Una historia de fantasmas


Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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“¿Qué es un fantasma? un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez… un instante de dolor quizá. Algo muerto que parece por momentos vivo, un sentimiento suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa, como un insecto atrapado en ámbar. Un fantasma, eso soy yo…

Así hablaba Federico Luppi en aquella excelente película “El espinazo del diablo”. El diccionario nos dice que fantasma, del griego phántasma, es una visión quimérica como la que ofrecen los sueños o la imaginación calenturienta; imagen de una persona muerta que se aparece a los vivos; espantajo o persona disfrazada que sale por la noche a espantar a la gente.

Cuenta Lucas en el evangelio (24, 36-38) que cuando se presenta Jesús en medio de los discípulos en la noche del día de la resurrección, y a pesar de que estaban hablando de Él, se asustan y hasta llegan a sentir miedo. Los eventos de la Pasión no han podido ser asimilados suficientemente por los seguidores de Jesús. Todavía no logran establecer la relación entre el Jesús con quien ellos convivieron y el Jesús resucitado, y no logran tampoco abrir su conciencia a la misión que les espera. Digamos entonces que hablar de Jesús, implica algo más que el simple recuerdo del personaje histórico, Jesús no es un tema para una charla intranscendente.

Este dato sobre la confusión y la turbación de los discípulos no es del todo fortuito. Los discípulos creen que se trata de un fantasma; su reacción externa es tal que el mismo Jesús se asombra y corrige: “¿por qué se turban… por qué suben esos pensamientos a sus corazones?”…

La experiencia pascual de los Apóstoles narrada por el Evangelio nos muestra cómo les costó trabajo modificar sus esquemas culturales y psicológicos. Las expectativas mesiánicas de los Apóstoles reducidas sólo al ámbito nacional, militar y político, siempre con característica triunfalistas, tuvieron que desaparecer de la mentalidad del grupo porque no eran compatibles con la realidad de la Pascua. Y siguen siendo incompatibles hoy. No fue fácil para estos rudos hombres rehacer sus esquemas mentales, sospechar de la validez aparentemente incuestionable de todo el legado de esperanzas e ilusiones de su pueblo. No quedaba otro camino. El evento de la resurrección es antes que nada el evento de la renovación, comenzando por las convicciones personales.

Aclarar la imagen de Jesús es una exigencia para el discípulo de todos los tiempos, para la misma Iglesia y para cada uno de nosotros hoy. Ciertamente en nuestro contexto actual hay tantas y tan diversas imágenes de Jesús, que no deja de estar siempre latente el riesgo de confundirlo con un fantasma. Los discípulos que nos describe Lucas sólo tenían en su mente la imagen del Jesús con quien hasta un poco antes habían compartido, es verdad que tenían diversas expectativas sobre él y por eso él los tiene que seguir instruyendo; pero no tantas ni tan completamente confusas como las que la sociedad de consumo religioso de hoy nos está presentando cada vez con mayor intensidad.

Es un hecho, entonces, que aún después de resucitado, Jesús tiene que continuar con sus discípulos su proceso pedagógico y formativo. Ahora el Maestro tiene que instruir a sus discípulos sobre el impacto o el efecto que sobre ellos también ejerce la Resurrección. El evento de la Resurrección no afecta sólo a Jesús. Poco a poco los discípulos tendrán que asumir que a ellos les toca ser testigos de esta obra del Padre, pero a partir de la transformación de su propia existencia.

Las instrucciones de Jesús basadas en la Escritura infunden confianza en el grupo; no se trata de un invento o de una interpretación caprichosa. Se trata de confirmar el cumplimiento de las promesas de Dios, pero al estilo de Dios, no al estilo de los humanos.

Y es que el evento de la resurrección no afecta sólo al Resucitado, afecta también al discípulo en la medida en que éste se deja transformar para ponerse en el camino de la misión. Nuestras comunidades cristianas están convencidas de la resurrección, sin embargo, nuestras actitudes prácticas todavía no logran ser permeadas por ese acontecimiento. Nuestras mismas celebraciones tienen como eje y centro este misterio, pero tal vez nos falta que en ellas sea renovado y actualizado efectivamente.

Corremos el riesgo de estar pensando en Jesús como un fantasma, como una aparición irreal, una presencia aterradora que puedo conjurar para que su influencia se termine y desaparezca. El pensar que Jesús es un fantasma deshace por completo cualquier posibilidad subversiva de su mensaje o de su Causa, el Reino. Si Jesús es un fantasma, entonces es irreal. Todo su proyecto de vida es un sueño roto. Si Jesús es un fantasma, es algo terrible, algo que no es bueno traer a la memoria y que nunca volverá a la vida. Si Jesús es un fantasma es imposible el seguimiento. Y si es imposible el seguimiento, cambiar la realidad, cambiar el mundo, es imposible, es una idea calenturienta.

Hacer de Jesús un fantasma es resignarnos a que la injusticia, el dolor, la muerte y la violencia es lo único real y posible en nuestro mundo. Pero Jesús no es un fantasma, yo creo que está vivo.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

Comentarios a:

gabrioignaz@yahoo.com

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