Un México sin madre

Escrito por: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 
 
 
Es de gran importancia disfrazar las propias inclinaciones y desempeñar bien el papel del hipócrita. 
Nicolás Maquiavelo. 
 

Si intentamos analizar la estructura de los partidos políticos más populares en la República mexicana (PRI, PAN y PRD) y hacemos un parangón con la existencia subjetiva del ser en cuanto tal y del mexicano en específico tendremos las siguientes representaciones sociales: (Las representaciones sociales es un constructo de Serge Moscovici, psicólogo social francés que acuña dicho término para designar el cómo se percibe una realidad y actúa en base a dicha representación.)

El PRI es el padre por antonomasia, pero es un padre a la antigüita, es el clásico padre de familia autoritario, verdugo, castrante, punitivo, castigador, algo así como el padre que todos vimos en la película “La oveja negra” con Pedro infante. El PRI encarna la figura paterna que durante tantos años gobernó, mandó, dictó, maniató; intentó que su palabra fuera mandato, que su gobierno fuera la ley. Muchos sectores populares de nuestra Nación se sienten identificado con ese partido, ya sea por utilizar los colores de nuestra bandera, o simplemente por tradición; setenta años gobernando; “La dictadura perfecta” como le llamó Mario Vargas Llosa. Votar por el PRI era un ritual, una tradición, no se cuestionaba, así como no se cuestionaban las reglas del padre de familia.

La figura del PAN en México surge como la oposición, pero una oposición que a la fecha se ha convertido en algo así como “el cura de la iglesia”. El PAN se ha convertido en las representaciones sociales del ciudadano en una estructura más que política: metafísica, en un partido político que se hizo acreedor de la moral y la costumbre que rige las relaciones de los seres humanos en turno, no en balde “El Yunque” se acomodó perfectamente en sus filas. El PAN como poseedor de los usos y costumbres de la comunidad, el rector de la moral, que no le gusta nada de eso de las reformas, desprecia a la izquierda, a los rebeldes, a los innovadores.

Y por último aparece en escena el PRD que vendría a ser algo así como el joven rebelde, contestatario, que va siempre en contra de todo: si el padre (PRI) dice negro, el joven (PRD) dice blanco. Si el cura (PAN) dice “el matrimonio es entre hombre y mujer” el PRD (el joven rebelde y contestatario) con tal de llevar la contra lucha por las preferencias sexuales. No está contento con nada, se cree el único que sabe cómo hacer las cosas, vive en la eterna juventud, ha leído a Marx, sus discursos son el bien común, la colectividad, los derechos humanos, el comunismo, el socialismo científico, la dialéctica…

Solo para no discriminar podría aseverar que el Partido Verde y el Partido Convergencia son los tíos incómodos, que les encanta la pachanga, que se van con el que les pague la borrachera. Y el Partido del Trabajo es el tío que nadie quiere, es serio, trabajador, honrado, pero tiene unas ideas muy raras, al joven de la familia le gusta convivir con él, de hecho cuando el joven madura (PRD) se hace como ese tío (PT).

Así tenemos que el mexicano tiene representado en el PRI a la figura paterna, en el PAN al cura del pueblo y en el PRD al joven contestatario y en los demás partidos a los tíos y sus características peculiares. ¿Y la madre? El mexicano carece de madre. Nos la han quitado estos tres que aquí conviven pacíficamente, que hacen sus enjuagues, que se “pelean”, pero  que en lo oscurito se ponen de acuerdo para sus más recónditos beneficios. A México le han quitado la madre.


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