Pulsión de muerte y posmodernidad

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

Escena de la película "A Serbian Film"

Escena de la película “A Serbian Film”

 

Quizás los humanos seamos una raza maldita,
nada nos salva de la ciega voluntad de destruir
que se halla insertada en nuestros genes”.
Jorge Volpi

 

Hace unos cuantos años, cincuenta o sesenta a lo mucho, las campanas repiqueteaban en los pueblos, llamaban a misa o simplemente le recordaban al ser humano su finitud. Las cosas de unos años para acá han cambiado, las campanas dejaron de sonar, el bullicio se apoderó de los pueblos y los pueblos dejaron de serlo para convertirse en la gran ciudad.

La modernidad trajo consigo muchos cambios en lo cultural, en las relaciones interpersonales, en la subjetividad del ser humano, en su posición de ser en el mundo.

A mi mente llegan imágenes de películas clásicas en donde por ejemplo Pedro Infante era el protagonista y lidiaba épicas batallas con tal de conquistar a la mujer de su corazón. Hoy las cosas son diferentes.

Hace unos cuantos años, cincuenta, sesenta o setenta, no lo sé, las mujeres ataviadas con un rebozo esperaban la serenata; eso las mataba, caían rendidas a los brazos de su amado. Hoy en día la serenata se ha convertido en un ruido estentóreo, el reguetón ha impuesto su ley, los narco-corridos forman parte de la idiosincrasia del mexicano.

No quisiera sonar como un viejo amargado que suelta su perorata durante las reuniones familiares afirmando el silogismo: “los tiempos pasados siempre fueron mejores”, simplemente son cosas que vienen a mi mente como flashazos de aquellos tiempos en donde todo era blanco y negro; ahora existe un escenario multi-color. En ese intento de “todo vale”, hemos caído en ciertas exageraciones contraproducentes para nuestra civilización.

Lo de hoy es una barbarie, al parecer hemos perdido el sentido, la brújula, cada día la depresión es más común, el sin-sentido de la vida como bandera de la posmodernidad, el adolescente ya no se contenta con el discurso homogeneizador y se libera o creyendo que se libera de ese yugo opta por el suicidio. Padres de familia que rehúyen al compromiso. Servidores públicos que solamente se sirven con la cuchara grande a costillas del ciudadano. Cada vez más corrupción, más des-humanización. ¿qué legado vamos a dejar a nuestra descendencia?

El discurso totalizador ha quedado atrás, los valores de la posmodernidad son diametralmente opuestos a los valores con los que crecieron nuestros abuelos. El sexo desenfrenado, el consumismo, el materialismo, la acumulación de dinero y bienes como el máximo escalón al que puede aspirar el ser humano.

La voz de la religión ha quedado relegada, el discurso ya no tamborilea en la consciencia del ser humano; vivimos en un contexto en donde el superyó se ha convertido en una estructura psíquica demasiado laxa, ya no es un superyó freudiano que hacía sentir culpable, miserable, ante algún acto “impuro” o de placer. Ahora el superyó es un superyó que se rige bajo el imperativo del “goce” que tiene la misma finalidad del superyó de antaño: la destrucción total del sujeto.

El imperativo actual es “Goza”, tienes que gozar si no, no valió la pena, tienes que sentir, experimentar, vivir, pero siempre al límite, en el exceso. Ese es el imperativo superyóico que muy bien ha descrito J. Lacan.

La pulsión de muerte se ha desatado, la cultura de la muerte, la civilización de la muerte, la generación de la muerte. Una vida sin sentido, vivir al límite, tentando a la propia muerte, buscando causar malestar en el otro o a uno mismo como en un intento de saciar el impulso de morbosidad que está instaurado en ese vacío existencial que caracteriza la era contemporánea. La bestia que permanecía encadenada para producir civilización se ha liberado.

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