Panchita…

Escrito por: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

@CarlosLector

imagen tomada de bicentenario.gob.mx

“Bien analizada, la libertad política es una fábula imaginada por los gobiernos para adormecer a sus gobernados”
Napoleón Bonaparte

 –

A Panchita la invitaron a una comida, dice que la invitó la mismísima candidata, bueno, no personalmente, pero que le llegó a su casa una invitación para una comida en donde estarían puras mujeres selectas, puras mujeres VIP, que de entre tanta mujer de la Comarca Lagunera ella fue la agraciada para escuchar el mensaje de la candidata, que solo unas cuantas señoras gozarían de dicho privilegio, solo unas cuantas podrían estar en ese banquete especial.

Panchita se siente muy agradecida. Panchita ya se metió a bañar y anda escogiendo su mejor vestido, -por fin alguien me tomó en cuenta- piensa para sus adentros. –Ahí le encargo la casa- le grita a su vecina, -voy a una reunión muy especial. ¿Qué? ¿A usted no le llegó la invitación?, bueno yo después le platico cómo estuvo.-

La señora Panchita se sube al trasporte colectivo, va pensando alegremente el momento en que entrará a la reunión y está preparando la escena en que saludará a la Candidata Josefina, -“Hola Josefina, muchas gracias por haberme invitado, yo sé que es usted una mujer muy ocupada y que no pudo invitarme personalmente al banquete y que por eso me mandó la invitación a mi casa, pero eso no importa, yo le quiero comentar que…- Panchita se baja del camión, llega al lugar en donde era la cita, esa invitación que la había puesto de muy buen humor.

Al llegar se da cuenta de que como ella, hay otras cuatro mil novecientas noventa y nueve mujeres, ella creía que la invitación era para unas cuantas, para solamente unas cuantas elegidas. Como quiera Panchita intentó saludar a Josefina, eran las cinco de la tarde y aún no llegaba. Las mujeres se impacientaban. Josefina llegó a las nueve de la noche aduciendo a un sinfín de pretextos, eso ya no era comida, eso era una cena. Después de escuchar la perorata de Josefina entre vítores, porras y demás, llegó la hora de la cena. Panchita estaba sentada en las gradas, allá lejos, muy lejos. Pensó que ya de perdis le darían algún “suvenir”, no se, como por ejemplo una playera, una taza, algún llavero, una gorra, una calcomanía o un botón que dijera “Yo voy con JVM”. Lo único que alcanzó fue una pierna de pollo, de esas que envuelven en papel estaño. No le dieron ni sus galletas saladas ni su refresco de Big-Cola.

Panchita se regresa a su casa, se tiene que ir a pie porque cuando el mitin terminó ya no había trasporte. Llega a su casa y la vecina la espera con ansias:

 – “Vecina, vecina, ¿cómo le fue?”

– bien, bien…

Alcanza a decir con un lacónico dejo de desesperanza.

La mujer entra a su hogar. En su casa nadie, nadie la espera. Apagas las luces. Sin quitarse los zapatos se mete entre las cobijas y cerrando los ojos, como intentando convencerse comienza a rezar –“otro día será, otro día será”…

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