El hombre que fue Dios

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

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imagen de artbible.info

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“De poco sirve defender doctrinas sublimes sobre Él si no caminamos tras sus pasos”

José Antonio Pagola

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No es que Jesús haya sido realmente Dios. Jesús, con sus actos, con su vida, con sus hechos, se hizo Dios.

Jesús hizo realidad el amor encarnado, el amor en la tierra, y eso precisamente es Dios. Algo similar sucede cuando los papás hacen realidad a “Santa Claus”; los niños creen en su existencia pero tiene que haber alguien que haga realidad el acto. Con Dios pasa lo mismo, el ser humano cree en Él pero es necesario que otros humanos hagan realidad en concreto lo que se cree en abstracto. La oración tendría que cambiar, no se trata de pedir a Dios, se trata de colaborar con Él. (A Dios orando y con el mazo dando).

Existe gente que por cuestiones de inseguridad manifiesta su intolerancia; personas que no son capaces de escuchar otro discurso en torno a Dios. No toleran y reaccionan con enojo cuando se les comunica la hipótesis de que Jesús de Nazaret era un loco, que no era Dios, que murió por revoltoso y otras interpretaciones más. Precisamente algún sector de dicha población (gente creyente) reacciona de una manera desmedida porque toca fibras sensibles, fibras superpuestas que no tienen un fundamento, un sustento, son endebles y ante el temor de la destrucción, no les queda otro remedio que reaccionar de manera violenta; no vaya a ser que el mito se destruya.

Con el transcurso del tiempo se ha perdido la esencia de la propuesta del Nazareno: Jesús es un manual de vida y no tanto un sujeto digno de adoración. La vida de Jesús es un “imperativo categórico” de cómo el ser humano debe de proceder en su vida, amando, viviendo con Justicia, optando por una vida digna y plena, sublimando, creando cultura y civilización.

Es muy frecuente distraerse con el mensajero para desatender el mensaje. Es más fácil ir a rezar, hincarse, ir a misa, comulgar, dar la paz en abstracto que comprometerse a una vida como la que llevó Jesús. Resulta más fácil adorar a Cristo que poner en práctica lo que él practicó hace ya más de dos mil años.

Me gusta pensar en ese “amén” que dicen los que creen cuando terminan alguna oración o una frase mística. Me gusta pensarlo y cambiar el acento de lugar, que en lugar de que ese “amén” fuera palabra aguda, fuera palabra grave: “amen”. Esa fue la enseñanza del Nazareno, sólo que fue más fácil cambiar el “amen” por el “amén”; cambiar el compromiso de amar por el ritual “amén” que sepultó la idea original.

 

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