Pascua también es conversión

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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Durante los cuarenta días de la Cuaresma, previos a la Pascua, la tónica del tiempo es la conversión. Se insiste siempre en ese aspecto esencial de la vida cristiana: hay que cambiar de vida, hay que hacer realidad la metanoia que nos exige el seguir a Jesús y la lucha por el Reino.

La conversión supone así, un esfuerzo conciente por ser como Jesús, por dejar atrás, de la forma más radical posible, al pecado; además de una práctica intensa de la caridad y la misericordia como hábitos de vida.

Estas prácticas, acompañadas por la oración y la penitencia, preparan y disponen al creyente al encuentro profundo, auténtico y personal con el Resucitado; encuentro que se extiende con la exuberancia de la cincuentena pascual.

¿Pero qué pasa durante la Pascua? ¿El cristiano ya no requiere conversión? ¿Ha llegado el Reino? ¿Vivimos en un falso triunfalismo?

Obviamente la respuesta es no. El creyente, mientras peregrine por este mundo, estará necesitado de la conversión. La conversión es permanente. Más aún, la conversión debe ser una actitud en el cristiano.

La falta de conversión como actitud creyente ha degenerado en una vida cristiana edulcorada y sin exigencias. Y eso se nota. El descenso de credibilidad de la Iglesia y su pérdida de prestigio no provienen de una persecución mal intencionada. Si así fuera, podríamos vanagloriarnos de ser perseguidos por la causa de Jesús. Pero no es así. La misma Iglesia Católica que ayer era valorada por su firmeza frente a las dictaduras y su servicio a las víctimas, en un breve tiempo se ha hecho muy poco creíble y hasta despierta animosidad en muchas personas.

Acusan a la Iglesia los abusos protagonizados por sacerdotes o religiosos. Pero también una impresión general de que se ha hecho lo posible por ocultarlos o por dilatar su sanción. Ha predominado una sensación de poca transparencia. Lo que es explicable aunque haya sido con la buena voluntad de no dañar a las personas ni el mismo anuncio de Jesús. Pero de hecho el secretismo ha aumentado el escándalo.

También cuenta en el menor aprecio por la Iglesia, un cansancio generalizado con su autoritarismo y centralismo. Hay razones que avalan la necesidad de cuidar su unidad y disciplina, pero nuestra cultura actual exige más flexibilidad, participación, escucha, libertad de opinión, y reacciona con fuerza ante lo que es impuesto desde arriba.

A veces la Iglesia ofrece públicamente su aporte a la sociedad en una forma que deja la impresión de pretender ser maestra de todos, como exigiendo sumisión de la sociedad entera sin dar argumentos para ello, acentuando así la impresión de ser “dogmática” en el peor sentido de la palabra.

Molesta la gran diferencia entre Jesús y la Iglesia cuando se considera el ejemplo de pobreza y humildad del primero y la riqueza y poder de la segunda. El Papa puede vivir con sencillez, pero si se muestra ante el mundo como un monarca con una corte de lujo, la gente hablará despectivamente del “oro del Vaticano”.

¿Cómo ver el futuro? Hay que entender que esta crisis es una gran oportunidad para tener en cuenta nuestras fallas y nos apliquemos a una conversión más profunda.

De la mano con el Espíritu, hay que repensar la Iglesia. Una Iglesia fervorosa, formada por personas libres, sin fetichismos, sin miedos, alegres, felices de estar tratando de seguir al Señor. Podemos pensarla muy fraterna, con verdadero respeto y cariño de unos por otros. Como una comunidad de iguales en que la autoridad muestra tangiblemente esta igualdad, en su tono, su vestimenta, su modo de proponer, escuchar y mandar. Una Iglesia preocupada de verdad por lo que le pasa al hombre realmente, por la vida de las familias, por el trabajo, la economía, la creación artística y la situación de los más pobres.

Que recuerde el carácter subversivo del Evangelio, que ensalza a Dios que derribó de sus tronos a los poderosos y engrandeció a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos despidió sin nada (Lc 1, 52-53).

Si no soñamos algo así, querrá decir que ha dejado de correr por nuestras venas la alegría de la Pascua de Jesús.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

Comentarios a:

gabrioignaz@yahoo.com

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