Vaticano II: 50 años

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

imagen tomada de vatican.va

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El pasado 11 de octubre se cumplieron 50 años del inicio del Concilio Vaticano II, el concilio que se propuso transformar el rostro de la Iglesia y su relación con el mundo contemporáneo.

Juan XXIII, el papa bueno, convocó a principios de 1959 un concilio universal, ecuménico y pastoral. Para aquel papa anciano, que en opinión de los expertos “era un papa de transición”, revolucionó completamente a la Iglesia con esta propuesta. El papa buscaba que la Iglesia se pusiera al día (aggiornamento) y fomentara la vida cristiana entre los fieles, adaptara mejor las necesidades del tiempo a las instituciones susceptibles de cambio, promoviera todo lo que pudiera ayudar a la unión de todos los creyentes en Cristo, y fortaleciera lo que puede contribuir para llamar a todos al seno de la Iglesia.

Esta propuesta desconcertó a más de uno: ¿para qué convocar a un concilio si no se va a condenar a nadie? La tradición conciliar de casi 2000 años había sido siempre esa: definir doctrina y costumbres para los creyentes y condenar las herejías y las costumbres no cristianas. Pero esa no podía ser ya la actitud de la Iglesia y de los cristianos, porque nunca fue esa la actitud de Jesús.

Así que la preparación y desarrollo del concilio buscó, en primer lugar, hacer que la Iglesia respondiera con pertinencia a un mundo que había dejado de ser, hacía muchos años, el mundo cristiano y religioso de la Edad Media. La urgencia que veía el papa Juan era la de dejar que el Espíritu sacudiera a fondo a los creyentes para llevar el mensaje de salvación al mundo de la posguerra, el de la guerra fría y el avance tecnológico y científico.

Así pues, de la mano de numerosos teólogos que habían sido censurados anteriormente como Karl Rahner, Hans Küng, Henri De Lubac. Yves Congar y muchos otros, el concilio buscó, fundamentalmente, volver a la originalidad del mensaje de salvación: desde el fundamento bíblico (Constitución Dei Verbum), la responsabilidad de santificar a la humanidad y a la creación entera por la mediación sacramental (Constitución Sacrosanctum Concilium) se entiende como esencia del ser y quehacer de la Iglesia como levadura en la masa, como las arras del Reino (Constitución Lumen Gentium) y desde ahí ha de dialogar, iluminar y caminar con el mundo a la construcción cotidiana de ese Reino de Dios en todos los ámbitos e instancias de lo humano (Constitución Gaudium et spes).

Entre los cambios más significativos y notables del Concilio están la divulgación y promoción de la lectura popular de la Biblia, en las lenguas de cada país y región. Junto con ello, el cambio en la celebración de los sacramentos en la lengua de cada lugar, la Eucaristía celebrada de frente a la asamblea y sobre todo, la inclusión activa de los fieles en las celebraciones.

Claro que falta mucho por hacer y por lograr. Hace 25 años, el otrora cardenal para la Congragación de la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger, señalaba en el libro Informe sobre la fe, que con el Vaticano II había sobrevenido sobre la Iglesia un “invierno eclesial”, donde poquísimos movimientos eclesiales habían respondido genuinamente al espíritu del Concilio y que, muchos otros movimientos, iniciativas, propuestas y expresiones eclesiales distaban mucho de ese espíritu en aras de un progresismo teológico y pastoral mal entendidos. En esa tónica, se ha señalado que el papa Juan Pablo II fue un papa sumamente integrista al interior de la Iglesia, aunque hacia afuera se haya mostrado abierto, tolerante y progresista.

La historia como maestra que es, enseña que la Iglesia siempre ha dado pasos lentos, cautelosos –a veces en exceso, claro- y esto no permite hacer un balance como se deseara. Una institución de 2000 años, arraigada tan hondamente a la configuración cultural de occidente, difícilmente en 50 años nos permitirá mirar y ponderar correctamente el alcance de los cambios que echó a andar.

Resta confiar honda y profundamente en la acción del Espíritu de Dios y en su misericordia eterna. Y no hay que olvidar que la esperanza en la transformación del mundo en el Reino depende más de nosotros los creyentes que de las estructuras institucionales.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

Comentarios a:

gabrioignaz@yahoo.com

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