El antónimo de Dios

Escribe:  Paco Robledo

.

imagen de tecnoculto.com

imagen de tecnoculto.com

.

Iguala sigue igual. Como nosotros y como nadie. Y todos se han dado y no cuenta. O qué, ¿alguien sabe para dónde vamos? Digo no para que haga la tarea. Es nomás pa’ que señale un rumbo, que yo, no veo que avance. Será que todos van adelante, y yo los voy viendo, arre que corren, tropezando como si los hubieran dejado libres en el monte de noche. Enserio que si camino, pero esto no avanza, no avanza más que la edad, hay para detener la vejes de la carne, pero no la de la muerte. Y que mejor. Sería agotador no morir. Y no es que me agote todo, como al clásico pesimista apadrinado por la beca. Enserio que no, justo ahora y después, estaré de pie, caminando hacia adelante y en zigzag, y de reversa, esperando que me tope en la frente lo que venga.  De hecho y de milagro, no he parado de trabajar y por alguna extraña razón, sonrió, y me encanta la música, no cabe duda de que sin ella, esto sería MÁS huraño. Aunque sé que a lo que más que se llega en está vida, es a enranciarse. De ahí, lo otro, el pozo, la desaparición total.

Antes de seguir hablando, quiero decir que la trascendencia está mal empleada, los muertos siempre dejan eso entre sus calcetines sucios. Hay una vasta cantidad de personas que trascendieron sus hechos, no sus almas. Ahora la trascendencia es el principal difusor en la obra de alguien. La idea de los arquetipos, refugiados en las ideas de otros, en lo que admiramos poder ser. Hemos intentado ser auténticos, pero los resultados son egocentristas. Aspiramos a la industria y la llevamos a cabo con ritualidad, con manojo de instrucciones y dos granos de sal.

Yo hablo del romance del cuerpo con la lentitud, el achaque y el síndrome de la infantilidad. A pie en el bastón de andar somnoliento, o a las anchas en silla de ruedas. En ese tiempo que es de regresión constante. Estoy resignado, estoy recargado en el marco de la venta. Conformado conforme la luz del día se hace negra nocturna. Acepto que entregamos nuestras habilidades para volver de donde vinimos, si es que venimos de otra parte, y si es que hubo habilidades en el cuerpo. Junto a ese marco, que de esos no faltan por ahí, se observa a las el movimiento de las sociedades que han tocado, y se ve la repercusión de las siguientes. Y no hay qué avance. Pero si mucha mezcla. Sometidos estamos a la reproducción sin medida, a contarles a nuestros hijos que en “nuestros” tiempos hacíamos otras cosas.

Este mundo pare cada vez más habitantes como de otro mundo. Está la habilidad de dar vida; que muere y que no muere. La vida que muere es la del alma, la de la psique. La vida que no muere es la del material, la que se calcula con el peso en la mano; entre más volumen y peso, mayor el precio; lo grande cuesta más, lo que cuesta más, es lo mejor, según los humanos. Somos humanitos jugando al Sísifo de la industria, subiendo (“cielo”) y bajando (“infierno”), naciendo y muriendo. En eso no falla el hombre, que nace sin pedirlo y muere sin quererlo. Viviendo del tiempo que enseña los modales. Somos de carne y hueso, como los animales del rastro. Ellos llevan el privilegio de ser animales, y nosotros, los homo sapiens, terminamos títeres con la tanta tv y todas las modernidades mata neuronas, o como más bestialmente se le llamaría, instintos.   La vida y la muerte van unidas, bailan de cachete el vals del ruido urbano. La viva y la muerta de la mano, cogiendo, pariendo vivos y muertos. Eso como línea apenas perceptible que divide arriba de abajo, entre el ser y la independencia. Esa como línea donde el cielo se recuesta a besar el filo pedregoso de los enormes cerros; tumores negros que nacen de la tierra, lucen como una lápida tiznada que día a día vigila el caserío, como si estas fueran las tumbas que no hay que saquear.

Con el transcurrir de las horas en la ventana, los cerros negros se extienden por el aire, como flor cerrando su florecer.  Somos parte de la mutación que nada lo evita. Bienvenidos al pensamiento universal.

Los pocos milagros que existen, de los cuales la humanidad se siente orgullosa y yo les reconozco, son: la capacidad de dar y quitar vida. De crear Dioses resistentes, el dinero y el materialismo. Eso ni Dios-cruz se ha comprobado que lo evite, ¿cuantos años rezando a oídos sordos? Y aun así, el hombre no ha cargado el triunfo de la guerra contra los Dioses, mientras siga habiendo gente que se comporte como tal para defender su revolución hedonista. Los mexicanos se convirtieron en verdugos de ellos mismos. Explicar el caso sería escurrir demasiada sangre por aquí.

Me apego a lo biológico que a lo espiritual. Lo segundo lo adjudico a la modernidad, al arte y a toda la contaminación occidental de inicios de siglo. Lo primero fue un accidente inalterable, un tropiezo entre gases y la combustión propició la explosión que invadió de parásitos el planeta. A esos parásitos también les llaman vividores, inútiles, pero no solamente al vividor económico-existencial y al imbécil por naturaleza, sino a la bacteria que necesita de un cuerpo para terminar de desarrollar el suyo. Convirtiendo el cuerpo primero en un médium, un aparato zombi que deja de cumplir sus funciones porque ahora un parasito tal, deposito dentro el huevecillo que capitanea su carnaval: la nave de la carne según su sentido original proveniente de las primeras civilizaciones. Donde ya practicaban dichos eventos paganos.

Vamos, vamos y vamos y no veo nada. No veo rumbo. Voy con mi familia de la mano, por el baldío de Saltillense y, en la otra mano, el azadón que le dé a esto un toque camino cuento de hadas. Pero a veces veo lo de siempre: Nada. Como si ese algo estuviera escondido entre los nopales y las ramas. No veo, no hay nadie adelante de mí. No veo nada y no sé a dónde voy a parar. Me da la sensación de que el 2014 como 1914 están entregados al dadaísmo y sus ramos. Es un caso grave que la época se modifique conforme las madres paren de a tres y a cuatro obreritos. Esto es una pena de sociedad, un fracaso inmediato de que no deseamos cambiar, sino acumular lo que vaya saliendo, excepto la censura, todo aquello que afecte las buenas costumbres y la alta moral, cosa referente a la frigidez y la pederastia, el sadismo a cargo de un encargado de pueblo, la falocracia del machismo y la bestialidad de los asexuados, los queers y todos aquellos que alteramos el ya ecosistema dogmático a través del Facebook. Andamos donde las culturas se dividieron.

 ¿Y por qué no mezclarnos, porque no hacer una sociedad multicultural y multipotencial? no una fantasía o una ciencia ficción. No hablo de juegos con el lenguaje, sino de antropología urbana. Hablo de que ya no exista diferencia alguna, repudio alguno por las variaciones en los demás. Al cabo, es un mundo de similares, con las mismas capacidades e incapacidades. Yo, que voy siendo una generación reciente, me miro en la historia que se encapsuló como polvo viejo en los voluminosos libros, y mucho de mis antepasados asquea. No comprendo cómo es que los siglos no han acabado con el cristianismo, la monarquía, el capital, los farmacéuticos, la policía, el presidente y un largo etc… Ya sé que van a salir algunos portando el traje de héroe, levantando la voz para defender su ideología, su espiritualidad, su ser experimentador, compareciente y bondadoso. Qué es lo que esas porras teóricas nos gritan. Que todo quede de igual manera como ahora lo está, porque así es como esto va a funcionar, funcionó, funciona, funcionaba, funcionará. Nadie quiere acceder la razón. Nadie quiere abandonar lo poco que se ha cosechado. Nos quedamos afianzados a la historia, a la historia de los demás, a la de nuestros arquetipos, de quienes retomamos las capacidades para volvernos una extensión de eso, sin ello, también quedaríamos vacíos.

En verdad nada nos pertenece, somos simples contemplantes de un obligatorio fenecer. Ya sé que nadie nos obligó a venir, como nadie nos obliga a quedarnos. Empezamos como el típico animalito que aprende lo que el otro le enseña, autómatas que no aprenden nada nuevo, nada más allá que las nuevas culturas afianzadas a la viejas escuelas, enrolladas y sazonando todo con todo, las modas con las varias formas de pensamiento, la ideóloga con la utopía, los héroes con la fama, los buenos actos con la caridad, la inutilidad de usar traje para Forbes y la extravagancia parásita de andar desaliñado, como acto excluido del cinismo Griego. No hay en realidad, nada nuevo que aprender, no hay cosa más obvia que cambiar.

Hay miedo de dejar el arte y la política, lo entiendo. Pero por un momento, abandonen todo, la ley, los dogmas, el manifiesto, si es posible, tomar asiento para amortiguar la caída de los posibles desmayados de la impresión de la ligereza.

Olviden el alter ego, dejen de ser padres, hijos, trabajadores. Quítense las etiquetas, aunque signifique olvidar a nuestros muertos, hacerlos a un lado junto con las escuelas, las técnicas, los dramas, la mitología Griega, el psicoanálisis, los muros que dividen la tierra, las nacionalidades, los conceptos, el histrionismo, la religión, pero sobre todo, la noción de cultura. Todo lo que el hombre haya “avanzado” deteriorándose y deteriorando, hay que abandonarlo, hacerlo a un lado, inclusive, la literatura, que en nada ha ayudado. Y no porque leer sea malo, sino porque ya hay muchos libros de lo mismo. Todo ese millar de personajes huevones, hedonistas, viciosos y holgazanes, como sus autores, hacerlos por cinco minutos a un lado, como si fuera un papel en el suelo que no desea ni mirar. Si esto ocurre, después de ocurrido, hay que plantarse la idea de que todos somos una familia de similares, con las mismas capacidades e incapacidades. Y que de ahí empiece todo, una reconstrucción fuera de estereotipos, humanos sin angustia para alimentar a Dios.

Olvidemos el pensamiento de la geografía, de los siglos antes y después de Cristo. Démosle nuevamente cuerda al reloj si así lo desean y que esto nuevamente continúe, como el instinto natural que siempre fue. Dirán que volverá a ser lo mismo, con la infraestructura fosilizada por ahí. Ese es el único pedo por el cual llamarme insulso, pero es que el mundo de las imágenes nos tiene tan atrapados, que tú es el otro y el otro-otro es tú. Este mundo de las figuras que tan mal educados nos tiene.

Todos tenemos un modo, y ese modo, nadie puede despreciarlo, porque ese alguien tiene un modo que nadie le despreciará. Hay que quitarnos el mayor temor, antes que al narco, las guerras o los pandilleros, el temor de darle la espalda a nuestras creencias, al barrio, a la academia, al cristianismo, no queremos hacerlo por temor a darnos la vuelta para alejarnos de nuestros desechos y terminemos cayendo en un largo, confuso y profundo vacío negro. Llevamos una vida expensa y agradecida a los que creemos nuestros supremos, esas imágenes que nos frustran y que a escondidas, ahí por el inconsciente, son el espejo en el que te miras, en el que recitas lo que quieres saber para irlo a parlamentar en la primera mesa que compartas con el prójimo.

E iguala sigue igual, como todo la república, rodeados en un mundo que se recuesta sobre muertos anónimos. Vamos pisando suelo donde siembran muertos con la justa injusticia. Donde la primera es para los jodidos y la segunda para los que gobiernan esta milpita.

También esto hay que dejarlo a un lado, sino, vamos a terminar armándonos, dejando las ideas porque ¿y por qué no? Si los gobiernos han matado más cuando portan sus categorías, que todos los malandros de todos los barrios.

Extraditable

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s