Dios ha muerto

Escribe: Carlos A. Moreno De la R.

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Dios ha muerto ¿Cuáles son las implicaciones en la subjetividad del ser humano de esta frase de Federico Nietzsche? ¿Qué repercusiones tiene ese grito nietzscheano en las interacciones del sujeto con el otro?

El sujeto se detenía ante la sentencia: “Pórtate bien sino Dios te castiga” o “Si te portas bien tendrás un lugar asegurado en el Reino de los cielos”.

Dios ha muerto y con ello su temor. Dicen que ya no existe el temor de Dios y lo que eso implica. Ahora la ley la impone el ser humano. El psicópata es el que irónicamente impone la ley, irónicamente porque se supone que el psicópata es un sujeto sin ley, un sujeto sin Padre; pero ahora, en tiempos de la “hiper-modernidad”, en donde “todo vale” en donde la relatividad de los valores, el consumismo, el materialismo, el dinero, la perversión, se han convertido en los bienes supremos; ¿y quién tiene acceso a eso? Precisamente los psicópatas, lo perversos; los psicópatas que al no ajustarse a las normas en turno imponen las suyas, una ley del más fuerte, la ley del fusil, la ley de la tortura, de la amenaza, del castigo; la ley de la muerte, la ley del exceso; el mandamiento del goce.

Dios ha muerto y vivimos como si en realidad esto fuera cierto. El ser humano en su intento de vivir al extremo (goce) ha llevado su existencia al ocaso; un caos multitudinario; requiere del exceso para poder sentir, para saberse vivo.

El exceso como la norma: “Nada con medida, todo con exceso” es el mandamiento del superyó lacaniano, y precisamente en una recién entrevista a Eric Laurent, menciona que el psicoanálisis “protege al sujeto del exceso”. ¿En qué se ha convertido el psicoanálisis? ¿El psicoanalista como el portador del “Ethos” en turno?

El psicoanálisis al descubrir que el sujeto tiende al goce con su síntoma, viene a desmitificar lo que anteriormente se creía de la propuesta freudiana.

Antiguamente al psicoanálisis se le concebía como ese dispositivo que emancipaba al sujeto de un superyó  castrante, punitivo, un superyó concebido por Freud que tendía a reprimir al sujeto, que lo hacía infeliz, que le imponía una vida bajo el principio del deber. Ahora las cosas han permutado, el sujeto se encuentra atravesado por la cultura, y la cultura de hoy es muy diferente a la cultura que imperaba en la época de Freud, aquella Viena mojigata en donde la sexualidad era un tema tabú, en donde la represión era el fenómeno a desentrañar; ahora la cosa es diferente, la queja, la demanda es del padre de familia que acude con el especialista de la “salud mental” para que silencie al sujeto, para que no sea él, para que no desee, para que le ayude a imponerle normas, reglas, límites, jerarquías (como si de una psicoterapia estructural de Minuchin se tratara).

El psicoanálisis en la actualidad sabe que el sujeto es atravesado por un superyó perverso bajo el imperativo del goce; a vivir en el exceso, a poner al cuerpo en el límite del acto, inyectarlo, perforarlo, manipularlo, destruirlo, aniquilarlo.

Nietzsche se ha convertido en el mensajero, en el “ángel” que avisa la muerte del último Dios que nos había acompañado en este caminar; Nietzsche con su mirada oteadora proclamó la muerte de Dios y la posmodernidad vino a darle cristiana sepultura. Dios ha muerto y con él el “Último-Gran-Relato”. Ahora el ser humano se encuentra solo, inmensamente solo, sin Dios y sin diablo, abandonado a su suerte.

Paradojas de la posmodernidad: Ahora que Dios ha muerto, ¿quién impondrá la ley? El nombre del padre, el gran otro. El perverso impone la ley; manda, exige el goce. Ronda por las calles. No nos queda de otra más que quedarnos en casa ante este toque de queda no impuesto por la autoridad competente sino impuesto por el demonio que acecha, que intenta ingerir al sujeto.

Hombre posmoderno, hombre estructurado en los límites de la híper-modernidad. Y para muestra basta con salir a la calle: el sociópata se ha apoderado de la ciudad. En un pueblo sin Dios el loco es el rey.

@CarlosMorenoMx

Hacia un Horizonte Ético


Por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

imagen tomada de celtiberia.net

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Los ideólogos y analistas, así como los historiadores y filósofos coinciden en señalar que nuestro mundo vive una época completamente nueva en la historia.

Para algunos es algo más profundo que un simple cambio de mentalidad o de meros adelantos tecnológicos. Señalan algunos otros que estamos ante el reacomodo de los elementos que conforman lo que se ha llamado Modernidad. La economía, la religión, el orden internacional y el antropocentrismo han sufrido transformaciones dolorosas a lo largo de la historia de los últimos dos siglos y, a partir de la segunda mitad del siglo XX estaríamos asistiendo a la crisis de ese modelo de cultura y sociedad.

Para otros, estamos ante un cambio mucho más hondo y profundo. No solo es el reacomodo de los elementos modernos, sino su transformación, o incluso su fin. Así, estaríamos ante una nueva conformación cultural, enteramente diferente a la Modernidad. Esto lo han llamado posmodernidad o tardomodernidad.

En esta nueva etapa de la humanidad, las sociedades han reconfigurado los factores que le dan su propia identidad y se busca, de una u otra forma, paliar los errores modernos. Así, uno de los elementos claves de esta época es la ética. De acuerdo con esta situación, asistimos a la disolución de la historia, pues esta condujo al hombre a los holocaustos étnicos, a la guerra nuclear y al desastre ecológico. Por ello, ya no podemos sostener una escala de valores anclada en esos proyectos de progreso y desarrollo al modo del capitalismo o del socialismo del siglo XX. Por eso, la estética sustituye a la ética.

Ya que no hay origen ni fin, cualquier dirección es válida. Vivir y disfrutar el presente, que es la única condición que posee el sujeto, es la norma. Por estética se entiende todo lo que tiene que ver con la percepción y que atrae y mantiene la atención por su valor intrínseco, no por su utilidad en orden a un fin. El egoísmo hedonista es el criterio práctico, se promueven grupos de encuentros, terapias de sentimientos, cuidados del cuerpo, masajes, pedagogía del contacto y más.

Sin embargo, no todo está “perdido”, o no hay que ser tan pesimistas. Ya desde el siglo XX se ha dado en llamar a la ética “filosofía primera”. Por ética se entiende la responsabilidad de cada uno para con los demás; una responsabilidad que es irremplazable e indelegable.

Pero ¿quiénes son “los demás”? los demás, el otro o la otra, es el rostro en cuanto realidad expresiva. Ese rostro interpela, cuestiona, se torna desafío ético para la libertad y, especialmente, el rostro del que sufre, del marginado, del doliente. Estos se vuelven palabra, solicitud, súplica que pide respuesta, ayuda, compasión. De ahí emana la responsabilidad para con los demás, no de un contrato.

La conciencia es la urgencia de una destinación que conduce al otro, y no un eterno retorno de sí. Es inocencia que no cae en ingenuidad, rectitud que no desemboca en necedad, rectitud absoluta que es asimismo, crítica de sí.

Desde esta perspectiva, la filosofía ha reelaborado el imperativo categórico de Kant:

“En lugar de considerar como válida para todos los demás cualquier máxima que quieras ver erigida en ley universal, somete tu máxima a la consideración de todos los demás con el fin de hacer valer discursivamente su pretensión de universalidad” J. Habermas (dialógico-subjetivo);

“En cualquier situación debe lograrse un consenso con el fin de formar una voluntad solidaria “ K.O. Apel (consensual);

“Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una auténtica vida humana sobre la tierra” Hans Jonas (antropo-ecológico);

“Obra de tal manera que las consecuencias de tu acción no sean destructivas para con la naturaleza, la vida y la tierra” L. Boff (eco-teológico);

“Obra de tal manera que ajustes tu máxima de conducta, o de acción, a tu propia condición humana, a tu condición de habitante de frontera” E. Trías (condición fronteriza).

Hay que distinguir también dos tipos de intersubjetividad y de solidaridad: la simétrica o descendente (por consenso entre iguales) y la asimétrica o ascendente, que tiene en cuenta de manera preferente los derechos de los no-iguales, excluidos del consenso entre iguales. Así, la solidaridad asimétrica se da desde la compasión a partir de los intereses de los no-sujetos.

La estructura formal de la inteligencia no consiste solo en la comprensión del ser o en la captación del sentido. Comprende también, y en su núcleo, aprehender la realidad y el enfrentarse con ella, que comporta, a su vez, tres aspectos: 1) el hacerse cargo de la realidad. Es decir, estar en la realidad de las cosas a través de sus mediaciones materiales y activas; 2) el cargar con la realidad. Es decir, tener en cuenta el carácter ético fundamental del inteligir humano; 3) el encargarse de la realidad. Es decir, reconocer la dimensión práxica de la inteligencia.

Y a partir de aquí, es mucho lo que podremos lograr.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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