Pasión por el Reino de Dios

Escrito por: Juan Pablo Cruz Alvizo.

Twitter: @jpcruzalvizo

jpcruzalvizo@hotmail.com

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Me llama mucho la atención algunos pasajes de la Sagrada Escritura en las que el Señor  Jesús contesta a sus adversarios con ánimo de provocar o les reprende con expresiones fuertes; también el pasaje en el que en el Templo, lleno de coraje, corre a los mercaderes. Esto me da una idea de la Pasión que Jesús sentía por el anuncio del Reino y su desesperación cuando otros iban en contra de este Reino.

Ya desde el Antiguo Testamento vemos también expresiones bellísimas de Dios en boca del profeta Oseas: “Voy a seducirla, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón.”(2, 16), refiriéndose a su pueblo.

La Pasión (patós) que Dios siente por su pueblo, es como la de un amante, no en un sentido peyorativo, ni como entendemos esa palabra hoy en día, sino como la persona que ama con todo su ser. Este es un sentimiento que se da ya desde la creación, pero en especial, a partir del encuentro de Dios con su pueblo en el desierto.

La Pascua que celebramos es, además de celebración de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, un tiempo de dar continuidad a los propósitos de cuaresma, así nos lo propone la Iglesia y así lo hemos entendido los cristianos, de ahí que sea también momento propicio para encontrarnos con Dios y profundizar en nuestra relación con Él para conocer verdaderamente cuánto nos ama.

Pero este encuentro quedaría infecundo si no tomáramos en cuenta los consejos de Jesús con los que iniciamos la liturgia de la cuaresma: limosna, oración y ayuno deben ser prácticas que deben quedar en lo íntimo de nuestro corazón y en la presencia de Dios, aunque nunca desligadas de la atención y el amor al prójimo.

Éstas y todas las prácticas que tengamos en mente para vivir  la vida cristiana deben ser un momento de “noviazgo” con Dios, nos deben ayudar a fortalecer nuestra relación con Él.

Pero de nada sirve que queramos tener una relación íntima con Dios si no hacemos lo que a él le agrada. Cuando un joven o una chica desea agradarle a la otra persona, platica con ella para saber sus gustos, aficiones y de esa manera hacer las cosas que a dicha persona le agraden. De  manera que no va a comportarse de la forma que a la otra persona le disguste, sino todo lo contrario.

De igual forma, los cristianos debemos buscar hacer la voluntad de Dios en todas nuestras acciones, para ello debemos aprovechar todo tiempo y preguntarle en oración qué desea de nosotros.

Y precisamente este tiempo debe servir para acrecentar nuestra Pasión por Dios y su Reino, esto sólo lo lograremos cuando nos sintamos plenamente amados por Él y sintamos toda la pasión que siente por ti y por mí. Entonces será cuando correspondamos, no con la misma intensidad, pero sí con la que todas las fuerzas de nuestro corazón nos lo hagan posible.

Esta pasión es la que sintieron los apóstoles por la fuerza del Espíritu Santo en Pentecostés, con lo que perdieron la cobardía para anunciar a Jesús y denunciar la injusticia que se había cometido con su ejecución.

Esta pasión es la misma que debemos pedir al Espíritu Santo para ser capaces de denunciar en medio de  estas estructuras de injusticia y opresión en los que vive nuestra sociedad, y en especial, los más pobres, en los ámbitos: económico, político, social, educativo, e incluso me atrevo a decir que religioso, para denunciar todo aquello que vaya en contra del anuncio del Reino.

Esta pasión es, por último, la que nos impulsará a ser cada vez mejores cristianos con todas las implicaciones que esto tiene, tener los mismos sentimientos de Cristo y apasionarnos por el anuncio de su Reino.

Pascua también es conversión

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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Durante los cuarenta días de la Cuaresma, previos a la Pascua, la tónica del tiempo es la conversión. Se insiste siempre en ese aspecto esencial de la vida cristiana: hay que cambiar de vida, hay que hacer realidad la metanoia que nos exige el seguir a Jesús y la lucha por el Reino.

La conversión supone así, un esfuerzo conciente por ser como Jesús, por dejar atrás, de la forma más radical posible, al pecado; además de una práctica intensa de la caridad y la misericordia como hábitos de vida.

Estas prácticas, acompañadas por la oración y la penitencia, preparan y disponen al creyente al encuentro profundo, auténtico y personal con el Resucitado; encuentro que se extiende con la exuberancia de la cincuentena pascual.

¿Pero qué pasa durante la Pascua? ¿El cristiano ya no requiere conversión? ¿Ha llegado el Reino? ¿Vivimos en un falso triunfalismo?

Obviamente la respuesta es no. El creyente, mientras peregrine por este mundo, estará necesitado de la conversión. La conversión es permanente. Más aún, la conversión debe ser una actitud en el cristiano.

La falta de conversión como actitud creyente ha degenerado en una vida cristiana edulcorada y sin exigencias. Y eso se nota. El descenso de credibilidad de la Iglesia y su pérdida de prestigio no provienen de una persecución mal intencionada. Si así fuera, podríamos vanagloriarnos de ser perseguidos por la causa de Jesús. Pero no es así. La misma Iglesia Católica que ayer era valorada por su firmeza frente a las dictaduras y su servicio a las víctimas, en un breve tiempo se ha hecho muy poco creíble y hasta despierta animosidad en muchas personas.

Acusan a la Iglesia los abusos protagonizados por sacerdotes o religiosos. Pero también una impresión general de que se ha hecho lo posible por ocultarlos o por dilatar su sanción. Ha predominado una sensación de poca transparencia. Lo que es explicable aunque haya sido con la buena voluntad de no dañar a las personas ni el mismo anuncio de Jesús. Pero de hecho el secretismo ha aumentado el escándalo.

También cuenta en el menor aprecio por la Iglesia, un cansancio generalizado con su autoritarismo y centralismo. Hay razones que avalan la necesidad de cuidar su unidad y disciplina, pero nuestra cultura actual exige más flexibilidad, participación, escucha, libertad de opinión, y reacciona con fuerza ante lo que es impuesto desde arriba.

A veces la Iglesia ofrece públicamente su aporte a la sociedad en una forma que deja la impresión de pretender ser maestra de todos, como exigiendo sumisión de la sociedad entera sin dar argumentos para ello, acentuando así la impresión de ser “dogmática” en el peor sentido de la palabra.

Molesta la gran diferencia entre Jesús y la Iglesia cuando se considera el ejemplo de pobreza y humildad del primero y la riqueza y poder de la segunda. El Papa puede vivir con sencillez, pero si se muestra ante el mundo como un monarca con una corte de lujo, la gente hablará despectivamente del “oro del Vaticano”.

¿Cómo ver el futuro? Hay que entender que esta crisis es una gran oportunidad para tener en cuenta nuestras fallas y nos apliquemos a una conversión más profunda.

De la mano con el Espíritu, hay que repensar la Iglesia. Una Iglesia fervorosa, formada por personas libres, sin fetichismos, sin miedos, alegres, felices de estar tratando de seguir al Señor. Podemos pensarla muy fraterna, con verdadero respeto y cariño de unos por otros. Como una comunidad de iguales en que la autoridad muestra tangiblemente esta igualdad, en su tono, su vestimenta, su modo de proponer, escuchar y mandar. Una Iglesia preocupada de verdad por lo que le pasa al hombre realmente, por la vida de las familias, por el trabajo, la economía, la creación artística y la situación de los más pobres.

Que recuerde el carácter subversivo del Evangelio, que ensalza a Dios que derribó de sus tronos a los poderosos y engrandeció a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos despidió sin nada (Lc 1, 52-53).

Si no soñamos algo así, querrá decir que ha dejado de correr por nuestras venas la alegría de la Pascua de Jesús.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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