El Malvado de la Comarca

Escribe: Julio César López 

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imagen de artistasdelatierra

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Llevaba meses con inflamación intestinal.  El enjuagar de tripas me volvía loco. Había visto a tantos médicos pero todos coincidían en el diagnostico. Estaba solo en mi cuarto de paredes verdes con telarañas en los rincones que me  hacían pensar por momentos en una novela corta de Dostoievski. Consideré seriamente meterme un tiro, pero no tenía un arma a la mano. La idea de muerte por ahorcamiento me aterraba. Me era suficiente con la asfixia que me despertaba a diario antes del amanecer y me obligaba a jadear como perro atragantado. El cortarme las venas me parecía absurdo. Que alguien tuviera que limpiar las manchas de mi obstinación me apenaba.

Estaba aburrido. No sé cuantas veces dispuse de Art Blakey para calmar el hartazgo. También me quedaba en la cama durante varias horas escuchando el estruendo provocado por la trompeta de Freddie Hubbard. La paz que no me concedía el mundo, ellos me la acercaban, al menos por un tiempo corto. Tenía que salir a la calle. No deseaba una muerte sin gloria. No quería ser cogido por el toro sin darle siquiera un capotazo.  Me levanté, detuve el disco y salí de la casa.

Llegué al bar de Chalita. Sigue aún a tres cuadras de casa. Me acerqué a  la barra y le pedí una cerveza. Ella escuchó mi voz y permaneció con la mirada sumergida en sus ganancias. Chalita se llevaba bien con todos los hombres. Los albañiles la cortejaban. Le llevaban regalitos, chocolates o cualquier cosa que se les ocurriera o pudieran comprarle. Yo podía hablar de cualquier tema con ella. Había visto de todo. Había tenido tantas aventuras que nada le sorprendía… Dos hijos enrolados en las filas del crimen organizado, eran tema común entre nosotros. Yo, en lo personal, cuanto más conocía de la vida, más deseaba prescindir de ella.

Me acercó un cigarrillo y lo tomé. No había fumado nada durante la mañana. Por suerte tengo un trato con Chalita. Nos acoplamos bien. Ella me invita unas cuantas cervezas y me compra una cajetilla de tabaco al día y yo saco a los borrachos tercos, orinados y escandalosos de aquel bar. Cuando se quedan dormidos en los asientos es más difícil sacarlos de ahí, porque debes levantarlos, aguantar su aliento a alcohol y toda la sarta de improperios que te arrojan antes de salir trastabillando.

¿Qué tal te va hoy Félix?

-Igual que siempre.

¿Sigues malo del estomago?

-Sí.

-Te dije que fueras con mi comadre Chona. Ella tiene un remedio muy bueno para lo “embarado”

-No. Ya me estoy acostumbrando.

Al menos sigue tomando lo que te recetó el médico.

-Se me terminó el medicamento. No hay más.

¿Ya te curaste de esa Cinthia que te traía malogrado?

-De ese mal no me curaré nunca. Solo se me olvida a ratos.

-Es increíble que sigas teniéndole todo tipo de consideraciones. Solo los mártires guardan compasión por sus verdugos.

-Pero yo no soy mártir.

-Tú eres un pendejo. Se necesita ser muy pendejo para sufrir por alguien a quien le importas un carajo. En este mundo Félix: se puede lidiar con la fealdad. Con la estupidez no.

A final de cuentas tenía razón. Quedé convertido en un estúpido desde que fui blanco de su desprecio. Hice todo lo que estaba a mi alcance para agradarle. Había actuado frente a ella como un hombre, había sido valiente. Lo triste es que las mujeres no comprenden cuanto le cuesta a un hombre ser valiente.

Hablamos de mi mala suerte con las mujeres. Yo nunca consideré tener mala suerte; no se trataba de eso, la razón era la simple fealdad de mi rostro, el encorvamiento de mi columna y demás incomodidades físicas que me habían jugado chueco desde años atrás.  –Acéptate como eres. Decía. Pero el que me aceptara tal cual soy, no haría de mí un prospecto interesante para el amor, ni un semental que pudiesen considerar o ansiaran presumir.

Eran las cuatro de la tarde. Seguía sentado junto a la barra leyendo el periódico mientras afuera: el refulgente sol, como la misericordia de dios, no aparecía por ningún sitio. Empezó a refrescar. Casi todos los borrachos salieron del lugar antes que empezara a llover, como atrayendo la verdadera tempestad. De pronto las bisagras de las puertas rechinaron y vi entrar al Negro. Conocí al Negro en ese mismo bar; era un cabrón demasiado sádico como para tener la conciencia tranquila. Llevaba varios muertos a la espalda. El caso más famoso fue el del diputado que asesinó a golpes con sus propias manos la víspera de navidad del noventa y tres. Le dieron veinte años de cárcel. El presidio solo le ayudó a intensificar su odio contra el mundo.  Ahí aprendió también a estrangular sin dejar huella y algunas formas de tortura sin gritos. Giré la cabeza y mis ojos encontraron los suyos, su mirada carente de alma me reconoció. Me miraba fijamente. Le correspondí el gesto mirándolo de la misma forma. Se detuvo frente a mí. Pude ver su piel reseca y agrietada. El pellejo de su cara reflejaba los rastros de la droga y el hambre, el ultraje y la miseria.

¿Qué me mira cabrón? Preguntó.

-Miro lo que me da la gana. Respondí.

 Aquí cualquiera te ofende. Cualquiera te jode. Debes curtirte el cuero y el corazón. Bostezas y te caen encima como caníbales. Debes aprender a mirar con odio en los ojos. Si tu mirada es dulce, lo será tu carne. Debes ser bravo o te tragan vivo.

El Negro se acercó a la mesa donde un hombre dormía con el pico colgando. Levantó la pierna y tiró un puntapié, embarrando la suela del zapato en la nariz del borracho. El hombre despertó asustado y se levantó de su asiento buscando al agresor. El negro lo tomó de las solapas de un viejo saco desteñido por el sol y lo arrojó con saña hasta una mesa de plástico cercana a la entrada del baño. Se llevó la mano derecha al bolsillo trasero de su pantalón y extrajo de él un cuchillo de hoja delgada que brillaba gracias a la iluminación artificial del lugar. Me daba la espalda. Yo aproveché y le dí un empujón. La inercia lo hizo sostenerse con las manos sobre una de las mesas. Todo fue un ajetreo de botellas y cascaras de limones exprimidos cayendo al piso. No logré derribarlo. Pero había conseguido que soltara el arma con lo que pretendía herir al borracho que temblaba cerca de la puerta del baño. El tipo permanecía en el suelo, asustado. “Porque carajos no lo ataca pensé. A este cabrón no se le puede llegar de frente. Es claro que nos matará a los dos antes de recordar el padre nuestro” Todo el barrio le temía. Todos se ocultaban al verlo pasar. Y ahí estaba yo, enfrentándome al matón: a cambio de una cajetilla de cigarros. Hacía rato ya que Chalita había salido corriendo a buscar un policía, pero era probable que para cuando llegaran, nosotros estaríamos fríos y no encontrarían un solo rastro del asesino.

El Negro avanzó hacia mí. Despacio. Sin pestañear. Soltó un recto de derecha y logré esquivarlo. No pude soltar golpe. Estaba ocupado pensando en el contraataque y no actuaba. Era vencer o morir y estaba siendo demasiado estratégico. Me clavó un gancho directo al estomago seguido de dos volados directos a las sienes: una combinación fantástica. Antes de dirigirme un recto a la nariz -que vi venir- pude hacerlo cambiar de dirección con el movimiento de mi antebrazo. Lo tenía donde lo quería, tan cerca de mí que no podía escaparse. Le hundí dos izquierdas en el hígado y con la mano derecha lo sujete por el cinturón. Giré y cambié de dirección hasta que mi pecho rozaba su espalda. Lo hice caminar hacia la salida. Afuera lo solté del cinturón y estando de pie apoye la suela del zapato en su cintura. Empujé con todas mis fuerzas, logrando un punto de apoyo franco entre el suelo y mi dedo pulgar del pie. El Negro salió proyectado hacia la calle; trastabillando por el asfalto dio unos pasos hasta quedar a la mitad del camino adoquinado. Corría empinado para lograr disminuir la velocidad del paso, dando la cara al suelo. De pronto una de las rutas del servicio urbano de transporte giró a la derecha y se encontró con el cuerpo del matón a medio camino. El Negro no vio venir el armatoste hasta que la defensa delantera lo golpeo en un costado y lo hizo quedar a merced de la llanta izquierda de aquella mole inhumana. El cráneo le estalló como un globo entintado y sus piernas serpenteaban tras los últimos impulsos eléctricos que concedió el cerebro.

¡Mierda! Estoy jodido. –Pensé.

Vi las puertas moverse tras de mí y al borracho salir corriendo del lugar. Corrí, temiendo por mi futuro. Nunca había sentido el viento golpearme la cara con tanta furia. Intenté salir de aquel tedio en el que vivía y ahora se me aproximaba una catástrofe mayor para la que no había sido preparado. Había matado a un hombre. Fuera el hijo de puta más sanguinario. Era un ser humano. Me castigarían. Me cogerían por el culo dentro de prisión. Me condenarían por haber librado al mundo de un asesino más; del tipo que le daba color y sentido a las vidas de muchos. Una existencia que llenaba círculos de charlas fantasiosas con enfrentamientos y proezas desconocidas, de las que nadie fue testigo. Era más indispensable para ellos que yo. El matón les daba vida, algo de qué hablar y se los había arrebatado.

Crucé por Estocolmo y me refugié en el cuartito que renta el viejo Florencio: un alcohólico con quien jugaba dominó desde hacía algunos años. Al pobre de Florencio lo abandonaron sus hijos cuando su esposa se fue con un camionero y eso lo condujo a la miseria. A la vida de calle. A beber cualquier cosa que cayera en sus manos. Tenía cincuenta y dos años y sus ojos amarillentos eran el resultado de un mundo en decadencia. Juntaba latitas de aluminio en las calles y hacía trabajos de jardinería en los barrios elegantes de la ciudad. Una vez lo acusaron de acoso sexual, por culpa de una señorita que salió de casa cambiándose de blusa a temprana hora de la mañana a plena vista de Florencio. Le dieron de palos y lo refundieron en un hospital siquiátrico. Hasta que pudo librarse de las camisas de fuerza y salir de aquel sitio trepando las paredes como un desarrapado hombre mosca. Lo encontré en el cuartito. Tomamos café y compartió conmigo un pedazo de migajón de pan. Mezclaba el café en su taza y lo miraba esperando encontrar ahí un trozo de nostalgia. Algo bueno que deglutir de su vida pasada. Cerró los ojos y dijo:

-Antes nos correspondía el cielo. Ahora ni eso nos queda. Habrá que volver a los sacrificios humanos para ganar la misericordia de los dioses.

¿Y para qué? Si al cabo de unos años ellos nos quitarán el derecho de buscarla.  Le dije, levantando la cabeza para señalar lo que se encontraba fuera de aquel sitio.

Florencio continuó mirando su café. Probablemente vislumbraba un futuro mejor para sí mismo, no lo sé. Me inquieta pensar qué tiene ese viejo en la cabeza.  Al final me sonrió y dijo:

-Bueno. Entonces: Si no nos corresponden el cielo y la misericordia divina, que al menos nos corresponda el privilegio de odiarlos hasta el último día.

No hablamos más. No tenía sentido hablar de nada.

Intenté dormir pero no podía. El rincón en el que me había acostado apestaba a mierda. En el cuartito no había un baño. Era posible que Florencio utilizara ese rincón para cagar cuando fuera necesario. Me mantuve despierto. Pensando en el muerto. Consideré justo ir con las autoridades y hablar claro. Me sentía culpable de hacer que el Negro cayera debajo de aquel autobús. Debía ser valiente de nuevo. Él -aunque muerto- también tenía una madre y estaba sufriendo. Nadie puede con el recuerdo de la masa viscosa en el asfalto, mucho menos quien a base de amor tuvo la voluntad de forjarla en el pasado. Me levanté. Tomé un sorbo de café frío y volví a sentarme de nuevo sobre aquel piso hediondo, mientras las tripas comenzaban con el centrifugado. Tenía cosas más importantes en que pensar, que en ponerle atención a mis intestinos. Volví a levantarme. Afuera los ruidos de la calle cesaron. Ni un murmullo se compadecía de ese silencio que me emboscaba. Logré olvidarme de todo y concilié el sueño. Por la mañana los rayos de sol se desparramaban plenos en mi cara, colándose suavemente  por una rendija entre el marco de aluminio y la puerta de acceso. Me incorporé del suelo y llamé a Florencio. No me escuchó. No parecía respirar. Yacía inerte con la sábana cubriéndole el cuerpo hasta la nariz. Me acerqué a él. No sentí su respiración. Puse un dedo en la vena yugular de su cuello y no percibí su pulso. Había muerto durante la noche. Él, al menos, había tenido una muerte dulce. Estuve mirándolo por un corto tiempo. Tomé una cajetilla de cigarros que estaba a un lado suyo y la guardé en el bolsillo de mi pantalón. Fui hacia la puerta y me largué. No podría cargar con otro muerto.

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