El Cristo de la capilla

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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imagen tomada de Periódico Zócalo

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Estos días se revisten de especial sabor en Saltillo por los festejos tradicionales del “6 de agosto”, del venerado Santo Cristo de la Capilla.

La historia real de cómo llega el Santo Cristo a la Villa de Saltillo señala que fue comprada por Santos Rojo –uno de los fundadores- y colocada en la llamada “Capilla de Ánimas”, y que rápidamente los habitantes de la Villa generaron una enorme veneración por la imagen.

La leyenda de la llegada milagrosa de la imagen a la Villa de Saltillo tiene sus paralelismos con muchas otras santas imágenes a lo largo y ancho del mundo: Las bestias nobles trasladan la imagen a un lugar que originalmente no era su destino, y los pobladores del lugar reconocen en la terquedad de los animales –siempre viajando solos, sin arrieros- la voluntad de Dios de bendecir al lugar al que llega para quedarse la piadosa imagen en cuestión. Ya desde la antigüedad judía se narraban historias semejantes, como la de la burra de Balam (cfr. Núm. 22, 23 ss).

La leyenda no solo refleja candidez y fe, sino que simbólicamente enseña algo que, a la distancia, más de 400 años ya, parece que se ha perdido en medio de la fiesta, de la verbena y del asueto que supone este día en la ciudad: el sentido de fe que ilumina toda la vida creyente.

La difícil situación actual ha de cuestionarnos hondamente acerca de cómo hacemos vida nuestra fe. No se trata de esperar milagros venidos del cielo que solucionen nuestros problemas, sino que, iluminados por el Evangelio, nosotros mismos pongamos en marcha las soluciones y las mejoras a nuestra vida en sociedad.

J. A. Pagola señala que en el evangelio de Juan (6, 24-35) hay un diálogo de gran interés que Jesús mantiene con una muchedumbre a orillas del lago Galilea.

El día anterior han compartido con Jesús una comida sorprendente y gratuita. Han comido pan hasta saciarse. ¿Cómo lo van a dejar marchar? Lo que buscan es que Jesús repita su gesto y los vuelva a alimentar gratis. No piensan en nada más. Jesús los desconcierta con un planteamiento inesperado: “Trabajen, no por el alimento que perece, sino por el que perdura hasta la vida eterna”. Pero ¿cómo no preocuparnos por el pan de cada día? El pan es indispensable para vivir. Lo necesitamos y debemos trabajar para que nunca le falte a nadie.

Jesús lo sabe. El pan es lo primero. Sin comer no podemos subsistir. Por eso se preocupa tanto de los hambrientos y mendigos que no reciben de los ricos ni las migajas que caen de su mesa. Por eso maldice a los terratenientes insensatos que almacenan el grano sin pensar en los pobres. Por eso enseña a sus seguidores a pedir cada día al Padre pan para todos sus hijos.

Pero Jesús quiere despertar en ellos un hambre diferente. Les habla de un pan que no sacia solo el hambre de un día, sino el hambre y la sed de vida que hay en el ser humano. No lo hemos de olvidar. En nosotros hay un hambre de justicia para todos, un hambre de libertad, de paz, de verdad. Jesús se presenta como ese Pan que nos viene del Padre, no para hartarnos de comida sino “para dar vida al mundo”.

Jesús se presenta como ese Pan de vida eterna. Cada uno ha de decidir cómo quiere vivir y cómo quiere morir. Pero, creer en Cristo es alimentar en nosotros una fuerza indestructible, empezar a vivir algo que no terminará con nuestra muerte. Desde nuestra fe vacilante, quizás solo nos preocupa la comida de cada día. Y, a veces, solo la nuestra.

Por eso Pablo (cfr. Ef. 4, 17 ss) invita a los creyentes que se dejen renovar por el Espíritu Santo y pasen de un modo de obrar no digno del ser humano, a un modo de obrar digno de quien tiene fe en Cristo. Pide que abandonemos nuestro estilo anterior de vida pecaminosa y marchemos en adelante por un nuevo camino de vida cristiana. Se nos invita a no dejarnos guiar por esta “vaciedad de criterios”. Elegir la novedad, lo nuevo, es elegir a Cristo. Esto significa romper con el viejo ser humano pecaminoso, con el pecado del mundo, para estar dispuestos a una continua renovación en el Espíritu, a vivir en la justicia y santidad y ser justos y rectos.

Celebrar al “Señor de la Capilla” debe hacernos mejores creyentes, creyentes que construyen desde la justicia social y la solidaridad, ese milagro tan esperado por todos de vivir en un mundo mejor, en una ciudad digna y feliz para todos.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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No hay que portarse bien

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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Desde niños nos han insistido en que debemos portarnos bien. Y para como está el mundo, más bien pareciera que eso de portarse bien es lo único que nunca hemos hecho.

¿Qué significa eso de “portarse bien”? Para la mayoría de la gente esto significa, simplemente, no hacer cosas malas. Aparentemente esto parece mucho. Pero no es así. En realidad resulta hasta insignificante. De nada sirve pasar la vida como un maniquí o una estatua, que tampoco hacen daño. Pero tampoco hacen nada bueno.

Nuestra vida y nuestra historia están marcadas por lo que llamamos el mal, en todas sus formas de expresión. Hay un mal que brota de la condición misma de la realidad humana: la enfermedad, el frío, el calor, el dolor, nuestras propias limitaciones… Pero hay otra forma de mal que surge de nuestra intencionalidad y de nuestras formas de ordenar la realidad. Así, nace el odio, la venganza, la envidia, y muchas otras acciones que generan daño directo a otras personas. Y ante esto sirve de nada el “portarse bien”.

¿De qué sirve que haya personas que dicen “yo no robo, yo no mato” si hay muchas otras que matan, ejercen violencia, envenenan nuestras sociedades, etc.?

Esta situación no es nueva para el creyente. Ya en los primeros años del cristianismo, Pablo exhortaba a sus comunidades con la expresión “Vence al mal haciendo el bien”.

En el texto de la carta a los Romanos (12, 19-21), Pablo explica que el cristiano no ha de hacer justicia por sus propias manos, sino que si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal, haciendo el bien.

Esta perícopa resulta completamente significativa y hasta escandalosa para el pensamiento común de nuestro mundo. Pero es la clave de la ética cristiana. Ya Jesús había insinuado este tipo de comportamiento con su propia vida, con la renuncia a la violencia como estrategia para la llegada del Reino y, por el contrario, asumiendo la compasión y la misericordia como bandera.

Así, conforme a Jesús y a la enseñanza de Pablo, al creyente le resulta insuficiente, y hasta inútil, el pretender conformarse con “portarse bien”. El creyente en Jesús ha de encontrar en el mal y en la adversidad el acicate para la práctica del bien. Si sufro injusticia, es el llamado a trabajar más por implantar la justicia en mis relaciones con los demás. Si sufro violencia, es la oportunidad para decidirme a la construcción de una nueva forma de entender nuestro mundo y nuestra sociedad, donde la violencia no sea la tónica diaria.

Claro que esto cuesta mucho esfuerzo, muchas lágrimas y hasta la vida. Así nos lo ha enseñado Jesús. Pero es el único camino. No podemos conformarnos con una vida “sin problemas”, pretendiendo que no me afectan porque están al otro lado de la barda de la casa o de la reja de la colonia.

Hoy más que nunca resulta pertinente la invitación: No hay que portarse bien. Hay que vencer al mal haciendo el bien.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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Cayendo en la cuenta de que Dios está ahí…

Autor: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

imagen tomada de elmayito.blogspot.mx

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Nos encontramos en una situación especialmente privilegiada en el México actual: este año 2012, más allá de profecías mayas y fin del mundo, en México nos jugamos una forma de diseñar, no solo nuestro futuro inmediato, sino también el México que queremos a mediano y a largo plazo.

Yo me niego a decir que los dados ya se han lanzado –alea iacta est- decían los antiguos romanos. No, no es cuestión de azar. Es cuestión de decisión y de responsabilidad. Pero es muy importante que cada persona caiga en la cuenta de que esa construcción ya está sucediendo.

Releyendo a don Andrés Torres-Queiruga, me encontré con esa expresión tan familiar, tan humana, de “caer en la cuenta” referida a la relación de Dios con la humanidad y a la dinámica de la Revelación.

Esta idea de “caer en la cuenta”, de acuerdo con Torres-Queiruga, es un intento serio de conjugar la autonomía de la subjetividad humana, con su constitutiva referencia a Dios. Y para ello distingue dos momentos fundamentales:

El primero es la experiencia originaria, el primer descubrimiento por el “profeta” (las personas que de un modo u otro han hecho avanzar la revelación en la historia). Partiendo del Dios que, creándonos por amor, está siempre tratando de dársenos a conocer (¿no lo hacen todos los padres con sus hijos e hijas?): 1) Dios está siempre y con todo su amor tratando de manifestársenos, para que todo hombre y toda mujer, toda cultura y toda religión, descubran su presencia y comprendan lo que Él es y quiere ser para nosotros; 2) los límites, oscuridades, errores o malas interpretaciones no dependen de que Dios se oculte o no quiera revelarse, sino que son consecuencia inevitable de la limitación humana, sea porque no podemos, sea porque no queremos.

Por fortuna, de vez en cuando alguna persona, por circunstancias externas o cualidades internas, “cae en la cuenta” de lo que Dios, en su amor irrestricto, está tratando de manifestar a todos, y se produce la “revelación”: “El Señor estaba aquí y yo no lo sabía”, exclamó Jacob “despertando del sueño” (obsérvese el simbolismo). Cuando la Biblia se lee en esta perspectiva, resulta un maravilla ver cómo se van produciendo los grandes descubrimientos. Y obsérvese que esto no “reduce” la revelación a un mero proceso encerrado en la inmanencia humana, sino todo lo contrario. No se descubre a un Dios que está quieto o a quien se sorprende cuando trataba de esconderse.

Se “cae en la cuenta” de la llamada insistente de Alguien que no tiene otro interés que manifestarnos su amor y animarnos a acoger su salvación. Lo descubrimos porque, y solo porque, Dios está manifestándosenos y dándonos la capacidad de comprenderlo en la medida en que lo permite nuestra limitación o no lo impide nuestra resistencia. Por eso la revelación auténtica es, siempre y con toda verdad, vivida y percibida como gracia y respuesta a una iniciativa divina: como “palabra de Dios”.

Desde aquí se abre el segundo momento: el de la acogida libre y responsable de la revelación una vez acontecida y anunciada. Ahora resulta más fácilmente comprensible, porque en realidad responde a una estructura universal de nuestra comprensión. Siempre, sobre todo en las cuestiones difíciles —y las relacionadas con la Trascendencia lo son máximamente—, el descubrimiento primero es difícil y acontece en una persona o una circunstancia muy determinada. Pero cuando sucede un descubrimiento y es comunicado a los demás, entonces todos pueden de alguna manera percibirlo por sí mismos.

Todos los físicos veían caer manzanas, y solo Newton fue el primero en “caer en la cuenta” de que ahí se anunciaba la gravitación universal. Pero cuando lo publicó, todos pudieron verlo, y verlo por sí mismos: aceptaron la gravitación gracias a que se lo dijo Newton, pero ya no simplemente porque se lo dijo él, sino porque ahora ya la veían ellos por sí mismos. ¿No es esto lo que los samaritanos dijeron a la Samaritana: “No creemos por tus palabras, porque nosotros mismo lo hemos escuchado”? (Jn 4,42).

Pues bien, acudiendo a Sócrates, quien afirmaba que igual que su madre con las parturientas, tampoco él introducía las ideas en sus oyentes sino que les ayudaba a darlas a luz, comprender el anuncio revelador como una mayéutica constituye la mejor manera de explicar su carácter potencialmente universal y la posibilidad de acogerla sin romper la justa autonomía humana, evitando convertirla en simple fideísmo.

Dios está sustentando, habitando y agraciando a todos con el mismo amor que al profeta: este no descubre algo que Dios solo quiere manifestarle a él, sino a todos igual que a él. Oseas, gracias a su experiencia de no ser capaz de dejar de amar y perdonar a su mujer que vuelve a la prostitución, “cae en la cuenta” de que eso es lo que le sucede a Dios con nosotros y que por eso está tratando de manifestarnos desde siempre a través de lo mejor de nuestro ser.

A la humanidad le costó mucho — y sigue costándonos— comprender que Dios no es una presencia que controla, juzga y condena; pero cuando Oseas y más tarde Jesús en la parábola insuperable del Hijo Pródigo supieron escuchar lo que real y verdaderamente Dios estaba tratando de decirnos en su presencia viva y amorosa, también nosotros podemos “verlo”, comprender que es así, que eso es lo que nos está manifestando también a nosotros a través de nuestro ser más íntimo y nuestra humanidad más auténtica, que no podía ser de otra manera, si Él es amor y su misericordia es infinitamente superior a la nuestra.

Para no caer en fácil idealismo, conviene añadir que el proceso puede ser muy difícil e incluso fracasar: podemos no verlo, podemos resistirnos o dudar entre interpretaciones alternativas. Sucedió también entonces y sucederá siempre: lo importante es que la oferta no coloca al oyente ante un salto ciego o una imposición autoritaria, sino ante una propuesta “verificable”, dentro, claro está, del modo especifico de verificación que le corresponde.

Pero es preciso todavía concretar algo muy importante: se trata de mayéutica histórica. Porque no se trata de un retorno a lo mismo, del recuerdo (anámnesis) de las ideas eternas. Basta con pensar que en la revelación Dios está activamente presente creándonos por amor, promocionando nuestro ser y ayudándonos a realizarlo hacia su posible plenitud, para comprender que se trata de la llamada hacia adelante, del anuncio de lo nuevo, de un auténtico “nuevo nacimiento”.

Así pues, dadas las circunstancias históricas que vivimos en el país, los creyentes habríamos de preguntarnos: ¿qué está diciendo Dios en todo esto? ¿Qué me está Revelando Dios para hacer crecer su Reino en estas circunstancias específicas de la historia de México? Y la respuesta tiene que ser en el mismo plano de responsabilidad y compromiso.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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Trinidad

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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La  solemnidad de la Santísima Trinidad no solo es el sello distintivo del credo cristiano, sino también representa el misterio por excelencia, y uno de los principales elementos de confusión para el creyente. Además de una de las verdades de fe polémicas en el contexto del diálogo interreligioso.

A lo largo de la historia del pensamiento cristiano han desfilado innumerables mentes que han buscado explicitar y acercar este misterio al común de los fieles. Entre esa amplia lista de teólogos, siempre me ha llamado la atención el proyecto de Ricardo de San Víctor, en la primera mitad del siglo XII.

Ricardo era abad del monasterio de San Víctor. le preocupaba que sus monjes comprendieran adecuadamente los misterios de la fe. Por ello, escribió sendos libros de teología donde explicaba a sus monjes el misterio trinitario.

Ricardo parte de la comprensión más simple que cualquiera se haga de Dios: es el ser más perfecto que hay. Dado por aceptado este punto, Ricardo sostiene que si Dios es el ser más perfecto, debe poseer todas las perfecciones en grado perfecto.

Ahora bien, la más alta de todas las perfecciones es el amor. Y para que el amor sea perfecto, debe ser un amor correspondido en dignidad y perfección de quien ama. Por eso, si Dios posee el amor en grado sumo y perfecto, es necesario, para que ese amor sea perfecto, que sea correspondido en igual perfección y dignidad como la de Dios. Así explica Ricardo la necesidad del amor entre el Padre y el Hijo.

Pero la perfección del amor exige su apertura a otro, para que ese amor no sea mera cerrazón entre dos, y para que no exista en él la menor sombra de egoísmo, es necesario que se abra a un tercero. Este es el lugar del Espíritu, explica Ricardo.

Así por el amor, Dios es necesariamente Trinidad. No por elaboraciones metafísicas o esotéricas. No por elaboraciones extrañas o por calcos acríticos de otras tradiciones religiosas.

La Trinidad cristiana está anunciada por el mismo Jesús, y no con conceptos, sino con su propia vida, con sus acciones, con su atención a los pobres, a los enfermos, a los sufrientes de este mundo. En palabras de José Antonio Pagola: “Jesús no ha escrito ningún tratado acerca de Dios. En ningún momento lo encontramos exponiendo a los campesinos de Galilea doctrina sobre él. Para Jesús, Dios no es un concepto, una bella teoría, una definición sublime. Dios es el mejor Amigo del ser humano. Jesús le da gracias al Padre porque le gusta revelar a los pequeños cosas que les quedan ocultas a los ilustrados. Dios tiene menos problemas para entenderse con el pueblo sencillo que con los doctos que creen saberlo todo. Pero fue, sin duda, la vida de Jesús, dedicado en nombre de Dios a aliviar el sufrimiento de los enfermos, liberar a poseídos por espíritus malignos, rescatar a leprosos de la marginación, ofrecer el perdón a pecadores y prostitutas…, lo que les convenció que Jesús experimentaba a Dios como el mejor Amigo del ser humano, que solo busca nuestro bien y solo se opone a lo que nos hace daño. Los seguidores de Jesús nunca pusieron en duda que el Dios encarnado y revelado en Jesús es Amor y solo Amor hacia todos.”

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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¡Ven ya, Padre de los pobres!

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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La secuencia del día de Pentecostés, entre una serie de títulos que le da al Espíritu Santo, le llama «padre de los pobres». Este título, si bien no aparece en la Escritura, es completamente coherente con el mensaje bíblico y, especialmente, con la misión de Jesús y de la Iglesia.

El Espíritu actúa en el mundo por medio de los pobres. Esta paradoja la muestra Pablo con claridad (cfr. 1 Co. 1, 26-2, 16). Es paradójico porque hemos visto que el Espíritu es considerado como poder y fuerza de Dios, y el término pobres apunta a la impotencia y debilidad.

Sin embargo, toda la historia de salvación está jalonada por la acción de los pobres. El pueblo de Israel es siempre un pueblo débil y pobre. En su interior, los más pobres son los elegidos de Dios para ser los representantes del verdadero pueblo. El Mesías es anunciado como rey pobre y de los pobres. Así, vemos a Jesús actuando en favor de los pobres (cfr. Lc. 4, 18), escoge de entre ellos a sus discípulos, su Iglesia nace entre los pobres.

La misión de Jesús y de la Iglesia (cfr. Lc. 4, 16-21; 10, 1-24) está dirigida con base en la unción del Espíritu, principalmente para los pobres, marginados, excluidos. El Espíritu hace que se reconozca la presencia misma de Dios en ellos (cfr. Mt. 25, 31-46).

El Espíritu se pronuncia así en favor de la solidaridad con los que sufren. Quien entrega su vida en favor de la justicia, de la solidaridad fraterna, de la igualdad aun a costa de la vida, está siendo movido por el mismo Espíritu, padre de los pobres, que ungió e impulsó a Jesús.

Ya apuntábamos la paradoja de la actuación del Espíritu por medio de los pobres. Esta paradoja halla toda su fuerza al contemplar la acción creadora del Espíritu. El Génesis nos habla del Espíritu –ruah– de Dios que se cernía sobre las aguas cuando, al principio, la tierra era caos (cfr. Gn. 1, 1-2). La creación se da en el caos, no de la nada –ex nihilo-. El poder creador de Dios se manifiesta en medio del caos, como un «ordenador», pero un orden de vida, como lo apuntan los días de la semana de la creación (cfr. Gn. 1, 3-31).

En el Segundo Testamento, el Espíritu aparece como don pleno a partir de la pascua de Jesús. La muerte de Jesús conjunta el lugar y el tiempo de la entrega libre del Espíritu (cfr. Jn. 19, 30), al tiempo que revela la identidad plena del Padre como Aquel que desclava los crucificados (cfr. Lc. 23, 46). La muerte de Jesús será el preludio de la nueva vida que se inaugura con su resurrección por el Espíritu (cfr. Rm. 8, 11). Nuevamente el Espíritu genera vida desde el caos. El caos, aquí, es la violencia contra el inocente, el sufrimiento del inocente, la muerte del inocente.

Si el mundo vuelve al caos por la violencia, el Espíritu crea, «ordena» el caos mediante el perdón y la reconciliación. El Resucitado entrega el Espíritu para el perdón de los pecados (cfr. Jn. 20, 22-23). Pero esta donación implica la muerte que ha padecido. Hay que insistir en ello aunque suene a obviedad, porque la muerte de Jesús -culmen de su misión impulsada por el Espíritu- es la muestra de la solidaridad de Dios con el sufrimiento del inocente, con el pobre, con el excluido y marginado.

Esta solidaridad divina motivada por el amor, por el Espíritu de amor, sale al encuentro del otro, se hace compañera de camino de la humanidad herida, como en el Primer Testamento la shekiná en el desierto. El Espíritu aparece como compañero de sufrimiento de la humanidad en el camino de su liberación y plenitud. Esta compañía y solidaridad mueve al creyente a una opción de vida concreta, a comprometerse con la misión que Jesús le presenta (cfr. Lc. 10, 1-16), y todo ello para divinizar a la creación entera en ese proceso de theosis insistentemente señalado por los Padres griegos e insinuado ya en el símbolo hebreo del merkabah, el carro de fuego que asciende llevando al profeta al mundo celeste (cfr. 2 Re. 2, 11).

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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¿Jesús se fue al Cielo?

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

Cuando la otrora Unión Soviética puso al primer hombre en órbita, en la persona de Yuri Gagarin, los líderes del ateísmo comunista científico se regocijaron al constatar que, allá afuera no estaba Dios, ni nada por estilo.

Esta expresión que hoy puede sonar risible, representa una tradición cultural, un paradigma sociorreligioso que, para muchos, sigue operando en sus vidas de modo inconsciente.

Los textos neotestamentarios, escritos en este ámbito cultural premoderno, no pretenden describir un movimiento de traslación de Jesús cuando afirman que subió al cielo. Veamos, el evangelio de Marcos (ca. 60 d.C.) señala que el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Mateo (ca. 70 d.C.) solo señala que yo (Jesús) estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo. Lucas (ca. 90 d.C.) es el más pródigo en detalles, pues en el evangelio menciona que Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Y en el texto de los Hechos agrega que serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra. Dicho esto, los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos.

Los textos evangélicos y de los Hechos son testimonios de fe y se mueven en el horizonte simbólico. Es por eso que tienen un doble aspecto, uno apunta a Jesús y otro a la comunidad creyente.

En lo que apunta a Jesús, se señala que subió al cielo o fue llevado al cielo. No es una referencia de tipo topográfica o espacial, sino que, dado que el cielo es símbolo del ámbito divino, funciona como una confesión de fe: Jesús pertenece por entero a Dios y a lo divino. La glorificación de Jesús no solo es la resurrección, sino también su pertenencia por entero a Dios. Esta confesión de fe permitirá el posterior desarrollo del dogma trinitario.

El otro aspecto, que apunta al creyente, tiene que ver con la responsabilidad. Jesús resucitado se va al cielo y ahora empieza el tiempo del creyente, del seguidor. Jesús ya no está en medio del grupo de creyentes para instruirlos o aconsejarlos. Es ahora el tiempo de los seguidores de Jesús que, con su vida, han de hacerlo presente en sus trabajos, en sus hogares, en su caminar cotidiano. Somos nosotros los que tenemos que hacer vida a Jesús en el mundo.

Los soviéticos no hallaron a Dios allá afuera, y ningún astronauta actual o los habitantes de la Estación Espacial Internacional no lo han de ver –ni lo verán- allá en el espacio. pero deberán de verlo en cada uno de los que creemos en Él, que seguimos en este mundo con la grave responsabilidad de amar como amó Jesús, de sentir como Jesús sintió, de pensar como Jesús pensó. Como dice el himno de esta fiesta: “No, yo no dejo la tierra, no yo no olvido a los hombres… comienza su tarea”.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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El conflicto de la Resurrección

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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Se suele decir en teología que la resurrección de Jesús no es un hecho «histórico», con lo cual se quiere decir no que su realidad está más allá de lo físico. La resurrección de Jesús no es un hecho realmente registrable en la historia; nadie hubiera podido fotografiar aquella resurrección. La resurrección de Jesús objeto de nuestra fe es más que un fenómeno físico. De hecho, los evangelios no nos narran la resurrección: nadie la vio. Los testimonios que nos aportan son de experiencias de creyentes que, después, «sienten vivo» al resucitado, pero no son testimonios del hecho mismo de la resurrección.

La resurrección de Jesús no tiene parecido alguno con la «reviviscencia» de Lázaro. La de Jesús no consistió en la vuelta a esta vida, ni en la reanimación de un cadáver. La resurrección, tanto la de Jesús como la nuestra, no es una vuelta hacia atrás, sino un paso adelante, un paso hacia otra forma de vida, la de Dios.

Importa recalcar este aspecto para darnos cuenta de que nuestra fe en la resurrección no es la adhesión a un «mito», como ocurre en tantas religiones, que tienen mitos de resurrección. Nuestra afirmación de la resurrección no tiene por objeto un hecho físico sino una verdad de fe con un sentido muy profundo, que es el que queremos desentrañar.

¿Por qué la noticia de la resurrección suscitó la ira y la persecución por parte de los judíos? La buena noticia de la resurrección fue conflictiva. Noticias de resurrecciones eran en aquel mundo religioso menos extrañas que hoy. A nadie hubiera tenido que ofender en principio la noticia de que alguien hubiera tenido la suerte de ser resucitado por Dios. Sin embargo, la resurrección de Jesús fue recibida con una agresividad extrema por parte de las autoridades judías. Hace pensar el fuerte contraste con la situación actual: hoy día nadie se irrita al escuchar esa noticia. ¿La resurrección de Jesús ahora suscita indiferencia? ¿Por qué? ¿Será que no anunciamos la misma resurrección, o que no anunciamos lo mismo en el anuncio de la resurrección de Jesús?

Leyendo más atentamente los Hechos de los Apóstoles ya se da uno cuenta de que el anuncio mismo que hacían los apóstoles tenía un aire polémico: anunciaban la resurrección «de ese Jesús a quien ustedes crucificaron». Es decir, no anunciaban la resurrección en abstracto, como si la resurrección de Jesús fuese simplemente la afirmación de la prolongación de la vida humana tras la muerte. Tampoco estaban anunciando la resurrección de un alguien cualquiera, como si lo que importara fuera simplemente que un ser humano, cualquiera que fuese, había traspasado las puertas de la muerte.

Los apóstoles anunciaban una resurrección muy concreta: la de aquel hombre llamado Jesús, a quien las autoridades civiles y religiosas habían rechazado, excomulgado y condenado. Cuando Jesús fue atacado por las autoridades, se encontró solo. Sus discípulos lo abandonaron, y Dios mismo guardó silencio, como si estuviera de acuerdo. Todo pareció concluir con su crucifixión. Todos se dispersaron y quisieron olvidar.

Pero ahí ocurrió algo. Una experiencia nueva y poderosa se les impuso: sintieron que estaba vivo. Les invadió una certeza extraña: que Dios sacaba la cara por Jesús, y se empeñaba en reivindicar su nombre y su honra. Jesús está vivo, no pudieron hundirlo en la muerte. Dios lo ha resucitado, lo ha sentado a su derecha misma, confirmando la veracidad y el valor de su vida, de su palabra, de su Causa. Jesús tenía razón, y no la tenían los que lo expulsaron de este mundo y despreciaron su Causa. Dios está de parte de Jesús, Dios respalda la Causa del Crucificado. El Crucificado ha resucitado, está vivo.

Y esto era lo que verdaderamente irritó a las autoridades judías: Jesús les irritó estando vivo, y les irritó igualmente estando resucitado. También a ellas, lo que les irritaba no era el hecho físico mismo de una resurrección, que un ser humano muera o resucite; lo que no podían tolerar era pensar que la Causa de Jesús, su proyecto, su utopía, que tan peligrosa habían considerado en vida de Jesús y que ya creían enterrada, volviera a ponerse en pie, resucitara. Y no podían aceptar que Dios estuviera sacando la cara por aquel crucificado condenado y excomulgado. Ellos creían en otro Dios.

Pero los discípulos, que redescubrieron en Jesús el rostro de Dios como Dios de Jesús comprendieron que Jesús era el Hijo, el Señor, la Verdad, el Camino, la Vida, el Alfa, la Omega. La muerte no tenía ningún poder sobre él. Estaba vivo. Había resucitado. Y no podían sino confesarlo y «seguirlo», «per-siguiendo su Causa», obedeciendo a Dios antes que a los hombres, aunque costase la muerte.

Creer en la resurrección no era pues para ellos una afirmación de un hecho físico-histórico que sucedió o no, ni una verdad teórica abstracta , sino la afirmación contundente de la validez suprema de la Causa de Jesús, por la que es necesario vivir y luchar hasta dar la vida.

Creer en la resurrección de Jesús es creer que su palabra, su proyecto y su Causa, el Reino, expresan el valor fundamental de nuestra vida.

Y si nuestra fe reproduce realmente la fe de Jesús: su visión de la vida, su opción ante la historia, su actitud ante los pobres y ante los poderes, será tan conflictiva como lo fue en la predicación de los apóstoles o en la vida misma de Jesús.

En cambio, si la resurrección de Jesús la reducimos a un símbolo universal de vida postmortal, o a la simple afirmación de la vida sobre la muerte, o a un hecho físico-histórico que ocurrió hace veinte siglos, entonces esa resurrección queda vaciada del contenido que tuvo en Jesús y ya no dice nada a nadie, ni irrita a los poderes de este mundo, o incluso desmoviliza en el camino por la Causa de Jesús.

Lo importante no es creer en Jesús, sino creer como Jesús. No es tener fe en Jesús, sino tener la fe de Jesús: su actitud ante la historia, su opción por los pobres, su propuesta y su lucha decidida.

Creer lúcidamente en Jesús en esta América Latina, o en este Occidente llamado «cristiano», donde la noticia de su resurrección ya no irrita a tantos que invocan su nombre para justificar incluso las actitudes contrarias a las que tuvo él, implica volver a descubrir al Jesús histórico y el sentido de la fe en la resurrección.

Creyendo con esa fe de Jesús, las «cosas de arriba» y las de la tierra no son ya dos direcciones opuestas, ni siquiera distintas. Las «cosas de arriba» son la Tierra Nueva que está injertada ya aquí abajo. Hay que hacerla nacer en el doloroso parto de la Historia, sabiendo que nunca será fruto adecuado de nuestra planificación sino don gratuito de Aquel que viene. Buscar «las cosas de arriba» no es esperar pasivamente que suene la trompeta del juicio final, sino hacer realidad en nuestro mundo el Reinado del Resucitado y su Causa: Reino de Vida, de Justicia, de Amor y de Paz.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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Pascua también es conversión

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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Durante los cuarenta días de la Cuaresma, previos a la Pascua, la tónica del tiempo es la conversión. Se insiste siempre en ese aspecto esencial de la vida cristiana: hay que cambiar de vida, hay que hacer realidad la metanoia que nos exige el seguir a Jesús y la lucha por el Reino.

La conversión supone así, un esfuerzo conciente por ser como Jesús, por dejar atrás, de la forma más radical posible, al pecado; además de una práctica intensa de la caridad y la misericordia como hábitos de vida.

Estas prácticas, acompañadas por la oración y la penitencia, preparan y disponen al creyente al encuentro profundo, auténtico y personal con el Resucitado; encuentro que se extiende con la exuberancia de la cincuentena pascual.

¿Pero qué pasa durante la Pascua? ¿El cristiano ya no requiere conversión? ¿Ha llegado el Reino? ¿Vivimos en un falso triunfalismo?

Obviamente la respuesta es no. El creyente, mientras peregrine por este mundo, estará necesitado de la conversión. La conversión es permanente. Más aún, la conversión debe ser una actitud en el cristiano.

La falta de conversión como actitud creyente ha degenerado en una vida cristiana edulcorada y sin exigencias. Y eso se nota. El descenso de credibilidad de la Iglesia y su pérdida de prestigio no provienen de una persecución mal intencionada. Si así fuera, podríamos vanagloriarnos de ser perseguidos por la causa de Jesús. Pero no es así. La misma Iglesia Católica que ayer era valorada por su firmeza frente a las dictaduras y su servicio a las víctimas, en un breve tiempo se ha hecho muy poco creíble y hasta despierta animosidad en muchas personas.

Acusan a la Iglesia los abusos protagonizados por sacerdotes o religiosos. Pero también una impresión general de que se ha hecho lo posible por ocultarlos o por dilatar su sanción. Ha predominado una sensación de poca transparencia. Lo que es explicable aunque haya sido con la buena voluntad de no dañar a las personas ni el mismo anuncio de Jesús. Pero de hecho el secretismo ha aumentado el escándalo.

También cuenta en el menor aprecio por la Iglesia, un cansancio generalizado con su autoritarismo y centralismo. Hay razones que avalan la necesidad de cuidar su unidad y disciplina, pero nuestra cultura actual exige más flexibilidad, participación, escucha, libertad de opinión, y reacciona con fuerza ante lo que es impuesto desde arriba.

A veces la Iglesia ofrece públicamente su aporte a la sociedad en una forma que deja la impresión de pretender ser maestra de todos, como exigiendo sumisión de la sociedad entera sin dar argumentos para ello, acentuando así la impresión de ser “dogmática” en el peor sentido de la palabra.

Molesta la gran diferencia entre Jesús y la Iglesia cuando se considera el ejemplo de pobreza y humildad del primero y la riqueza y poder de la segunda. El Papa puede vivir con sencillez, pero si se muestra ante el mundo como un monarca con una corte de lujo, la gente hablará despectivamente del “oro del Vaticano”.

¿Cómo ver el futuro? Hay que entender que esta crisis es una gran oportunidad para tener en cuenta nuestras fallas y nos apliquemos a una conversión más profunda.

De la mano con el Espíritu, hay que repensar la Iglesia. Una Iglesia fervorosa, formada por personas libres, sin fetichismos, sin miedos, alegres, felices de estar tratando de seguir al Señor. Podemos pensarla muy fraterna, con verdadero respeto y cariño de unos por otros. Como una comunidad de iguales en que la autoridad muestra tangiblemente esta igualdad, en su tono, su vestimenta, su modo de proponer, escuchar y mandar. Una Iglesia preocupada de verdad por lo que le pasa al hombre realmente, por la vida de las familias, por el trabajo, la economía, la creación artística y la situación de los más pobres.

Que recuerde el carácter subversivo del Evangelio, que ensalza a Dios que derribó de sus tronos a los poderosos y engrandeció a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos despidió sin nada (Lc 1, 52-53).

Si no soñamos algo así, querrá decir que ha dejado de correr por nuestras venas la alegría de la Pascua de Jesús.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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La Pascua también es Justicia


Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles


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Don Ezequiel Castillo, sacerdote sabio y santo, explica en su libro “Tú eres el Cristo”, que la Causa del Reino que realiza Jesús, se va haciendo efectiva paulatinamente a través de las palabras y las acciones que hace durante su vida. Así, el Reino se hace vida cuando denuncia el pecado, las injusticias o los abusos. El Reino se hace vida cuando Jesús sana enfermos o cuando se comparten los alimentos. Estos rasgos anuncian que el Reino de Dios ya está en la tierra y en la historia, son pequeños signos, como la semilla de mostaza o la levadura en la masa (cfr. Mc. 4,30-32; Mt. 13, 33).

La práctica de Jesús lo conduce también a un irremediable conflicto con las autoridades de Israel y de Roma. Las denuncias valientes y las prácticas alternativas de vida que hace Jesús lo vuelven blanco de los ataques de las estructuras injustas de su tiempo que lo condenan a muerte. Y en este punto, Jesús asume la muerte como el paso necesario para que el Reino llegue de forma definitiva. De ahí las expresiones bíblicas “era necesario que el Mesías padeciera…” (cfr. Lc. 24, 26).

Los evangelios dan razón de esa conciencia que Jesús asume, donde la muerte es el paso necesario para que el Reino de Dios llegue definitivamente a la historia humana. Pero no será la muerte lo que haga que el reino llegue definitivamente, sino la Resurrección, es decir, la respuesta gratuita e insospechada del Abbá de Jesús, que lo desclava de la cruz y lo restituye con la resurrección.

Así, la Pascua de Jesús es la llegada definitiva del Reino de Dios en la historia humana. Es la irrupción de Dios en la vida de modo decisivo, irreversible y definitivo. El Reino ya está aquí. Las primitivas comunidades vivieron en esta dinámica del Reino anunciado por Jesús y buscaban realizarlo en su día a día. Por ello Pablo explica que el Reino de Dios es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo (cfr. Rm. 14, 17). Luego entonces, la práctica de la justicia, su realización, es signo de la presencia del Reino.

Ahora bien, la Iglesia se ha entendido a sí misma como signo del Reino. La Iglesia está llamada a ser la levadura en la masa, no la masa. Por ello, Alfred Loisy denunciaba, a fines del siglo XIX, que Jesús anunció el Reino y lo que apareció fue la Iglesia, ya que esta se volvió una institución caduca y lejana, muy lejana, del proyecto del Reino, dada su riqueza, su ostracismo y su incapacidad para responder al mundo moderno e Ilustrado.

Tras la reforma del Vaticano II en los años 60s, la Iglesia se miró a sí misma de nuevo como signo del Reino. Su papel es mostrar el rostro del Reino a la humanidad, sin que por ello agote las formas de realización del mismo Reino de Dios.

Para los cristianos, la solidaridad radical con el necesitado y la pobreza evangélica son señas de identidad. El privilegio, el poder y las riquezas patrimoniales son contrarios al evangelio. La fidelidad al mensaje de Jesús en este terreno impele a seguir reclamando la autofinanciación de la Iglesia, sin recurrir a privilegios.

Aquí incide de modo especial la figura de Jesús como Buen Pastor, tan querida en este tiempo de Pascua. El pastor bueno se preocupa de sus ovejas. Es su primer rasgo. No las abandona nunca. No las olvida. Vive pendiente de ellas. Está siempre atento a las más débiles o enfermas. Los relatos evangélicos describen a Jesús preocupado por los enfermos, los marginados, los pequeños, los más indefensos y olvidados, los más perdidos. No parece preocuparse de sí mismo. Siempre se le ve pensando en los demás. Le importan sobre todo los más desvalidos. El amor de Jesús a la gente no tiene límites. Ama a los demás más que a sí mismo. Ama a todos con amor de buen pastor que no huye ante el peligro sino que da su vida por salvar al rebaño.

Hoy se necesitan Buenos Pastores entre nosotros, que hagan presente la justicia, la solidaridad y la esperanza en nuestro mundo.

No + sangre.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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Una historia de fantasmas


Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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«¿Qué es un fantasma? un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez… un instante de dolor quizá. Algo muerto que parece por momentos vivo, un sentimiento suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa, como un insecto atrapado en ámbar. Un fantasma, eso soy yo…

Así hablaba Federico Luppi en aquella excelente película «El espinazo del diablo». El diccionario nos dice que fantasma, del griego phántasma, es una visión quimérica como la que ofrecen los sueños o la imaginación calenturienta; imagen de una persona muerta que se aparece a los vivos; espantajo o persona disfrazada que sale por la noche a espantar a la gente.

Cuenta Lucas en el evangelio (24, 36-38) que cuando se presenta Jesús en medio de los discípulos en la noche del día de la resurrección, y a pesar de que estaban hablando de Él, se asustan y hasta llegan a sentir miedo. Los eventos de la Pasión no han podido ser asimilados suficientemente por los seguidores de Jesús. Todavía no logran establecer la relación entre el Jesús con quien ellos convivieron y el Jesús resucitado, y no logran tampoco abrir su conciencia a la misión que les espera. Digamos entonces que hablar de Jesús, implica algo más que el simple recuerdo del personaje histórico, Jesús no es un tema para una charla intranscendente.

Este dato sobre la confusión y la turbación de los discípulos no es del todo fortuito. Los discípulos creen que se trata de un fantasma; su reacción externa es tal que el mismo Jesús se asombra y corrige: «¿por qué se turban… por qué suben esos pensamientos a sus corazones?»…

La experiencia pascual de los Apóstoles narrada por el Evangelio nos muestra cómo les costó trabajo modificar sus esquemas culturales y psicológicos. Las expectativas mesiánicas de los Apóstoles reducidas sólo al ámbito nacional, militar y político, siempre con característica triunfalistas, tuvieron que desaparecer de la mentalidad del grupo porque no eran compatibles con la realidad de la Pascua. Y siguen siendo incompatibles hoy. No fue fácil para estos rudos hombres rehacer sus esquemas mentales, sospechar de la validez aparentemente incuestionable de todo el legado de esperanzas e ilusiones de su pueblo. No quedaba otro camino. El evento de la resurrección es antes que nada el evento de la renovación, comenzando por las convicciones personales.

Aclarar la imagen de Jesús es una exigencia para el discípulo de todos los tiempos, para la misma Iglesia y para cada uno de nosotros hoy. Ciertamente en nuestro contexto actual hay tantas y tan diversas imágenes de Jesús, que no deja de estar siempre latente el riesgo de confundirlo con un fantasma. Los discípulos que nos describe Lucas sólo tenían en su mente la imagen del Jesús con quien hasta un poco antes habían compartido, es verdad que tenían diversas expectativas sobre él y por eso él los tiene que seguir instruyendo; pero no tantas ni tan completamente confusas como las que la sociedad de consumo religioso de hoy nos está presentando cada vez con mayor intensidad.

Es un hecho, entonces, que aún después de resucitado, Jesús tiene que continuar con sus discípulos su proceso pedagógico y formativo. Ahora el Maestro tiene que instruir a sus discípulos sobre el impacto o el efecto que sobre ellos también ejerce la Resurrección. El evento de la Resurrección no afecta sólo a Jesús. Poco a poco los discípulos tendrán que asumir que a ellos les toca ser testigos de esta obra del Padre, pero a partir de la transformación de su propia existencia.

Las instrucciones de Jesús basadas en la Escritura infunden confianza en el grupo; no se trata de un invento o de una interpretación caprichosa. Se trata de confirmar el cumplimiento de las promesas de Dios, pero al estilo de Dios, no al estilo de los humanos.

Y es que el evento de la resurrección no afecta sólo al Resucitado, afecta también al discípulo en la medida en que éste se deja transformar para ponerse en el camino de la misión. Nuestras comunidades cristianas están convencidas de la resurrección, sin embargo, nuestras actitudes prácticas todavía no logran ser permeadas por ese acontecimiento. Nuestras mismas celebraciones tienen como eje y centro este misterio, pero tal vez nos falta que en ellas sea renovado y actualizado efectivamente.

Corremos el riesgo de estar pensando en Jesús como un fantasma, como una aparición irreal, una presencia aterradora que puedo conjurar para que su influencia se termine y desaparezca. El pensar que Jesús es un fantasma deshace por completo cualquier posibilidad subversiva de su mensaje o de su Causa, el Reino. Si Jesús es un fantasma, entonces es irreal. Todo su proyecto de vida es un sueño roto. Si Jesús es un fantasma, es algo terrible, algo que no es bueno traer a la memoria y que nunca volverá a la vida. Si Jesús es un fantasma es imposible el seguimiento. Y si es imposible el seguimiento, cambiar la realidad, cambiar el mundo, es imposible, es una idea calenturienta.

Hacer de Jesús un fantasma es resignarnos a que la injusticia, el dolor, la muerte y la violencia es lo único real y posible en nuestro mundo. Pero Jesús no es un fantasma, yo creo que está vivo.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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¿Y si la tumba no hubiera estado vacía?


Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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Uno de los símbolos principales de la resurrección de Jesús es la tumba vacía. Los relatos evangélicos insisten siempre en ello. Las mujeres y los apóstoles visitan el sepulcro de Jesús para ungirlo y lo encuentran vacío… Jesús no está ahí. Los ángeles preguntan: ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, miren el sitio donde lo pusieron…

Los relatos del evangelio, haciendo eco de la cultura judía en que nacen y a la que pertenecen sus autores, muestran cómo, la no presencia del cadáver de Jesús, y al mismo tiempo la presencia de los lienzos mortuorios en los que fue envuelto, son el signo de que algo sorprendente ha pasado ahí: Ha resucitado. El evangelio de Mateo señala cómo, para el año 70 por lo menos, ya se conocía una “leyenda urbana” de que el cadáver de Jesús había sido robado y por ello no había sido hallado en la tumba.

Este detalle del evangelio nos lleva a pensar seriamente sobre este punto, que es uno de los puntos álgidos de la reflexión teológica y de su comprensión actual: ¿la reanimación del cadáver de Jesús es necesaria para hablar de la resurrección? ¿y si la tumba no hubiera estado vacía? ¿si el cadáver permaneciera en la tumba sería que Jesús no resucitó?

De entrada hay que afirmar rotundamente que no. La Tradición viva del cristianismo ha nacido y ha sostenido por más de dos mil años que Jesús resucitó y está vivo. Es en el cómo ha sucedido esto donde las interpretaciones teológicas se separan.

Edward Schillebeeckx explica que, teológicamente hablando, el cadáver resulta indiferente para hablar de la resurrección. Si el acontecimiento de la resurrección estuviese condicionado a la reanimación del cadáver estaríamos obligando a Dios a intervenir, como un agente ordinario más, en la cotidianeidad del mundo.

La resurrección de Jesús es un hecho total y completamente sin precedente en la historia. Nadie fue testigo de cómo ocurrió. La resurrección era esperada por Jesús, sí, pero no sabía cómo acontecería esto en su persona. La resurrección se revela como la acción salvífica del Abbá de Jesús que responde a su entrega y que no ha quedado indiferente ante la violenta muerte de Jesús.

La resurrección mete en nuestra historia, de forma definitiva, al Reino de Dios y su dinámica de vida. Andrés Torres Queiruga dice que a partir de los textos bíblicos es imposible decidir si la tumba estaba vacía o no, ya que hay razones serias para afirmar o negar el dato, históricamente hablando.

Lo que importa ahora es entender que la resurrección revela la actitud de Dios, del Dios de Jesús –y el nuestro por la fe y el seguimiento- que no es indiferente al horror del dolor y el sufrimiento. El mal es inevitable en nuestra experiencia humana, pero no es la última palabra sobre nosotros. Jesús lo aprendió en la cruz, y su vivencia de Dios y su fidelidad a la misión lo llevaron a confiar y esperar que Dios jamás lo abandonaría. Por ello la resurrección es contemplada y esperada –no solo por Jesús, sino también por nosotros- como el momento en el que Dios revocará el sufrimiento y el dolor de las víctimas de este mundo.

Esto implica una consecuencia para nosotros: la resurrección se gesta en una vida de amor, de fidelidad y de entrega a Dios y a su Reino. Ahora bien, considerar la muerte y la resurrección desde esta óptica es tomar en serio que la muerte solo es una interrupción, y en virtud de la solidaridad que genera la “comunión de los santos”, corresponde a los vivos continuar las obras emprendidas y no terminadas de nuestros difuntos y la reparación de los daños de las obras negativas de ellos, las deudas no pagadas, la justicia pendiente…

Si la tumba de Jesús estaba vacía o no resulta indiferente desde esta perspectiva. Lo importante es que, la experiencia creyente no solo nos lleve a afirmar que Jesús está vivo y que lo atestigua esa peculiar intuición del corazón, sino a actuar, en la vida diaria, con todas las consecuencias que de ello se extraen para nuestra práctica del seguimiento, de la justicia y la entrega diaria del amor.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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HUEVOS DE PASCUA 2012


Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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La alegría pascual que grita ¡alégrense! y que invita a los creyentes a resucitar a una vida nueva tiene en algunos países una tradición, de origen europeo, de regalar huevos de chocolate o de dulce, pues el huevo simboliza, en este contexto, la nueva vida que nace de la resurrección.

Ahora bien, el segundo domingo de abril trajo sendos huevos de pascua, pero ¿qué se quiere resucitar con ellos?

PRIMER HUEVO

El arranque de las campañas políticas deja mucho qué desear. Independientemente de las preferencias políticas y partidistas, la tónica de estas campañas pareciera que intenta poner todos los reflectores sobre los candidatos a la presidencia y que desatendamos a las campañas para diputados y senadores.

Las listas de candidatos a diputados y senadores están plagadas de legisladores chapulines, funcionarios públicos y personajes que tienen años y años viviendo del erario público. Estos personajes –hombres y mujeres- son los que, a la hora buena, detienen o aprueban a discreción las leyes, iniciativas y reformas que el país necesita, pero que pueden afectarlos a ellos directamente o a sus partidos. Y luego el titular del Ejecutivo puede apelar a su favor que el congreso no lo dejó trabajar.

Y el único perjudicado es nuestro país.

Parece oportuno entonces leer el texto del evangelio de Lucas (22, 24-25) que dice: “Entre ellos hubo también un altercado sobre quién de ellos parecía ser el mayor. Él les dijo: «Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar bienhechores…”

SEGUNDO HUEVO

La visita del papa Benedicto XVI a México ha querido mostrarse, por parte de los obispos mexicanos, como el signo de la iglesia viva que camina en México. Sin embargo, el mismo papa puso el dedo en la llaga: ¿cómo es posible que México, el segundo país con mayor número de católicos en el mundo, sea al mismo tiempo un país con tantos muertos por la violencia, con corrupción galopante en su vida institucional y un enorme cansancio en la fe, como lo llamo el mismo Papa.

Quizá la inercia del oropel de otras visitas papales a México dejó en el ánimo de muchos ese sabor agridulce de la última visita del sucesor de Pedro. Los medios de comunicación extrañaban el efecto mediático de Juan Pablo II, al grado que hablaban más de él que de Benedicto XVI. Pero como señaló el mismo Papa Ratzinger al comienzo de su pontificado: es necesario que se hable más de Cristo que del Papa.

Definitivamente la jerarquía católica mexicana necesita un enorme acto de humildad y de reconocimiento de sus omisiones.

Habrá que releer el evangelio de Lucas (13, 25-27): «Cuando el dueño de la casa se levante y cierre la puerta, se pondrán los que estén afuera a llamar a la puerta, diciendo: ¡Señor, Señor, ábrenos!… Hemos comido y bebido contigo… Y les volverá a decir: ¡No sé de dónde son, retírense de mí!».

TERCER HUEVO

No + sangre.

Alto a la guerra absurda.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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La Pascua: recuerdos peligrosos


Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

La pascua es el acontecimiento central de la vida cristiana. No es sólo el elemento doctrinal fundamental, sino que, por decirlo de manera sintética, lo auténticamente cristiano siempre es pascual. La pascua hace referencia, en primer lugar, al acto fundante del judaísmo: la salida de Egipto. El contexto de este acto fundante es el de la cena pascual, memorial de liberación de la esclavitud y del inicio de vida nueva.

El acto fundante cristiano se instala en el memorial de la pascua judía, ya que Jesús de Nazaret entrega su vida, muere y resucita en el contexto judío de la celebración de la pascua en Jerusalén. La pascua cristiana implica ahora una novedad, no sólo es memorial de liberación de la esclavitud de Israel en Egipto, es ahora el memorial del paso de muerte a vida que acontece en Jesús, y por Jesús a toda la humanidad.

Pero la pascua y la resurrección van más allá de una sola, y además equivocada, consideración cronológica de la resurrección como paso de muerte a la vida, como el despertar sigue al dormir. La resurrección implica, principalmente una acción que hace Dios en total y entera gratuidad, y por ende, imprevisible. Y esto vuelve a la pascua cristiana, en cuanto memorial de la resurrección de Jesús, en una memoria peligrosa, citando a J. B. Metz.

Es una memoria peligrosa en primer lugar porque Jesús muere tras un juicio sumario que lo condenó por atacar las instituciones políticas y religiosas de Israel, por no someterse al poder de Roma, por hablar de un Reino para los pobres, para los marginados, para las víctimas de la exclusión y la violencia, por hablar de un Dios que está de parte del que menos tiene y puede y que jamás justificará el orgullo del poderoso incapaz de generar lazos de fraternidad o de aquellos que, en su nombre, marginan a otros.

Es una memoria peligrosa, en segundo lugar porque los apóstoles anunciaron una resurrección muy concreta: la de aquel hombre llamado Jesús, a quien las autoridades civiles y religiosas habían rechazado, excomulgado y condenado. Cuando Jesús fue atacado por las autoridades, se encontró solo. Sus discípulos lo abandonaron, y Dios mismo guardó silencio, como si estuviera de acuerdo. Todo pareció concluir con su crucifixión. Todos se dispersaron y quisieron olvidar.

Pero ahí ocurrió algo. Una experiencia nueva y poderosa se les impuso: sintieron que estaba vivo. Les invadió una certeza extraña: que Dios sacaba la cara por Jesús, y se empeñaba en reivindicar su nombre y su honra. Jesús está vivo, no pudieron hundirlo en la muerte. Dios lo ha resucitado, lo ha sentado a su derecha misma, confirmando la veracidad y el valor de su vida, de su palabra, de su Causa. Jesús tenía razón, y no la tenían los que lo expulsaron de este mundo y despreciaron su Causa. Dios está de parte de Jesús, Dios respalda la Causa del Crucificado. El Crucificado ha resucitado, vive

Y esto era lo que verdaderamente irritó a las autoridades judías: Jesús les irritó estando vivo, y les irritó igualmente estando resucitado. También a ellas, lo que les irritaba no era el hecho físico mismo de una resurrección, que un ser humano muera o resucite; lo que no podían tolerar era pensar que la Causa de Jesús, su proyecto, su utopía, que tan peligrosa habían considerado en vida de Jesús y que ya creían enterrada, volviera a ponerse en pie, resucitara. Y no podían aceptar que Dios estuviera sacando la cara por aquel crucificado condenado y excomulgado. Ellos creían en otro Dios.

La resurrección es una memoria peligrosa porque es el grito de Dios que aprueba, respalda y señala que es en la persona de Jesús y en su práctica de amor y justicia, en su opción por los pobres y los marginados, donde está el sentido y el estilo de vida de cualquiera que se llame cristiano, sea de la denominación que sea.

La resurrección es una memoria peligrosa porque es la acción definitiva de Dios que desclava al Crucificado, y ahora nos dice a nosotros que es en nuestras decisiones, en nuestras acciones políticas, y en nuestras actitudes cotidianas donde tenemos que bajar de sus cruces a los crucificados de la historia.

Los discípulos, que redescubrieron en Jesús el rostro de Dios comprendieron que la muerte no tenía ningún poder sobre Él. Estaba vivo. Había resucitado. Y no podían sino confesarlo y seguirlo, continuando su Causa, obedeciendo a Dios antes que a los hombres, aunque costase la muerte.

Creer en la resurrección de Jesús es creer que su palabra, su proyecto y su Causa expresan el valor fundamental de nuestra vida. Y si nuestra fe reproduce realmente la fe de Jesús, su visión de la vida, su opción ante la historia, su actitud ante los pobres y ante los poderes, será tan conflictiva como lo fue en la predicación de los apóstoles o en la vida misma de Jesús.

Lo importante no es creer en Jesús, sino creer como Jesús. No es tener fe en Jesús, sino tener la fe de Jesús: su actitud ante la historia, su opción por los pobres, su propuesta, su lucha decidida, su Causa. Creyendo con esa fe de Jesús, las cosas de arriba y las de la tierra no son dos direcciones opuestas ni distintas. El cielo es la Tierra Nueva que está injertada ya aquí abajo. Hay que hacerla nacer en el doloroso parto de la historia, sabiendo que nunca será fruto adecuado de nuestra planificación sino don gratuito de Aquel que viene. Buscar el cielo no es esperar pasivamente que suene la hora final, sino hacer realidad en nuestro mundo el Reinado del Resucitado y su Causa: Reino de vida, de justicia, de amor y de paz.

No + sangre.

Alto a la guerra absurda.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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INTOLERANCIA


Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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Estamos a ya en el inicio de la Semana Santa. Un periodo de tiempo que valoramos más por las vacaciones que por el significado profundo que tienen para el occidente cristiano.

Junto con la llegada de la Semana Santa, llega el periodo de campañas electorales con miras a la obtención de la Presidencia de la República y a la renovación de buena parte del Congreso Federal.

Normalmente ambos temas no guardan relación alguna entre sí. Pero en esta ocasión, me ha llamado significativamente la atención la creciente intolerancia que el ambiente político-electoral está generando. He ahí, en mi opinión, la clave de la relación entre ambos temas.

La celebración de la Semana Santa se centra en lo que se conoce técnicamente como Triduo Pascual. Este Triduo implica la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Es el culmen celebrativo de la fe cristiana, lo que le da sentido a todo el universo cristiano.

De esta forma, la Semana Santa vuelve sus ojos a la muerte de Jesús y, más aún, a la causa de la muerte de Jesús. A Jesús lo condenaron y mataron por haber volcado su vida a la Causa del Reino de Dios, esto es, al anuncio de la Buena Noticia que implica la llegada de la justicia, de la caridad y del amor como el nuevo horizonte para la vida del ser humano y de sus relaciones.

El Reino de Dios exige una dinámica nueva en la forma de cómo nos relacionamos entre nosotros y, particularmente, de cómo nos organizamos. Y en esa nueva forma de organización humana se requiere de una política y una economía inspiradas por la justicia, la solidaridad, la equidad y la ayuda mutua. Suena muy bonito, pero hacerlo vida implica “pisar muchísimos callos”.

A Jesús le pasó. Los potentados y los dueños del dinero no estaban dispuestos a ceder sus prebendas. Los jefes de las naciones difícilmente se asumen como servidores del pueblo, decía el mismo Jesús. Y eso le costó la vida. Dice J. A. Pagola que:

“Ni el poder de Roma ni las autoridades del Templo pudieron soportar la novedad de Jesús. Su manera de entender y de vivir a Dios era peligrosa. No defendía el imperio de Tiberio, llamaba a todos a buscar el reino de Dios y su justicia. No le importaba romper la ley del sábado ni las tradiciones religiosas, solo le preocupaba aliviar el sufrimiento de las gentes enfermas y desnutridas de Galilea. No se lo perdonaron. Se identificaba demasiado con las víctimas inocentes del imperio y con los olvidados por la religión del templo. Ejecutado sin piedad en una cruz, en él se nos revela ahora Dios, identificado para siempre con todas las víctimas inocentes de la historia. Al grito de todos ellos se une ahora el grito de dolor del mismo Dios. En ese rostro desfigurado del Crucificado se nos revela un Dios sorprendente, que rompe nuestras imágenes convencionales de Dios y pone en cuestión toda práctica religiosa que pretenda dar culto a Dios olvidando el drama de un mundo donde se sigue crucificando a los más débiles e indefensos”.

A Jesús lo asesina la intolerancia de los jefes de su tiempo. Y la intolerancia de todos aquellos que no quisieron abrir su corazón al Reino de Dios.

Ahora bien, el ambiente político en México, caldeado de por sí, está generando un sentimiento de intolerancia en muchas personas que, guiadas por la visceralidad de los fanatismos partidistas, están confrontando a unos con otros. Los militantes y simpatizantes de partidos y candidatos se acusan unos a otros y se insultan, se ofenden, se tildan de ladrones y de ignorantes… y como en la fábula de los ratones, el gato se relame tranquilo, esperando a que los ratones se destruyan entre sí para solamente recoger el botín.

Creo conveniente advertir del ambiente de intolerancia que empieza a crecer, y que con campañas en puerta, parece que subirá como espuma. ¿Quién va a ganar con la ruptura de la sociedad mexicana? ¿Cómo construir una ciudadanía con hombres y mujeres intolerantes e incapaces de dialogar? ¿Podemos exigir tolerancia y diálogo a nuestros gobernantes si entre nosotros mismos somos incapaces de ello?

Ojalá que me equivoque. Al tiempo.

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Fin del Mundo


Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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Este año tiene como moda el tema del fin del mundo. Las mal llamadas “profecías mayas” para diciembre del 2012 han puesto en la palestra las discusiones sobre el colapso mundial, el fin del mundo y el apocalipsis.

Y precisamente, este último, el apocalipsis, es un tema cristiano, no maya. Pero el apocalipsis y sus lecturas, sobre todo de tinte “hollywoodesco” son más que conocidos. El apocalipsis implica una noción completamente diferente de lo que se conoce como “Fin del Mundo”.

En primer lugar, hay que considerar la noción de “mundo” en la obra joánica. En Juan, “mundo” remite a una cosmovisión radicalmente opuesta al Reino de Dios y al proyecto de Cristo (Jn. 1, 10). “Mundo” no designa al globo, ni al planeta, ni a la humanidad, ni nada de eso. “Mundo” implica la organización social, económica, religiosa, etc., con una jerarquía de valores estructurada a partir del poder y de la violencia (1Jn. 5, 19). Esto se coloca como una radical oposición al proyecto del Reino que está fundamentado en el amor y en la entrega fraterna de la vida.

Así entonces, la llegada del Reino –justicia, paz, fraternidad, solidaridad, vida- exige el fin del mundo, es decir, el fin de la estructura opuesta a la dinámica del reinado de Dios (Rm. 14, 17).

Esto lo damos por hecho, todos anhelamos la llegada de ese día en que reine el amor y la fraternidad. Pero pocas veces caemos en la cuenta de qué es lo tiene que ocurrir para que llegue este momento. El evangelio suele ser muy explícito. En este contexto habrá que leer los textos que hablan de la destrucción de Jerusalén o del anuncio de guerras y de desastres. Pero no solamente hay que leer estos textos, hay que leer los otros textos que hablan de la llegada del Reino.

No podemos perder de vista que al evangelio le interesa anunciar el Reino y no el fin del mundo. Por eso los textos claves son los que hablan del Reino. La llegada del Reino implica una manera diferente de relación: anunciar a los pobres la buena noticia, la liberación a los cautivos y  la libertad de los oprimidos (Lc. 4, 18); supone la inversión de los valores del “mundo”: derribó a los potentados y exaltó a los humildes; despidió vacíos a los ricos y a los hambrientos los colmó de bienes (Lc. 1, 52-53); el Reino llega violentamente, pues a los cambios que trae se les opone el odio y el pecado y eso genera violencia (Lc. 16, 16).

Por eso Jesús exige la negación de sí mismo (Mc. 8, 34-37), no en el sentido del pesimismo existencial, sino en el de los valores del Reino, donde lo capital es la construcción de la justicia y la civilización del amor. Por eso es peligroso acumular bienes y riqueza (Mc. 10, 23-27) y no será raro que entre hermanos haya disputas y conflictos (Mc. 13, 12-13).

No hay que equivocarse. Efectivamente antes de la llegada del Reino vendrá el fin del “mundo” y esto no será pacíficamente. Por eso Jesús invita a vigilar, a orar y a sondear los signos de los tiempos (Mt. 24, 36-44).

Es por eso que resulta pertinente que nos preguntemos: La espiral de violencia a la que asistimos hoy día en nuestras calles de la ciudad, en el país, en nuestro continente y en tantas regiones de nuestro mundo ¿qué la está provocando? ¿Está suscitada por la búsqueda de la justicia? ¿Está provocada por la misma violencia homicida y revanchista?

Y lo que es más importante: ¿qué estoy haciendo yo por hacer presente el Reino de Dios?

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

No + sangre.

Alto a la guerra absurda.

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