Encuentro con Carlo María Martini

Escrito por: Adolfo Huerta Alemán

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¿Cómo  ve  a la  Iglesia  Católica?

Veo  a  una  Iglesia  cansada,  vieja  y  aferrada  a  esquemas  antiguos,  tanto  en  Europa,  como  en  América.  Nuestra  cultura  está  envejecida,  nuestras  Iglesias  son  grandes, nuestras  casas  religiosas  y  seminarios,  pero  están  vacías,  el  aparato  burocrático   de  la  Iglesia  levita,  nuestros  ritos  y  hábitos  son  tradicionalistas  y  son  muy  pomposos,  no  dicen  nada  hoy  en  día.

¿Eso  es  la  Iglesia  Católica?

El  bienestar  de  la  Iglesia  le  pesa.  Hoy  debemos  buscar  mujeres  –  hombres  más  libres,  más  auténticos  y  más  cercanos  al  prójimo.  Como  lo  fueron  Romero  y  los  mártires  jesuitas  de  El  Salvador ¿Dónde  están  las  y  los  héroes  que  nos  inspiran?  ¡Por  ninguna  razón  debemos  limitarnos  a  los  límites   de  la  institución!

¿Dónde  están  esas  personas  como  el  buen  samaritano,  como  Juan  el  Bautista,  que se  atreven  a  lo  nuevo,  fieles  como  María  Magdalena? 

Le  diría  al  nuevo  Papa,  que  buscara  12  personas   fuera  de  la  línea  tradicionalista,  fuera  de  la  burocracia  eclesial,  que  sean  mujeres  y  hombres  del  mundo,  que  hayan vivido cerca  de  los  más  pobres,  que  estén  rodeados  de  jóvenes,  que  estén  experimentando   cosas  nuevas.  Necesitamos  mujeres  y  hombres  que  ardan  para  que  el  espíritu   pueda  difundirse  por  todos  lados.

¿Qué  recomiendas  para  el  cansancio  de  la  Iglesia?

Primero  la  conversión:  la  Iglesia  debe  de  reconocer  sus  propios  errores  y  debe  recorrer  un  camino  radical  de  <<cambio>> Un  cambio  de  mentalidad,  comenzando  por  el  Papa  y  la  “curia  romana”.

Nuestra  sexualidad:  la  pregunta  obligada  sobre  la  sexualidad  y  sobre todo  lo  relativo  al  cuerpo  es  un  ejemplo.  Estos  temas  son  importantes  para todo  el  mundo  y, a  veces,  demasiado  importantes.  Debemos  de  preguntarnos  si  la   gente  sigue  escuchando    los  consejos  de  la  Iglesia  en  materia  de  sexualidad ¿Cómo  anda  la  sexualidad  de  los  que  formamos  parte  del  ministerio  sacerdotal?

¿La  Iglesia  es  un  punto  de  autoridad  hoy  en  día,  o  es  una  simple  caricatura?

La  Iglesia ha mal  interpretado  su  autoridad  que  se  le  ha  confiado,  la   única  autoridad  que  se  nos  dio,  fue:  la  de  servir  al  otro.   Ni  el  clero  ni  el  Derecho  Canónico,  pueden  sustituir   a  la  interioridad  del  hombre.   Todas  la  reglas  externas,  las  leyes,  los  dogmas  nos   fueron  dados  para  aclarar  la  voz  interior   y  para  el  discernimiento   del  espíritu  y  para  vivir  más  en  plenitud.

¿Hoy en  día  los  sacramentos  les  dicen  algo  a  sus  feligreses?

Son  la  tercera  herramienta  de  curación.  <<Los  sacramentos  no  son  un  instrumento  de  disciplina,  sí,  una  ayuda  para  las  mujeres  y  hombres  en  los  momentos   del  cambio  de  su  vida  y   las  debilidades  de  su  existencia>>.

Si no  hacemos  esto  y  no  llegamos  a  las  familias  extendidas (los  divorciados,  los  vueltos  a  casar,  etc.),  si  discriminamos  a  estas  nuevas  familias,  donde  apareció  su  segundo  amor;  la  Iglesia  perderá  la  generación  futura,  sino  es  que  ya  la  perdimos.

¿Qué  podemos  hacer  las  y  los  creyentes  al  respecto?

La  Iglesia  se  ha  quedado  atrás  200 años ¿Por qué  no  temblar? ¿Tenemos  miedo? ¿Miedo  a  qué? ¿Miedo  en  vez  de  coraje,  en  vez  de  indignación?  Sin embargo  tenemos  la  fe;  la  fe  es  el  fundamento  de  la  Iglesia;  la  fe,  de  la  confianza,  el  de  la  valentía  y  el  de la  verdadera  indignación  frente  a  la  injusticia  del  otro.

He  vivido  el  amor,  éste  amor  es  más  fuerte  que  la  desilusión,  que  la  desesperanza,  que  el  sentimiento  de  desconfianza   que  cada  tanto  percibo  contra  la  Iglesia <<Sólo  el  amor  vencerá  el  cansancio  que  hay  en  nuestra  Iglesia>>.  Que  no  se  nos  olvide,  que  Dios  es  Amor.

Respondo  a  tu  pregunta,  lanzándola  a  todas  las  y  los  creyentes ¿Qué  en  realidad  podrás  hacer  Tú  por  la  Iglesia?

Carlo  Maria  Martini   nace en  Turín  1927  y  muere  en  Lombardía  2012.  Jesuita  y  Cardenal  de  Milán.  Filósofo  y  teólogo  de  avanzada,  pionero  en  los  cambios  post Concilio Vaticano II.

Uno  de los  emblemas  de  la  Iglesia  y  reconocido  en  año  2000;  con  el <<Premio  Príncipe  de  Asturias  en  Ciencias  Sociales>>.

 

Fragmentos  tomados  de  la  última  entrevista  a  Carlo Maria Martini S.J.  Por  el  padre  Georg  Sporschill S.J. En  enero  del  2012.    

   

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Pasión por el Reino de Dios

Escrito por: Juan Pablo Cruz Alvizo.

Twitter: @jpcruzalvizo

jpcruzalvizo@hotmail.com

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Me llama mucho la atención algunos pasajes de la Sagrada Escritura en las que el Señor  Jesús contesta a sus adversarios con ánimo de provocar o les reprende con expresiones fuertes; también el pasaje en el que en el Templo, lleno de coraje, corre a los mercaderes. Esto me da una idea de la Pasión que Jesús sentía por el anuncio del Reino y su desesperación cuando otros iban en contra de este Reino.

Ya desde el Antiguo Testamento vemos también expresiones bellísimas de Dios en boca del profeta Oseas: “Voy a seducirla, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón.”(2, 16), refiriéndose a su pueblo.

La Pasión (patós) que Dios siente por su pueblo, es como la de un amante, no en un sentido peyorativo, ni como entendemos esa palabra hoy en día, sino como la persona que ama con todo su ser. Este es un sentimiento que se da ya desde la creación, pero en especial, a partir del encuentro de Dios con su pueblo en el desierto.

La Pascua que celebramos es, además de celebración de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, un tiempo de dar continuidad a los propósitos de cuaresma, así nos lo propone la Iglesia y así lo hemos entendido los cristianos, de ahí que sea también momento propicio para encontrarnos con Dios y profundizar en nuestra relación con Él para conocer verdaderamente cuánto nos ama.

Pero este encuentro quedaría infecundo si no tomáramos en cuenta los consejos de Jesús con los que iniciamos la liturgia de la cuaresma: limosna, oración y ayuno deben ser prácticas que deben quedar en lo íntimo de nuestro corazón y en la presencia de Dios, aunque nunca desligadas de la atención y el amor al prójimo.

Éstas y todas las prácticas que tengamos en mente para vivir  la vida cristiana deben ser un momento de “noviazgo” con Dios, nos deben ayudar a fortalecer nuestra relación con Él.

Pero de nada sirve que queramos tener una relación íntima con Dios si no hacemos lo que a él le agrada. Cuando un joven o una chica desea agradarle a la otra persona, platica con ella para saber sus gustos, aficiones y de esa manera hacer las cosas que a dicha persona le agraden. De  manera que no va a comportarse de la forma que a la otra persona le disguste, sino todo lo contrario.

De igual forma, los cristianos debemos buscar hacer la voluntad de Dios en todas nuestras acciones, para ello debemos aprovechar todo tiempo y preguntarle en oración qué desea de nosotros.

Y precisamente este tiempo debe servir para acrecentar nuestra Pasión por Dios y su Reino, esto sólo lo lograremos cuando nos sintamos plenamente amados por Él y sintamos toda la pasión que siente por ti y por mí. Entonces será cuando correspondamos, no con la misma intensidad, pero sí con la que todas las fuerzas de nuestro corazón nos lo hagan posible.

Esta pasión es la que sintieron los apóstoles por la fuerza del Espíritu Santo en Pentecostés, con lo que perdieron la cobardía para anunciar a Jesús y denunciar la injusticia que se había cometido con su ejecución.

Esta pasión es la misma que debemos pedir al Espíritu Santo para ser capaces de denunciar en medio de  estas estructuras de injusticia y opresión en los que vive nuestra sociedad, y en especial, los más pobres, en los ámbitos: económico, político, social, educativo, e incluso me atrevo a decir que religioso, para denunciar todo aquello que vaya en contra del anuncio del Reino.

Esta pasión es, por último, la que nos impulsará a ser cada vez mejores cristianos con todas las implicaciones que esto tiene, tener los mismos sentimientos de Cristo y apasionarnos por el anuncio de su Reino.

Pascua también es conversión

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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Durante los cuarenta días de la Cuaresma, previos a la Pascua, la tónica del tiempo es la conversión. Se insiste siempre en ese aspecto esencial de la vida cristiana: hay que cambiar de vida, hay que hacer realidad la metanoia que nos exige el seguir a Jesús y la lucha por el Reino.

La conversión supone así, un esfuerzo conciente por ser como Jesús, por dejar atrás, de la forma más radical posible, al pecado; además de una práctica intensa de la caridad y la misericordia como hábitos de vida.

Estas prácticas, acompañadas por la oración y la penitencia, preparan y disponen al creyente al encuentro profundo, auténtico y personal con el Resucitado; encuentro que se extiende con la exuberancia de la cincuentena pascual.

¿Pero qué pasa durante la Pascua? ¿El cristiano ya no requiere conversión? ¿Ha llegado el Reino? ¿Vivimos en un falso triunfalismo?

Obviamente la respuesta es no. El creyente, mientras peregrine por este mundo, estará necesitado de la conversión. La conversión es permanente. Más aún, la conversión debe ser una actitud en el cristiano.

La falta de conversión como actitud creyente ha degenerado en una vida cristiana edulcorada y sin exigencias. Y eso se nota. El descenso de credibilidad de la Iglesia y su pérdida de prestigio no provienen de una persecución mal intencionada. Si así fuera, podríamos vanagloriarnos de ser perseguidos por la causa de Jesús. Pero no es así. La misma Iglesia Católica que ayer era valorada por su firmeza frente a las dictaduras y su servicio a las víctimas, en un breve tiempo se ha hecho muy poco creíble y hasta despierta animosidad en muchas personas.

Acusan a la Iglesia los abusos protagonizados por sacerdotes o religiosos. Pero también una impresión general de que se ha hecho lo posible por ocultarlos o por dilatar su sanción. Ha predominado una sensación de poca transparencia. Lo que es explicable aunque haya sido con la buena voluntad de no dañar a las personas ni el mismo anuncio de Jesús. Pero de hecho el secretismo ha aumentado el escándalo.

También cuenta en el menor aprecio por la Iglesia, un cansancio generalizado con su autoritarismo y centralismo. Hay razones que avalan la necesidad de cuidar su unidad y disciplina, pero nuestra cultura actual exige más flexibilidad, participación, escucha, libertad de opinión, y reacciona con fuerza ante lo que es impuesto desde arriba.

A veces la Iglesia ofrece públicamente su aporte a la sociedad en una forma que deja la impresión de pretender ser maestra de todos, como exigiendo sumisión de la sociedad entera sin dar argumentos para ello, acentuando así la impresión de ser “dogmática” en el peor sentido de la palabra.

Molesta la gran diferencia entre Jesús y la Iglesia cuando se considera el ejemplo de pobreza y humildad del primero y la riqueza y poder de la segunda. El Papa puede vivir con sencillez, pero si se muestra ante el mundo como un monarca con una corte de lujo, la gente hablará despectivamente del “oro del Vaticano”.

¿Cómo ver el futuro? Hay que entender que esta crisis es una gran oportunidad para tener en cuenta nuestras fallas y nos apliquemos a una conversión más profunda.

De la mano con el Espíritu, hay que repensar la Iglesia. Una Iglesia fervorosa, formada por personas libres, sin fetichismos, sin miedos, alegres, felices de estar tratando de seguir al Señor. Podemos pensarla muy fraterna, con verdadero respeto y cariño de unos por otros. Como una comunidad de iguales en que la autoridad muestra tangiblemente esta igualdad, en su tono, su vestimenta, su modo de proponer, escuchar y mandar. Una Iglesia preocupada de verdad por lo que le pasa al hombre realmente, por la vida de las familias, por el trabajo, la economía, la creación artística y la situación de los más pobres.

Que recuerde el carácter subversivo del Evangelio, que ensalza a Dios que derribó de sus tronos a los poderosos y engrandeció a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos despidió sin nada (Lc 1, 52-53).

Si no soñamos algo así, querrá decir que ha dejado de correr por nuestras venas la alegría de la Pascua de Jesús.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

Comentarios a:

gabrioignaz@yahoo.com

La Pascua también es Justicia


Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles


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Don Ezequiel Castillo, sacerdote sabio y santo, explica en su libro “Tú eres el Cristo”, que la Causa del Reino que realiza Jesús, se va haciendo efectiva paulatinamente a través de las palabras y las acciones que hace durante su vida. Así, el Reino se hace vida cuando denuncia el pecado, las injusticias o los abusos. El Reino se hace vida cuando Jesús sana enfermos o cuando se comparten los alimentos. Estos rasgos anuncian que el Reino de Dios ya está en la tierra y en la historia, son pequeños signos, como la semilla de mostaza o la levadura en la masa (cfr. Mc. 4,30-32; Mt. 13, 33).

La práctica de Jesús lo conduce también a un irremediable conflicto con las autoridades de Israel y de Roma. Las denuncias valientes y las prácticas alternativas de vida que hace Jesús lo vuelven blanco de los ataques de las estructuras injustas de su tiempo que lo condenan a muerte. Y en este punto, Jesús asume la muerte como el paso necesario para que el Reino llegue de forma definitiva. De ahí las expresiones bíblicas “era necesario que el Mesías padeciera…” (cfr. Lc. 24, 26).

Los evangelios dan razón de esa conciencia que Jesús asume, donde la muerte es el paso necesario para que el Reino de Dios llegue definitivamente a la historia humana. Pero no será la muerte lo que haga que el reino llegue definitivamente, sino la Resurrección, es decir, la respuesta gratuita e insospechada del Abbá de Jesús, que lo desclava de la cruz y lo restituye con la resurrección.

Así, la Pascua de Jesús es la llegada definitiva del Reino de Dios en la historia humana. Es la irrupción de Dios en la vida de modo decisivo, irreversible y definitivo. El Reino ya está aquí. Las primitivas comunidades vivieron en esta dinámica del Reino anunciado por Jesús y buscaban realizarlo en su día a día. Por ello Pablo explica que el Reino de Dios es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo (cfr. Rm. 14, 17). Luego entonces, la práctica de la justicia, su realización, es signo de la presencia del Reino.

Ahora bien, la Iglesia se ha entendido a sí misma como signo del Reino. La Iglesia está llamada a ser la levadura en la masa, no la masa. Por ello, Alfred Loisy denunciaba, a fines del siglo XIX, que Jesús anunció el Reino y lo que apareció fue la Iglesia, ya que esta se volvió una institución caduca y lejana, muy lejana, del proyecto del Reino, dada su riqueza, su ostracismo y su incapacidad para responder al mundo moderno e Ilustrado.

Tras la reforma del Vaticano II en los años 60s, la Iglesia se miró a sí misma de nuevo como signo del Reino. Su papel es mostrar el rostro del Reino a la humanidad, sin que por ello agote las formas de realización del mismo Reino de Dios.

Para los cristianos, la solidaridad radical con el necesitado y la pobreza evangélica son señas de identidad. El privilegio, el poder y las riquezas patrimoniales son contrarios al evangelio. La fidelidad al mensaje de Jesús en este terreno impele a seguir reclamando la autofinanciación de la Iglesia, sin recurrir a privilegios.

Aquí incide de modo especial la figura de Jesús como Buen Pastor, tan querida en este tiempo de Pascua. El pastor bueno se preocupa de sus ovejas. Es su primer rasgo. No las abandona nunca. No las olvida. Vive pendiente de ellas. Está siempre atento a las más débiles o enfermas. Los relatos evangélicos describen a Jesús preocupado por los enfermos, los marginados, los pequeños, los más indefensos y olvidados, los más perdidos. No parece preocuparse de sí mismo. Siempre se le ve pensando en los demás. Le importan sobre todo los más desvalidos. El amor de Jesús a la gente no tiene límites. Ama a los demás más que a sí mismo. Ama a todos con amor de buen pastor que no huye ante el peligro sino que da su vida por salvar al rebaño.

Hoy se necesitan Buenos Pastores entre nosotros, que hagan presente la justicia, la solidaridad y la esperanza en nuestro mundo.

No + sangre.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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gabrioignaz@yahoo.com


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