, que comporta, a su vez, tres aspectos: 1) el hacerse cargo de la realidad. Es decir, estar en la realidad de las cosas a través de sus mediaciones materiales y activas; 2) el cargar con la realidad. Es decir, tener en cuenta el carácter ético fundamental del inteligir humano; 3) el encargarse de la realidad. Es decir, reconocer la dimensión práxica de la inteligencia.

Y a partir de aquí, es mucho lo que podremos lograr.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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