Y lloré frente al televisor

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

Chava Reyes

Hace mucho que no lloraba, recuerdo una película “Cielo de Octubre”  en donde un sujeto pueblerino hace realidad su sueño, o cómo olvidar ese llanto que salió de lo más profundo de mi inconsciente  cuando vi en el cine, allá en León Guanajuato la cinta “Lágrimas de Sol”, cuando el protagonista experimenta la metanoia, decide salvar a los que dejaba desahuciados.

Lo que quiero comentar en esta entrega es lo siguiente:  salgo de mi casa a comprar la barbacoa del domingo y el periódico, me gusta comprar La Prensa los fines de semana, y el Zócalo entre semana, decidí empezar por la sección deportiva, creyendo que el sábado habría juego de fut bol americano, quería ver los resultados, pero lo que vi fue una fotografía de un señor, canoso, abuelito, de 71 años, era el legendario “Salvador Reyes”, hasta el momento desconozco sus logros, pero al leer la nota me llené de una alegría y me quedé convencido de la nobleza aun existente en la humanidad, este señor entró al campo de juego solo por 14 segundos, tocó el balón, “ante la complicidad caballerosa del argentino Esteban Solari” y salió entre ovaciones. Un muy buen momento me hizo pasar esa agradable nota, intentando hacer un soliloquio alcancé a concluir: “me hubiera gustado ver esa escena”.

Dejé el periódico en su lugar y me pongo a jugar con Carlitos, prendo la tele y él se pone a tocar su batería que acertadamente le trajo “Cococlos” , duro y dale, pla, plas, plas, la tele sintoniza un programa deportivo, en donde unos comentaristas analizan las proezas de los humanos casi dioses,  de pronto abrazo a Carlitos y le digo “Mira, va a salir “Tito”” y Carlos deja de tocar la batería, mi esposa en la mecedora jugando con Arturito y en ese preciso momento salta a la cancha Salvador Reyes, lo veo, lo vi, me estremecí, allí está portando la casaca del rebaño sagrado, toda una leyenda, toca el balón, no se si dos o tres veces, la emoción me ganó y lloré como no lo había hecho ya hace tiempo, ver que se le reconoce a un ser humano su esfuerzo, la gratitud, y la “caballerosidad cómplice” del rival para que una leyenda disfrutara una vez más de lo que tanto llenó su vida de pasión y sentido.

Y lloré frente al televisor…

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