Un viaje amargo

Escrito por:  Juan Pablo Cruz Alvizo

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imagen tomada de msal.gov.ar

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Por: Juan Pablo Cruz Alvizo

Twitter: @jpcruzalvizo

jpcruzalvizo@hotmail.com

 

Son las cinco de la mañana y el autobús en el que viajo está a punto de llegar a Nuevo Laredo Tamaulipas. Salió desde la ciudad de México, pasando por varias ciudades, entre ellas San Luis Potosí, donde yo lo abordé. El camino es largo, y más, considerando que voy hasta la estación final: Ciudad Acuña, Coahuila.

El frío es intenso, y el chofer de la unidad 9343 de Transportes del Norte no enciende la calefacción, sólo de rato en rato. El olor que despiden algunos de los ocupantes de dicho camión es evidente: son personas que han caminado por varios días y no se han cambiado de ropa. Son migrantes que se quieren aventurar a entrar sin documentos a Estados Unidos. Algunos se quedarán en Nuevo Laredo, otros en Hidalgo o Guerrero, quizás en Piedras Negras o Acuña, o en algún paraje del camino de donde les sea más fácil caminar rumbo al Río Bravo para ir en búsqueda de sus sueños.

Poco a poco me voy “desmodorrando” y veo que nos acercamos a un puesto de revisión en el Km. 22. No es raro, en estos tiempos cualquiera se siente con autoridad para establecer un retén en la carretera, so pretexto de la tan traída y llevada “guerra contra el narco”

Sólo alcanzo a escuchar que un agente saluda muy amablemente al conductor de la unidad y pide permiso para subir a hacer una revisión “de rutina”. Para mi sorpresa, el agente pertenece al Instituto Nacional de Migración y se va directo a mi compañero de asiento y a otros pasajeros más preguntándoles su lugar de origen. Unos contestaron que eran de Guanajuato y otros que del estado de Hidalgo. Mi compañero de asiento dijo ser del estado de Hidalgo. Algunos pasajeros argumentaron ser del estado de Veracruz, éste fue un acto discriminatorio peor, pues ellos eran mexicanos, originarios del centro y sureste del país, radicados en la frontera y son confundidos generalmente con migrantes centroamericanos, cuando vienen de regreso a sus trabajos, después de visitar sus respectivas familias.

Ante esto yo me indigné, pues se vio una clara discriminación sólo porque el agente los vio morenos y de baja estatura. Lo peor de todas las cosas es que el mismo agente tenía las características muy parecidas a los “interrogados”. Con aires de grandeza y despotismo les pidió que le mostraran sus credenciales de elector, lo que les terminó de arruinar, pues las apócrifas que les habían vendido en no sé cuántos miles de pesos se miraban más falsas que los atributos de Maribel Guardia, casi transparentes y sin los mínimos elementos de una identificación legal.

Ciertamente mi sangre comenzó a hervir, sin embargo tuve que aguantarme, pues si enfrentaba a aquel despreciable tipo, lo único que conseguiría sería  perjudicar a los migrantes. Los bajaría del camión y a mi seguramente me acusarían de ser el “pollero” Realmente lo último me tenía sin cuidado, pero me preocupaba más el destino que sufrirían aquellos hombres y una mujer que les acompañaba; habían llegado tan lejos, como para perderlo por un estúpido inconsciente que en aras de la “justicia”,  abría la boca negándoles su destino… total ya encontrarían la forma de “arreglarse”.

Efectivamente el agente empezó a interrogarlos, a la forma de esas películas de espías donde la presión psicológica es utilizada por los policías para sacarles la verdad a los delincuentes: ¿De dónde son?, ¿A dónde van?, ¿Quién les vendió estas credenciales?, ¿De qué país y qué departamento son?; eran sólo algunas de las preguntas con que les atosigaban.

Me sorprendió que dado que soy de un carácter mas bien fuerte y un poco intolerante, especialmente cuando se abusa de alguien que se encuentra en condiciones de menos posibilidades de defensa, me haya calmado y permanecido impávido esperando al menor asomo de abuso o agresión física -cosa que sería intolerable, pero que no es raro en estas situaciones – para actuar.

Acto seguido, el agente sin agredir físicamente, pero de una manera despectiva les pidió que descendieran de la unidad automotriz. Yo pensé para mis adentros: “hasta aquí llegaron”, lo conducente en este caso sería transportarlos a una estación migratoria, para, de ahí proceder a deportarlos a su país de origen.

Cuál fue mi sorpresa cuando, sin haber pasado cinco minutos siquiera, los extranjeros volvieron a sus lugares para después dar marcha nuevamente el autobús. ¿De cuánto estaremos hablando? Porque no creo que después de la manera de recibir a nuestros pasajeros, se le haya ablandado el corazón al mal encarado agente y les haya dejado ir así, sin más ni más. ¿Habrá contubernio entre agentes del Instituto Nacional  de Migración y los choferes de la citada línea de autobuses?, ¿Por qué tan directamente encontraron a los “migrantes” sin interrogar a los pasajeros de los primeros asientos?, ¿Porqué a mí no me preguntaron procedencia ni me pidieron documentación y a mi compañero de asiento sí?

El camión continuó su camino, yo volví a dormir, pero mi conciencia no volvería a estar tranquila sabiendo que esta es una historia de todos los días. Ahora la pregunta es: ¿Qué podemos hacer tú y yo para que esto ya no suceda?

 

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