Conflicto Magisterial, Psicoanálisis y la horda primitiva Nuño-Peña

Escribe: José A. Lara Peinado

El odio desatado contra los maestros va mucho más allá de lo que ilusoriamente Peña Nieto y Aurelio Nuño llaman ley, mucho menos les interesa el tema de lo educativo, si de verdad les interesara se hubiese construido en conjunto con los profesionales de la educación que son los Docentes una verdadera Reforma Pedagógica, sin embargo su Megalomanía no les permitió partir de un principio de Realidad, bien por el contrario, desde sus más primitivas fantasías de poder, elaboraron un mediocre documento Administrativo Empresarial que nada tiene que ver con las diversas realidades de las Escuelas de Educación Básica en el país.

Cuando Refiero que Peña y su alter ego Aurelio Nuño tienen de entrada un serio conflicto con la realidad aderezado con delirios de grandeza bastante patológicos me refiero básicamente a que estos sujetos no dicen nada acerca del estado material que guardan miles de escuelas de este país, tampoco del por qué se gastan 6 veces más en evaluar a los maestros que en formarlos, y que quien realiza las evaluación es una empresa particular llamada CENEVAL, la misma que aplica los exámenes a la policía, lo peor del caso es que nadie evalúa a los evaluadores, tampoco se refieren a que el Estado se gasta 30 pesos al día por alumno normalista rural, mientras el ejército se gasta 200 pesos para comida y limpieza de un caballo, hablan de que quieren maestros bien preparados en el tema educativo, pero el Secretario de Educación en su vida a dado clases y carece del perfil Pedagógico, critican la asignación de plazas pero los Secretarios de Educación son elegidos por dedazo, no hablan por ejemplo en ninguna parte de su documento administrativo que ellos llaman Reforma Educativa de ninguna teoría Pedagógica, son tan cínicos que en su documento refieren textualmente que quieren que los niños en este país ADQUIERAN EL CONOCIMIENTO, HABILIDADADES Y DESTREZAS, que traducido a la luz de lo cognitivo-constructivista, representa un retraso brutal en el desarrollo del pensamiento complejo, en términos más claros, los niños y los jóvenes tendrán la habilidad y la destreza de conducir una moto para entregar una pizza en 30 minutos, sin embargo carecerán de elementos cognitivos para producir conocimiento y crear tecnología, en tanto la habilidad y la destreza son de las competencias más silvestres en el ser humano, de eso y mil cosas más no hablan, y es aquí en donde recordamos los textos de Freud en relación a aquello que en su momento llamó renegación, sobre todo en la estructura del Perverso.

El asunto se complica todavía más, tenemos a sujetos con delirios de grandeza, sostenidos desde principios de fantasía y que una y otra vez reniegan de la ley, se burlan de ella, la usan desde su perversión para matar, encarcelar, reprimir, humillar, sodomizan todo lo que tocan, por eso hablan tanto de la ley, sus discursos en cadena nacional nos hacen recordar los discursos de Hitler, Stalin, Pinochet, Ordaz, entre otros, estos sujetos hablaban de legalidad y en nombre de eso violaban, asesinaban, sin embargo no eran razones legales o de justicia las que motivaban su perverso deseo, lo hacían simplemente porque les gustaba matar, las pulsiones más primitivas afloraban, se desataba en ellos su verdadero deseo reprimido que encontró en el poder la posibilidad de expresarse. Lacan lo dijo mejor: es el deseo el que precede al objeto, estos sujetos como ya se había advertido en artículos anteriores guardan un siniestro deseo de matar, de sangre, de provocar dolor.

Lo que le están haciendo a los docentes del país, es una forma de asesinato en lo simbólico y en lo real, en lo simbólico los medios se han encargado de funcionar como espejos delirantes de los desequilibrios de aquellos que aprobaron esta Reforma, es decir, linchan mediáticamente las 24 hrs del día a los docentes, los descuartizan con sus comentarios, burlas y sarcasmos, en lo Real la triada Peña-Nuño-Chong, no tiene el más mínimo pudor de mostrarse, por eso mandan tanquetas, policías, golpeadores, infiltrados, a matar, humillar y reprimir a los maestros, cada maestro golpeado, asesinado o humillado es para Nuño-Peña una especie de trofeo, del mismo modo que el falo era un símbolo de poder del hombre pre-histórico; un ejemplo, son los Psicópatas, no matan por matar, asesinan a quienes consideran representaciones del poder, en este caso a los maestros.

Por eso la situación es grave, no es asunto de Educación y legalidad, como lo plantean Nuño-Peña es un asunto de sujetos que han involucionado Psíquicamente, sujetos que han regresado a la horda primitiva y están dispuestos a devorar y a descuartizar a todos aquellos que atenten contra su delirio, a todos aquellos que sanamente quieran escapar de su patológica influencia, llámense maestros, estudiantes normalistas, médicos, obreros, ingenieros, niños, niñas, madres de familia, como dice Freud, estamos como el gusano de seda en su capullo y dios sabe que bestia pueda salir de ahí, la bestia ya salió y es claro qué clase de bestia es.

  1. Psicoanalista José Antonio Lara Peinado.

larainvestigador@hotmail.com

Ha trabajado los últimos 7 años atendiendo a pacientes esquizofrénicos graves en diversas instancias, autor de los libros y las investigaciones, “Psicoanálisis del poder en México”, “El Mal-Estar Docente”, “Cómo trabajar con niños agresivos inmersos en la Violencia”, “La farsa de la Reforma Educativa en México”, “El tratamiento Psicoanalítico de la esquizofrenia”, etc.

 

Ese deporte extremo llamado familia

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

imagen de wikia.com

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“Si llegáramos a “saber demasiado”, a perforar el verdadero funcionamiento de la realidad social, esta realidad se disolvería”. Slavoj Zizek

Recientemente el ser humano ha optado por un estilo de vida guiado por el exceso. Lacan lo denominó “el mandamiento del goce”. Recuerdo hace unos cuantos años una noticia en el norte del país sobre un empresario (hijo de un político con amplia trayectoria) captó los reflectores precisamente por llevar su vida al extremo; en un intento de sentirse vivo, en un fin de semana se inscribió en un programa que atraía a los jóvenes empresarios a practicar el “Deporte extremo”.

¿Qué necesidad hay de que un señor que pertenece a la Cámara de Diputados ande arriesgando su vida de esa manera?, se podrá argumentar que dicha actividad la llevaba a cabo en su tiempo libre, que cada quién puede hacer de su vida lo que le plazca, o cada quien tiene su manera de vivir el síntoma directo al goce.

Lo que me parece preocupante y carente de visión es su corta idea del deporte extremo; falta de criterio y sentido común; si lo que quiere es experimentar algo extremo, algo que lo haga sentirse vivo, algo que lo mantenga alerta momento a momento: que se case, que tenga hijos y que perciba un sueldo ínfimo.

El matrimonio en la actualidad implica vivir en un deporte extremo a perpetuidad. El deporte extremo llamado matrimonio presenta varias actividades como el vivir en monogamia, tener dos o tres hijos, percibir un sueldo que cause hilaridad, aparte contribuir en los menesteres hogareños; con un brazo cargar  la bebé recién nacida y con el otro estar haciendo el biberón, o estar intentado dar respuesta a los “porqués” del hijo que está en esa etapa; cantarles la canción de “spider-man” o “super-man” mientras los vuelas por los aires.

Tratar de vivir en la institución familiar implica un deporte extremo que consiste en educar a los infantes, civilizarlos, quitarles la barbarie con la que se nace. Eso sí que es un verdadero deporte extremo.

¿Por qué querer experimentar un deporte extremo allá lejos, en la motocicleta, o tirarse del “bungy”, o conquistar la cima de la montaña,  cuando la respuesta está tan cerca?

Que se case y que tenga hijos y su dosis de adrenalina será garantizada, completamente un Eterno-Vivir-en-Deporte-Extremo, dormir a las 2:00 am para despertar a las 6:00 am, y eso si la recién nacida lo permite; comer lo básico: frijol, arroz, tortilla y de vez en cuando carne. Negociar con la esposa, acuerdos y desacuerdos, intentar descansar en los tiempos muertos, ver Barney en lugar de “Pulp Fiction”, escuchar Cri-Cri o rondas infantiles y guardar la colección de música selecta.

¿Deporte extremo? No es necesario buscar la adrenalina fuera de casa, sólo implica casarse, tener hijos y ahora sí, deporte extremo garantizado que lo acompañará cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día…

Pulsión de muerte y posmodernidad

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

Escena de la película "A Serbian Film"

Escena de la película “A Serbian Film”

 

Quizás los humanos seamos una raza maldita,
nada nos salva de la ciega voluntad de destruir
que se halla insertada en nuestros genes”.
Jorge Volpi

 

Hace unos cuantos años, cincuenta o sesenta a lo mucho, las campanas repiqueteaban en los pueblos, llamaban a misa o simplemente le recordaban al ser humano su finitud. Las cosas de unos años para acá han cambiado, las campanas dejaron de sonar, el bullicio se apoderó de los pueblos y los pueblos dejaron de serlo para convertirse en la gran ciudad.

La modernidad trajo consigo muchos cambios en lo cultural, en las relaciones interpersonales, en la subjetividad del ser humano, en su posición de ser en el mundo.

A mi mente llegan imágenes de películas clásicas en donde por ejemplo Pedro Infante era el protagonista y lidiaba épicas batallas con tal de conquistar a la mujer de su corazón. Hoy las cosas son diferentes.

Hace unos cuantos años, cincuenta, sesenta o setenta, no lo sé, las mujeres ataviadas con un rebozo esperaban la serenata; eso las mataba, caían rendidas a los brazos de su amado. Hoy en día la serenata se ha convertido en un ruido estentóreo, el reguetón ha impuesto su ley, los narco-corridos forman parte de la idiosincrasia del mexicano.

No quisiera sonar como un viejo amargado que suelta su perorata durante las reuniones familiares afirmando el silogismo: “los tiempos pasados siempre fueron mejores”, simplemente son cosas que vienen a mi mente como flashazos de aquellos tiempos en donde todo era blanco y negro; ahora existe un escenario multi-color. En ese intento de “todo vale”, hemos caído en ciertas exageraciones contraproducentes para nuestra civilización.

Lo de hoy es una barbarie, al parecer hemos perdido el sentido, la brújula, cada día la depresión es más común, el sin-sentido de la vida como bandera de la posmodernidad, el adolescente ya no se contenta con el discurso homogeneizador y se libera o creyendo que se libera de ese yugo opta por el suicidio. Padres de familia que rehúyen al compromiso. Servidores públicos que solamente se sirven con la cuchara grande a costillas del ciudadano. Cada vez más corrupción, más des-humanización. ¿qué legado vamos a dejar a nuestra descendencia?

El discurso totalizador ha quedado atrás, los valores de la posmodernidad son diametralmente opuestos a los valores con los que crecieron nuestros abuelos. El sexo desenfrenado, el consumismo, el materialismo, la acumulación de dinero y bienes como el máximo escalón al que puede aspirar el ser humano.

La voz de la religión ha quedado relegada, el discurso ya no tamborilea en la consciencia del ser humano; vivimos en un contexto en donde el superyó se ha convertido en una estructura psíquica demasiado laxa, ya no es un superyó freudiano que hacía sentir culpable, miserable, ante algún acto “impuro” o de placer. Ahora el superyó es un superyó que se rige bajo el imperativo del “goce” que tiene la misma finalidad del superyó de antaño: la destrucción total del sujeto.

El imperativo actual es “Goza”, tienes que gozar si no, no valió la pena, tienes que sentir, experimentar, vivir, pero siempre al límite, en el exceso. Ese es el imperativo superyóico que muy bien ha descrito J. Lacan.

La pulsión de muerte se ha desatado, la cultura de la muerte, la civilización de la muerte, la generación de la muerte. Una vida sin sentido, vivir al límite, tentando a la propia muerte, buscando causar malestar en el otro o a uno mismo como en un intento de saciar el impulso de morbosidad que está instaurado en ese vacío existencial que caracteriza la era contemporánea. La bestia que permanecía encadenada para producir civilización se ha liberado.

La experiencia analítica

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

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imagen de cosimodemonroy.com

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“No hay relación más íntima que la del analizante con el analista”
Jacques-Alain Miller

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Cada ser humano tiene una historia de vida que contar, una “novela familiar” diría Sigmund Freud. Cada uno de nosotros posee una verdad oculta, una verdad que siempre estará intentando salir a la luz, ser revelada, ya sea a través de un sueño, un error, un lapsus, un acto fallido, una relación sexual.

Sigmund Freud se dio cuenta de eso; se dio cuenta de que el malestar en la cultura o lo que es lo mismo, el malestar en el sujeto tiene mucho que ver con esa “verdad no revelada”, con esa verdad no esclarecida, con ese secreto de familia. El paciente al hacer consciencia de eso que ha quedado reprimido ha dado el primer paso que lo encaminará al sendero del inconsciente y es precisamente allí, en el inconsciente en donde se ha gestado la verdad y parafraseando la enseñanza milenaria: “La verdad nos hará libres”; es decir, el acceso a ese material inconsciente, reprimido, al simbolismo y sus manifestaciones, podremos acercarnos a una existencia más llevadera en donde no sea necesario el síntoma, la angustia, la depresión para callar eso que incomoda, eso que molesta.

La experiencia analítica es una experiencia entre el paciente y su psicoanalista, en donde el paciente dejará paulatinamente de ser “paciente” (padeciente) para dar paso a ser “analizante” es decir un sujeto activo que está allí en el consultorio apostándolo todo por desear saber eso no dicho; “el saber no sabido”.

¿Cómo es eso que solamente con la palabra el paciente se cura (si llegara a haber una “cura”)? Efectivamente la propuesta del psicoanálisis es “la cura por la palabra” en donde el paciente (de ahora en adelante analizante) habla de todo cuanto se le ocurra, de todo cuanto aparezca en ese preciso momento que está sentado frente a su psicoanalista. De esa manera, a través de la asociación libre, el paciente hará un recorrido a través de su propio discurso, de su propia palabra, un recorrido por todos los recovecos que existiesen en su pensamiento, en su alma, en su inconsciente.

El psicoanálisis como esa propuesta que invita a “mejor vivir, mejor amar, mejor trabajar, mejor disfrutar” como bien dijera Marie Langer. El psicoanálisis como el dispositivo básico inventado por Sigmund Freud para que el ser humano se topara con su deseo, para que hiciera un recuento de esa vida a través del recuerdo, de las imagos, de los fantasmas; el psicoanálisis como el lugar idóneo para que el ser humano se re-encuentre consigo mismo, se reconcilie, le dé un sentido a su propia vida, re-signifique su propia existencia y comience a construir la vida que desea vivir.

Un proceso analítico es costoso, implica tiempo, dinero, esfuerzo, dedicación, constancia, tenacidad, pero ¿qué cambio duradero no lo implica? Además es un compromiso que se lleva a cabo con uno mismo, un acto de amor hacia sí mismo, un espacio en donde una vez a la semana durante una hora va y se piensa en voz alta, con honestidad, sinceridad, y lo que es mejor, en donde se es escuchado y lo que es aún mejor, se es escuchado sin ser juzgado.

La experiencia analítica implica un grado de responsabilidad muy grande por parte del analizante (antes paciente) ya que los cambios deseados, la vida deseada se da a través de la propia palabra, del propio análisis del analizante, acá no se viene a escuchar una receta, un consejo, un sermón, al contrario, se viene uno mismo a escucharse y en ese escucharse a sí mismo uno va encontrando los hilos de la madeja. Acá la función del psicoanalista es una escucha flotante, una escucha atenta, pero sobre todas las cosas el responsable de su propio análisis es la persona que acude al consultorio porque se queja de algo, porque sufre, se acongoja, se deprime. Pero poco a poco, lentamente, a través de su propio análisis, el ser humano va re-surgiendo a través de su propia palabra, a través de ese re-encuentro con los fantasmas del pasado, los recuerdos de la infancia que atormentan, que no dejan andar, que paralizan.

A fin de cuentas, la experiencia analítica es un gesto de amor, una apuesta por la escucha y qué mejor que optar por esta propuesta estando en una etapa de nuestra existencia en donde la paciencia y la escucha están muy poco valoradas. La invitación allí está, si se desea vivir la experiencia analítica, cada quién tiene un lugar reservado allí, en donde tendrá un encuentro muy íntimo con sus propios demonios pero también un encuentro muy íntimo con su propia alma.

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Carlos Arturo Moreno De la Rosa
Psicólogo Y Psicoterapeuta
Miembro de APPCAC y SMP
Consulta privada en Monclova, Coah. Mx.
psicologocarlosmoreno@gmail.com

Volver a nacer

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

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imagen tomada de secretosparaunavidamejor.blogspot.com

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El ser humano atraviesa la vida experimentando situaciones cotidianas, del trabajo al hogar, horas incontables de estudio, diversión, comer, dormir, ritos sociales y un cúmulo de actividades más que hacen de la vida algo llevadero, algo soportable.

La vida del ser humano adquiere sentido cuando se topa con lo que los psicoterapeutas humanistas han denominado “experiencias cumbre” es decir, acontecimientos en la vida fuera de lo ordinario que a la postre dan un giro a la existencia del humano. Como experiencias cumbre por antonomasia están las que se rigen por el acontecimiento de la vida y el suceso de la muerte. Cuando nace un hijo o cuando muere un ser amado. Esas dos experiencias definen la existencia del sujeto.

Vida y muerte; Eros y Tánatos siempre presentes en la existencia del ser humano. Manifestaciones de vida como el amor, la amistad, el compañerismo, el compromiso, la familia, la construcción de una vida con sentido. Manifestaciones de muerte como la destrucción, el odio, la muerte misma, el suicidio, el homicidio, la violación, el secuestro, el robo, el acoso, la amenaza.

Ante un acontecimiento emanado de la representación simbólica del Eros (vida-amor) no hay mucho que re-plantearse, pero ¿qué hacer cuando se sufre la manifestación de la pulsión de muerte, ya sea la propia o ya sea la del “Otro”? La propuesta de la psicoterapia es muy clara: re-significar la existencia a partir de dicho acontecimiento, no sabemos si eso que sucedió es bueno o malo sino a partir de las consecuencias y la capacidad de re-significar la vida, a través de la resiliencia.

Un paciente sufre un robo en el cual comenta que su vida corrió peligro, en donde los ladrones pudieron golpearlo, secuestrarlo. Víctima del terror el paciente en cuestión agradece haber salido con vida de esa experiencia; re-significa su existencia a raíz de lo allí vivido, pone en una balanza su proceder y comienza a vivir una existencia nueva sabiendo la fragilidad de su paso por este mundo o citando a Milan Kundera: “La insoportable levedad del ser”.

El paciente en cuestión ha abandonado el síntoma que lo mantenía maniatado, ha re-valorado su existencia, piensa la vida desde otra perspectiva, claro que siente odio hacia sus agresores pero también se siente agradecido con la vida (o con Dios, que lo protegió con su “manto sagrado” en propias palabras del paciente) y pudo salir adelante después de ese trago amargo que le suscitó dicha experiencia. Tomó el teléfono público para avisar a sus seres queridos que todo estaba bien. Cuando tomó el teléfono público señala que fue como si hubiese cerrado una etapa de su vida, algo que había quedado abierto precisamente con una llamada de teléfono hace más de quince años.

La vida, Dios, el destino, la oración de la madre, la enseñanza del padre, todo se conjuga para que el ser humano pueda acceder a una vida con sentido. Es a partir de una “experiencia cumbre” que en su momento no sabemos si es “buena” o “mala” como la anécdota del padre de familia que tenía un hijo que fue atravesando diversas situaciones de la vida a las cuales el padre solo respondía: “esto es bueno, esto es malo, quién sabe”.

Re-significar la existencia a raíz de un acontecimiento que cimbra la consciencia, re-plantearse el lugar que se tiene en el mundo, saber valorar la vida y comenzar a vivir una vida con sentido. No quedarse en el discurso de “¿por qué me pasó esto a mí?” sino a partir de eso re-plantear las prioridades, saber qué es eso que constantemente se está repitiendo y que no deja avanzar, ese síntoma que entorpece y no deja vivir una existencia plena.

Me quedo pensando en eso que comenta el paciente: en esa experiencia en la que estuvo su vida en peligro. Quizá Dios estira las orejas de manera drástica a sus hijos que requieren de medidas extremas para tomar consciencia de su vida (“tocar fondo” dirán algunos). Dios, el destino, la vida misma, la consecuencia de sus actos, serendipia, cualquier cosa, lo importante es lo que se va a hacer a partir de eso, la vida que desea vivir siendo un hombre nuevo. En esta ocasión fueron unos ladrones, para otras personas el llamado a la vida puede ser a través de acontecimientos trágicos como una violación, un secuestro, la muerte de un ser querido. Vivir el duelo correspondiente y acompañado de un proceso de psicoterapia poder salir adelante; re-significar el acontecimiento y no quedarse en la posición de víctima, preguntarse qué es lo que se está haciendo mal y comenzar a re-plantearse su lugar, su ser-en-el-mundo. El replanteamiento de la existencia puede ser a través de dichos acontecimientos (que cualquiera quisiera estar exento de eso) pero también la vida llama con susurros al oído; a través del acompañamiento amoroso de la pareja, del cuidado amoroso de los padres, de la amistad brindada, un encuentro con Dios (de acuerdo a la creencia del sujeto) o también se puede re-significar la existencia precisamente a través de un proceso de psicoterapia, un proceso de análisis en donde el ser humano va y se escucha y logra saber eso que tanto le viene perjudicando la existencia sin necesidad de exponer su vida. Más vale un buen análisis a tiempo que lamentarse por las consecuencias de ese síntoma que no se quiso escuchar.

 

El Sujeto deseante

 Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

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imagen tomada de tallerladiosa.blogspot.com

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“Cuando descubre que el Otro miente, que el Otro no existe,
el sujeto adviene al encuentro con su deseo.”
(Isidoro Vegh)

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¿De qué estamos hechos? Estamos hechos de la misma naturaleza del mundo, de la naturaleza somos y a la naturaleza vamos, nuestro destino es la entropía, “polvo somos y en polvo nos convertiremos” resuena constantemente en nuestro pre-consciente cada mes de abril. El narcisismo de la especie humana ha sabido contener esos tres golpes asestados por Copérnico, Darwin y Freud: no somos el centro del universo, no somos una especie única y no somos conscientes de nuestros actos. El ser humano como un sujeto errante por el mundo buscando darle sentido a su existencia.

La cuestión de lo humano ha intentado ser interpretada desde la filosofía, el psicoanálisis, la biología, la sociología y hasta la poesía.

Para poder entender la cuestión de qué es el ser humano, primero tendremos que responder a la pregunta ¿quién es ese “Otro” que está a mi lado? ¿quién es ese “Otro” que está frente a mi? Y es a partir de allí y sólo entonces que podemos descifrar ese acertijo de lo que es el humano. El ser humano surge a través de la respuesta que demos a la interrogante ¿quién es ese “Otro”?

El Otro es el que inevitablemente viene a dar la estructura al Sujeto. El Otro es el que estructura; la madre en su momento, luego la Familia, luego la Institución Educativa, la Iglesia, la sociedad misma, el matrimonio y la muerte. Siempre vamos a tener a ese “Otro” representado en esas instituciones que darán forma y estructura al sujeto.

En un principio existe el binomio “Madre-Padre” que da estructura al sujeto; luego eso se desplaza en las instituciones que ya se señalaron. Si no estuviera el “Gran-Otro” ¿qué seríamos? Sin la mirada deseante del Otro simplemente seríamos objetos, cosas, cuerpos. El deseo del otro es el que encarna al sujeto, el deseo del Otro abre la posibilidad de que el niño pueda convertirse en algo, encarne la expectativa del Padre-Madre; si no hubiera Otro nos desestructuraríamos. Un ejemplo concreto: ¿qué sucede cuando no existe la mirada del Otro, cuando estamos solos en nuestro hogar y no está la mirada del Otro, la palabra, la presencia de ese Otro que nos estructura? El niño se atreve a soltar improperios, se convierte en una pequeña bestia salvaje que pide a gritos reglas y normas, alguien que lo estructure, que le diga qué hacer, que le diga cómo debe comportarse, alguien que lo ame. El adolescente ante la misma situación de soledad, ante la ausencia de ese “Otro” aprovecha para practicar el goce, piensa en hacerse daño, en sentir algo, experimentar placer ya sea cortando su cuerpo, ya sea explorándolo, el adolescente sin el Otro se topa con el vacío, con la nada, con la ausencia, avasallado por la angustia se refugia en lo que cree encontrará satisfacción momentánea. Llega el Otro y el sujeto vuelve a la estructura: el niño se pone a jugar sin maldecir, se re-conoce ante la mirada del Otro; el adolescente regresa a sus menesteres del estudio, prende el estéreo y apacigua sus deseos más primitivos y con una sonrisa complaciente se sabe estructurado por la mirada del Otro.

Tenemos pues que lo que da estructura, lo que hace ser humano al sujeto es el Otro, la mirada del Otro, la presencia del Otro y todo lo que eso conlleva. El “Gran-Hermano” que todo lo ve, que todo lo sabe, omnisciente, omnisapiente, el “Panóptico” siempre presente por los siglos de los siglos, desde que el hombre es hombre, desde que la especie humana construyó eso llamado consciencia (consciencia: “sea lo que fuere” dijo Freud).

El Sujeto se va a estructurar precisamente ante la mirada de la madre y del padre, es decir, ante la mirada amorosa de la madre y la mirada que castra del padre. La madre que ama y el padre que rompe, que castra, que impone su ley, que obliga al infante a buscar su propio “falo”, a desear más allá de la madre. Y a partir de eso el Sujeto se estructura.

Tenemos pues el primer axioma: el Ser humano se estructura a partir del deseo de sus padres. El sujeto surge a partir del deseo, de la catectización, de la mirada, de la Ley, de la expectativa que los padres depositan en sus hijos, en muchos de los casos la ecuación resulta favorable, si no, ya no tendríamos civilización. El punto toral de la presente argumentación es que el ser humano “es” a partir del deseo del Otro.

¿Qué pasa cuando el ser humano se cuestiona, se queja de eso que no sabe, cuando la existencia le resulta insoportable, cuando la piel que le heredaron sus padres le ha quedado insuficiente? Muchas de las veces el ser humano se topa con que hay algo en lo profundo de su ser que lo impulsa a cuestionar si en verdad está viviendo la vida que desea vivir, si está viviendo la vida de acuerdo a su deseo. Cuando se da cuenta de que no está siendo él sino una proyección, un síntoma de sus padres, (la encarnación de los sueños frustrados de sus padres, el “goce” negado en la vida de sus padres), comienza a elaborar esos síntomas molestos, ese malestar cotidiano, esa angustia, esa queja, esa demanda y es cuando acude al consultorio, cuando ya la vida no da para más, cuando sabe que por más “fuerza de voluntad” que tenga no puede salir adelante, que hay “algo” que lo detiene, que lo inmoviliza; y por lo regular ese “algo” no se sabe, ese “algo” pertenece a otro orden, al orden de lo inconsciente.

¿Eso quiere decir que viviremos siempre repitiendo el deseo de nuestros padres? ¿Seguiremos siendo una representación cómica del “ideal del Yo”? Desde el punto de vista del psicoanálisis y la psicoterapia psicoanalítica existe la posibilidad de un segundo momento, de re-estructurar la personalidad, de re-significar eso que constituyó al sujeto.

Cuando el ser humano se da cuenta de que “esa piel” ya no le queda, ya no le acomoda, que su deseo es otro, que la vida que ha estado viviendo ya no le satisface, llega el momento en que el sujeto se interroga,  sospecha de que cuenta con otros intereses, con otro deseo, ya no el de sus padres sino su propio deseo. Es cuando la psicoterapia propone esa transición. La psicoterapia como el proceso en donde el sujeto re-nace y se re-significa su estructura y su historia de vida.

El sujeto se estructura ante la mirada siempre del Otro. Lo mismo sucede en un proceso de psicoterapia, el Sujeto se va a estructurar ante la mirada de su psicoterapeuta. ¿Pero cuál entonces sería la diferencia? ¿Siempre va a existir el Otro que impone su deseo? La diferencia es que en la psicoterapia el sujeto se estructura frente a otro que lo escucha, ya no más frente al deseo de su madre y la mirada inquisidora de su padre, ahora se estructura bajo su propio deseo y bajo la escucha del psicoterapeuta.

La estructura de personalidad se moldea bajo la mirada de los padres, bajo el deseo de los padres. Lo que sucede en el consultorio psicoterapéutico es algo similar: vuelve a haber una “estructuración” (re-estructuración) de la personalidad con la salvedad de que ahora ya no es bajo el deseo del padre (mucho menos bajo el deseo del analista) sino ahora esa estructura de personalidad se crea a partir del deseo del propio paciente; y ya no bajo la mirada que tenía que civilizar o educar, sino ahora a través del propio discurso del paciente y la escucha atenta del analista.

La psicoterapia como ese necesario cambio de piel; algunos lo hacen poniendo piel sobre piel (tatuajes) otros intentando matar a ese otro introyectado, la desventaja es que en ese intento se llevan como consecuencia su vida misma (suicidio), otros cambian de piel sometiéndose al discurso de Otro Amo. En la psicoterapia no se trata de eso: de lo que se trata es ese volver a nacer, ese cambio de piel signado por su propio deseo ante la presencia del otro (el otro siempre presente, siempre estructurando) pero ese otro no está allí para juzgar, ese otro (psicoterapeuta) no está para decir “eso está bien, eso está mal”, al contrario, es en esa escucha en donde el sujeto encuentra su deseo inconsciente y lo que le toca es saber qué hacer con esa verdad esclarecida.

El paciente acude a la psicoterapia porque sabe que falla algo, porque la manera que ha venido solucionando sus problemas ya no le resulta, porque la angustia lo avasalla, porque ya no puede más con la culpa o con ese deseo que lo atormenta o ese goce que lo inmoviliza, acude a psicoterapia por ese conflicto inconsciente que se manifiesta a través de un síntoma que paraliza, que inmoviliza, que angustia. Y es en ese encuentro con su psicoterapeuta en donde empieza a andar algo, algo de lo que sospechaba o de lo que no tenía ni la más remota idea; se comienza a gestar una existencia que el paciente o la paciente está decidiendo. El proceso es doloroso, implica quitarse la piel con la que se ha vivido, implica muchas de las veces cuestionar lo que hasta ese momento ha creído, implica cuestionar, dudar, poner en el crisol la ideología que daba hasta ese momento sentido a su existencia. Pero al final se obtiene la gratificación, el resultado de haber construido la vida que desea vivir a partir de su propia decisión, no a partir del deseo de sus padres, del “Gran-Otro” o de su psicoterapeuta. El fin del análisis implica un sujeto nuevo, un re-nacer, una existencia experimentada de acuerdo a su propio deseo; parafraseando a Jacques Lacan: “El deseo, función central de toda la experiencia humana”.

No todo está perdido, hay una apuesta a otra cosa, hay una apuesta a “desmitificar” lo establecido, hay algo más allá de la mera ilusión. En el consultorio se lleva a cabo la enseñanza de Sigmund Freud: “Nos negamos de manera terminante a hacer del paciente que se pone en nuestras manos en busca de auxilio un patrimonio personal, a plasmar por él su destino, a imponerle nuestros ideales y, con la arrogancia del creador, a complacernos en nuestra obra de haberlos formado a nuestra imagen y semejanza”

Vivir la vida que uno desea es posible, solo basta escucharse con atención, con auto-observación, con honestidad, sinceridad, llegar hasta donde tope, hasta lo insospechado. Esclarecer lo turbio, traducir el mensaje acotado por el síntoma. Conocerse, aceptarse, poder cambiar lo que es posible cambiar y saber vivir con la condición humana que nos caracteriza. La cura por la palabra; no la palabra del “Otro”, sino la propia palabra, el propio inconsciente. Vivir la vida con menos sufrimiento, consciente de nuestras limitaciones pero también consciente de nuestro deseo. “La acción eficaz del análisis consiste en que el sujeto llegue a reconocer y a nombrar su deseo” (Jacques Lacan)

En el inconsciente está la verdad y dicha verdad quizá nos hará vivir nuestro paso por este mundo con un tanto cuanto de libertad. Viviendo con lo estrictamente personal, con lo que a uno le toca, sin la necesidad de estar cargando asuntos, pleitos, culpas que no nos pertenecen. Vivir de cara a la verdad, a nuestra verdad tejida por nuestra historia de vida, es un proceso doloroso, quizá también implica un proceso que lleve tiempo, pero sino se vive la vida que se desea vivir, entonces ¿vale la pena seguir viviendo una existencia prestada?

 

 

Neurosis, psicosis y perversión; tres rostros de la condición humana

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

imagen de artistasdelatierra.com

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Genio y figura hasta la sepultura. Hijo de tigre, pintito. El que nace para maceta no sale del corredor. Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza. ¿Qué tienen en común estos refranes? Tienen un común denominador: la personalidad del ser humano siempre estará presente a lo largo de su existencia. No en balde nuestros ancestros recopilaron siglos de sabiduría en pequeñas oraciones postuladas como aforismos para designar las experiencias que da el paso por esta tierra.

El ser humano está constituido bajo una “estructura de personalidad” que se entiende como aquello que nos constituye, que nos hace “ser” en relación a nosotros mismos y al mundo, una manera de ser y estar en el mundo. Desde la lectura del psicoanálisis existen tres estructuras básicas: neurosis, psicosis y en medio de ellas la perversión.

¿Cómo se estructura el sujeto? ¿en base a qué experiencias el sujeto se estructurará? ¿de qué depende que un sujeto sea perverso, psicótico o neurótico?

La personalidad del ser humano se estructura en base a las primeras experiencias vividas en la más tierna infancia; experiencias de amor pero también experiencias de muerte. Experiencias de amor como el apego, el cariño, afecto, y la posterior separación-individuación.  Experiencias de muerte manifestadas a través del rechazo, el descuido, la falta de reconocimiento, la destrucción, aniquilación, el niño como prolongación de su madre, etc. Y todo esto en conjunto es lo que va a estructurar al ser humano, esas primeras vivencias quedarán troqueladas en lo más recóndito de su inconsciente y desde allí fraguará su existencia.

Las experiencias en la primera infancia y cómo se hayan éstas percibido van a quedar de alguna manera “fijadas” en la psique del infante, sobre todo las experiencias vividas como excesos: exceso de frustración y exceso de satisfacción. Amor y abandono. La falla que se instaura tendrá mucho que ver en esa estructura psíquica que se forma.

Todo se juega en el primer año de vida. ¿Cómo es que una persona tiene un “quiebre psicótico” y anda por la vida ensimismado en su propia realidad, en un solipsismo a perpetuidad? La persona que está estructurada bajo el designio de la psicosis (esquizofrenia, paranoia y bipolaridad) lo es por lo que vivió en ese primer año de vida, cuando su “Yo” se estaba formando, no hubo algún referente, hubo en cambio una madre psicotóxica, ajena a su función de madre, enajenada con otros menesteres, abandonando al infante a su propia suerte; no hubo una madre que catectizara al infante (llenarlo de amor) y por lo tanto el “Yo” no logró estructurarse. Un Yo débil que a la postre, ante algún evento traumático regresará al allá y el entonces y al no haber la estructura básica necesaria tendrá el quiebre psicótico. De adulto tenderá a la psicosis ante un medio adverso y una estructura que ya trae desde la infancia.

En el neurótico opera otra cosa, el neurótico (fóbico o histérico u obsesivo) libró ese primer año; su “yo” logró estructurarse a través de introyecciones, pasa a un segundo momento, a una segunda estructura, la estructura neurótica en donde su yo estará en constante conflicto con la realidad, con las demandas del Ello y con las exigencias del Superyó. Como se dice coloquialmente en las aulas de la Facultad de Psicología: “Todos somos neuróticos gracias a Freud”.

La característica principal del neurótico es ese constante conflicto con la realidad; realidad que le frustra, realidad con la que siempre está en constante conflicto. El neurótico por un lado está bajo las demandas del principio del placer pero por otro lado está también bajo el yugo de las demandas del principio del deber. En cambio en la estructura psicótica sucede otra cosa, la persona que se ha estructurado bajo la denominación de la “psicosis” tiende a  evadir la realidad, no le gusta; por lo tanto “crea” una realidad alterna: “No soy yo el malo, son ellos los que me persiguen”; su síntoma como un intento de re-equilibrio.

¿Cómo se relaciona el neurótico, el psicótico y el perverso con el “Otro”? ¿cuál es su posición existencial como ser-en-el-mundo? Tomemos de ejemplo el constructo “demonio”. Para el neurótico los “demonios” con los que tiene que luchar son sus padres, su jefe, los compañeros de trabajo, la falta de dinero, la insatisfacción sexual, la obsesión; es decir, son demonios “simbolizados”, demonios que tienen que ver precisamente con eso que ocurrió en su infancia y retornan a su existencia representados en personas de carne y hueso en los que deposita las frustraciones que vivió en el allá y el entonces.  Siguiendo con la misma alegoría, los demonios para el psicótico son demonios reales, demonios que lo persiguen. Demonios que existen y que atraviesan paredes, que se le aparece en su cuarto, nadie más lo ve, demonios que se esconden en sus botas, demonios que le susurran cosas al oído.

Tenemos pues que el constructo denominado “demonio” es experimentado para el neurótico a través del simbolismo, en cambio el demonio para el psicótico existe realmente. Sólo nos queda la estructura perversa: en el perverso el “demonio” es él mismo. El perverso como el demonio encarnado.  El perverso es un “niño grandote” que no le pusieron reglas, normas, límites, no hubo un padre que lo castrara; ausencia de la figura paterna que le pusiera límites, que le castrara su deseo, el perverso goza por ese medio. Su goce es un goce infantil, goza como lo hiciera un infante sádico, mortificando la existencia del otro, saciando sus pulsiones perversas importándole solo él.

¿Cómo se relaciona cada persona dependiendo de su estructura con los fenómenos oníricos (el sueño)? El neurótico tiene una pesadilla y al despertar sabe que solo fue un mal sueño, o un sueño erótico que solo queda en eso, en sueño. El perverso lleva a cabo lo que el neurótico sueña.  El psicótico vive en un sueño eterno en donde ángeles y demonios existen en su vida real.

O también podremos comprender la relación que tiene cada estructura de personalidad con el “Otro”, por ejemplo: se dice que el neurótico tropieza siempre con la misma piedra, de hecho el neurótico no solo tropieza con la misma piedra, él mismo la pone para tropezar con ella (compulsión a la repetición). La relación del perverso con la piedra sería una relación de fetiche; tomaría a la piedra no para tropezar con ella sino para fetichizarla, sodomizarla, erotizarla, o buscar hasta por debajo de las piedras para ver con qué más gozar. El psicótico se pondría a platicar con la piedra.

Infancia es destino y allí se jugará gran parte de lo que el ser humano será en su vida adulta. Será desde allí como tomará decisiones, cómo se enfrentará a las situaciones cotidianas de la vida. Todo esto ha quedado troquelado en el inconsciente del ser humano y desde allí estará demandando ser reconocido. Intentará salir a la luz y por lo regular lo logra, pero ese “salir a la luz” lo hace a través de una máscara que denominamos síntoma y es precisamente ese síntoma lo que no permite al ser humano andar por la vida ligero de equipaje. El síntoma (depresión, ansiedad, estrés, trastorno alimenticio, obsesiones, relaciones amorosas no sanas etc.) como manifestación de eso que incomoda, de eso de lo que se quiere hablar pero que la sociedad insiste en que se debe callar. El síntoma existe por algo, no se trata de simplemente modificarlo o callarlo, al contrario, hay que escucharlo, interpretarlo, traducirlo. El síntoma está allí por algo y el consultorio es el lugar idóneo para escuchar lo que tiene que decir a través de la propia palabra del paciente, del que sufre ese malestar que por lo regular se esconde detrás de un “No sé lo que me pasa”.

La psicoterapia como ese lugar idóneo en donde se puede escuchar el discurso del paciente y saber eso que está allí pero que por ser precisamente inconsciente no se sabe. Hablar ese sueño “perverso” que aterra, platicar de esos demonios simbolizados, comprender esa compulsión a la repetición que impulsa a poner la piedra para tropezar con ella. Descubrir la propia verdad, la propia constitución, la propia estructura de personalidad, aceptar de lo que estamos hechos y comenzar a construir la vida que se desea vivir.

*Carlos Arturo Moreno De la Rosa
Psicólogo (UANL) y Psicoterapeuta
Consulta privada en la ciudad de Monclova, Coah. Mx

 

Dios ha muerto

 Escribe: Carlos Moreno

"Perdita Durango" imagen tomada de fumarpaco.com.ar

“Perdita Durango” imagen tomada de fumarpaco.com.ar

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Dios ha muerto ¿Cuáles son las implicaciones en la subjetividad del ser humano de esta frase de Federico Nietzsche? ¿Qué repercusiones tiene ese grito nietzscheano en las interacciones del sujeto con el otro?

El sujeto se detenía ante la sentencia: “Pórtate bien sino Dios te castiga” o “Si te portas bien tendrás un lugar asegurado en el Reino de los cielos”.

Dios ha muerto y con ello su temor. Dicen que ya no existe el temor de Dios y lo que eso implica. Ahora la ley la impone el ser humano. El psicópata es el que irónicamente impone la ley, irónicamente porque se supone que el psicópata es un sujeto sin ley, un sujeto sin Padre; pero ahora, en tiempos de la “hiper-modernidad”, en donde “todo vale” en donde la relatividad de los valores, la promiscuidad, el consumismo, el materialismo, el dinero, el sexo, la perversión, se han convertido en los bienes supremos; ¿y quién tiene acceso a eso? Precisamente los psicópatas, lo perversos, los psicópatas que al no ajustarse a las normas en turno imponen las suyas, una ley del más fuerte, la ley del fusil, la ley de la tortura, de la amenaza, del castigo; la ley de la muerte y su destino manifiesto: la droga cocodrilo.

Dios ha muerto y vivimos como si en realidad esto fuera cierto. El ser humano en su intento de gozar ha llevado su existencia al límite, requiere del exceso para poder sentir, para saberse vivo. El exceso como la norma: “Nada con medida, todo con exceso” es el mandamiento del superyó lacaniano, y precisamente en una recién entrevista a Eric Laurent, menciona que el psicoanálisis “protege al sujeto del exceso”. ¿En qué se ha convertido el psicoanálisis? ¿El psicoanalista como el portador del “Ethos” en turno?

El psicoanálisis al descubrir que el sujeto goza con su síntoma viene a desmitificar lo que anteriormente se creía del psicoanálisis. Antiguamente al psicoanálisis se le concebía como ese dispositivo que emancipaba al sujeto de un superyó  castrante, punitivo, un superyó concebido por Freud que tendía a reprimir al sujeto, que lo hacía infeliz, que le imponía una vida bajo el principio del deber. Ahora las cosas han permutado, el sujeto se encuentra atravesado por la cultura, y la cultura de hoy es muy diferente a la cultura que imperaba en la época de Freud, aquella Viena mojigata en donde la sexualidad era un tema tabú, en donde la represión era el fenómeno a desentrañar; ahora la cosa es diferente, la queja, la demanda es del padre de familia que acude con el especialista de la “salud mental” para que silencie al sujeto, para que no sea él, para que no desee, para que le ayude a imponerle normas, reglas, límites, jerarquías (como si de una psicoterapia estructural de Minuchin se tratara).

El psicoanálisis en la actualidad sabe que el sujeto es atravesado por un superyó perverso que le manda a gozar, a vivir en el exceso, a poner al cuerpo en el límite del acto, inyectarlo, perforarlo, manipularlo, gozarlo, destruirlo, aniquilarlo.

Nietzsche se ha convertido en el mensajero, en el “ángel” que avisa la muerte del último Dios que nos había acompañado en este caminar; Nietzsche proclamó la muerte de Dios y la posmodernidad vino a darle cristiana sepultura. Dios ha muerto y con él el “Último-Gran-Relato”. Ahora el ser humano se encuentra solo, inmensamente solo, sin Dios y sin diablo, abandonado a su suerte.

Paradojas de la posmodernidad: Ahora que Dios ha muerto, ¿quién impondrá la ley? El nombre del padre, el gran otro. El perverso impone la ley; manda, exige el goce. Ronda por las calles. No nos queda de otra más que quedarnos en casa ante este toque de queda no impuesto por la autoridad competente sino impuesto por el demonio que acecha, que intenta digerir al sujeto. Hombre posmoderno, hombre estructurado en los límites de la híper-modernidad. Y para muestra basta con salir a la calle: el sociópata se ha apoderado de la ciudad. La droga cocodrilo como síntoma de esa enajenación. En un pueblo sin Dios el loco es el rey.

Dolor y síntoma en psicoanálisis

por José Vieyra Rodríguez

imagen tomada de filosofiapsico.blogspot.mx

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“Por cruel que suene, debemos cuidar
que el padecer del enfermo no termine prematuramente… 
de lo contrario corremos el riesgo de no conseguir nunca 
otra cosa que una mejoría modesta y no duradera”
S. Freud
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Al parecer se ha convertido casi en un tabú hablar de curación en psicoanálisis, los argumentos la mayor de las veces son escuetos y casi dogmáticos, si bien Freud pugnó por establecer al psicoanálisis en alguna de sus acepciones como “un método para el tratamiento de trastornos neuróticos”[1], desde Lacan parece impensable hablar de una curación en psicoanálisis, así como su vertiente terapéutica. Lo cierto es que cada sujeto que llega al consultorio de un psicoanalista, poco le importa las cuestiones teóricas y las disputas sobre la cura analítica o la ética del psicoanálisis, el sujeto llega con un malestar, y plantea una demanda clara y concisa, la mayor de las veces nos plantea un malestar, nos dice que algo no anda bien, en otras palabras, nos presenta un síntoma y acude esperando una mejoría.
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Aún así, algunos analistas optan por desacreditar el hablar del sujeto, es común escuchar en algunos círculos académicos plantear de manera dogmática: “¿cuál es el motivo de consulta?”, después de que se responde con lo que el paciente dijo, el comentario obligado es “habrá que esperar a las siguientes sesiones, porque ese no es el motivo que lo trae”. En otras palabras, de entrada se desacredita la palabra en nombre de un inconsciente y un contenido latente que se obligará a buscar, en otros casos, a delirar para intentar asirlo.
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Tendríamos que plantearnos en este punto cuál es entonces el quehacer del psicoanalista que se coloca ahí, en el consultorio, tras el semblante, y que de alguna manera se presta al juego terapéutico y sin embargo no cree en él. De lo anterior no se desprende que no se piense como agente de cambio, sino que tendría que cuestionarse su posición frente al síntoma que aqueja al sujeto que se sienta o se recuesta frente a él.
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La cuestión fundamental es cómo se piensa el síntoma, más allá de su etiología represiva, pensar la teleología curativa, es decir, una vez frente a él, qué labor le corresponde al psicoanalista. En lo que confiere al inicio del tratamiento, es indispensable no plantarse como meta la eliminación del síntoma, pues si entendemos como síntoma aquello “imposible de soportar” , aquello que por medio del síntoma se sabe que eso no anda, que eso falla –o ríe o sueña–, pero que por medio de ello mismo se puede hacer algo, pues identificar lo que falla sirve como brújula en el mar de las pulsiones psíquicas y los procesos primarios. En otras palabras, si nos planteáramos en un inicio su eliminación, sería tanto como borrar las coordenadas que nos guiarían en el proceso analítico, además de advertir que su supresión la mayor de las veces va de la mano de la sugestión y no de la relación transferencial puesta en juego en un análisis.
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Utilicemos una analogía con la medicina; cuando un paciente acude al médico, éste pregunta qué le duele, tras una revisión de los síntomas, se orientará a buscar la causa de dichos dolores y no la supresión inmediata de los mismos, pues toma en cuenta que el dolor físico es necesario para orientarse hacia el origen del mismo. Por ello, una enfermedad tan extraña como la Insensibilidad congénita al dolor con anhidrosis, es además de una alteración, un impedimento u obstáculo para el diagnóstico y la curación de otras enfermedades que se presentan, pues dicha enfermedad congénita, es una alteración del sistema nervioso que produce una ausencia total del dolor, lo que precisamente la hace alarmante, pues el cuerpo está desprovisto de un arma valiosa como lo es el dolor, ya que él, aunque se manifiesta como molesto e insoportable para la persona, es la forma de saber orientarse en un mundo potencialmente peligroso a la supervivencia, y a la vez una forma de saber qué no anda bien en el cuerpo, qué falla en él.
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De la misma manera, en el mundo psíquico, plantearse como meta la supresión del síntoma es tanto como renunciar a la curación analítica, pues ésta precisamente se da en el marco del conocimiento del origen fantasmático que articula al síntoma. Por ello se insiste en la vieja polémica contra la medicación psiquiátrica, la cual busca callar lo que el síntoma grita. Al igual que el nutriólogo que se sirve de pastillas para reducir el apetito, consiguiendo con ello la reducción de ingesta de alimentos en el paciente y su correspondiente pérdida de peso, pero esto no significa que el paciente ha emprendido un cambio en hábitos alimenticios, ni mucho menos un conocimiento del porqué la comida funciona como objeto de un cierto goce oral de incorporación de algo que falta. El nutriólogo que lleva a cabo esta práctica tramposa, consigue resultados, pero no son duraderos, no atacan el origen del problema y peor aún, sustituye una ingesta por otra: la comida por la pastilla, pero en última instancia, el síntoma persiste, el cambio de ingesta no hace diferencia, mientras se siga tragando esperando que por fin aquello que pasa por la boca (sea comida o pastilla) es lo que terminará por hacer feliz.
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En resumen, no es banal que se insista en que el síntoma en psicoanálisis es fundamental,  y que ante él debemos posicionarnos claramente, no como enemigos sino como aliados y agentes de cambio, buscando hacer del síntoma algo de lo cual el sujeto ya no se queje, “que devenga el motor pulsional de su acto, que puede estar por lo tanto al servicio de la sublimación, bajo la forma de la creación artística o científica, etcétera” [2]
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Referencias bibliográficas[1] Freud, S. Dos artículos de enciclopedia. Psicoanálisis y libido. Ed. Amorrortu. Vol. XVIII. Argentina. 2005.
[2] Lombardi, G. La clínica del psicoanálisis 2. El síntoma y el acto. Ed. Atuel. Argentina. 1998. p.p. 28