La Pascua: recuerdos peligrosos


Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

La pascua es el acontecimiento central de la vida cristiana. No es sólo el elemento doctrinal fundamental, sino que, por decirlo de manera sintética, lo auténticamente cristiano siempre es pascual. La pascua hace referencia, en primer lugar, al acto fundante del judaísmo: la salida de Egipto. El contexto de este acto fundante es el de la cena pascual, memorial de liberación de la esclavitud y del inicio de vida nueva.

El acto fundante cristiano se instala en el memorial de la pascua judía, ya que Jesús de Nazaret entrega su vida, muere y resucita en el contexto judío de la celebración de la pascua en Jerusalén. La pascua cristiana implica ahora una novedad, no sólo es memorial de liberación de la esclavitud de Israel en Egipto, es ahora el memorial del paso de muerte a vida que acontece en Jesús, y por Jesús a toda la humanidad.

Pero la pascua y la resurrección van más allá de una sola, y además equivocada, consideración cronológica de la resurrección como paso de muerte a la vida, como el despertar sigue al dormir. La resurrección implica, principalmente una acción que hace Dios en total y entera gratuidad, y por ende, imprevisible. Y esto vuelve a la pascua cristiana, en cuanto memorial de la resurrección de Jesús, en una memoria peligrosa, citando a J. B. Metz.

Es una memoria peligrosa en primer lugar porque Jesús muere tras un juicio sumario que lo condenó por atacar las instituciones políticas y religiosas de Israel, por no someterse al poder de Roma, por hablar de un Reino para los pobres, para los marginados, para las víctimas de la exclusión y la violencia, por hablar de un Dios que está de parte del que menos tiene y puede y que jamás justificará el orgullo del poderoso incapaz de generar lazos de fraternidad o de aquellos que, en su nombre, marginan a otros.

Es una memoria peligrosa, en segundo lugar porque los apóstoles anunciaron una resurrección muy concreta: la de aquel hombre llamado Jesús, a quien las autoridades civiles y religiosas habían rechazado, excomulgado y condenado. Cuando Jesús fue atacado por las autoridades, se encontró solo. Sus discípulos lo abandonaron, y Dios mismo guardó silencio, como si estuviera de acuerdo. Todo pareció concluir con su crucifixión. Todos se dispersaron y quisieron olvidar.

Pero ahí ocurrió algo. Una experiencia nueva y poderosa se les impuso: sintieron que estaba vivo. Les invadió una certeza extraña: que Dios sacaba la cara por Jesús, y se empeñaba en reivindicar su nombre y su honra. Jesús está vivo, no pudieron hundirlo en la muerte. Dios lo ha resucitado, lo ha sentado a su derecha misma, confirmando la veracidad y el valor de su vida, de su palabra, de su Causa. Jesús tenía razón, y no la tenían los que lo expulsaron de este mundo y despreciaron su Causa. Dios está de parte de Jesús, Dios respalda la Causa del Crucificado. El Crucificado ha resucitado, vive

Y esto era lo que verdaderamente irritó a las autoridades judías: Jesús les irritó estando vivo, y les irritó igualmente estando resucitado. También a ellas, lo que les irritaba no era el hecho físico mismo de una resurrección, que un ser humano muera o resucite; lo que no podían tolerar era pensar que la Causa de Jesús, su proyecto, su utopía, que tan peligrosa habían considerado en vida de Jesús y que ya creían enterrada, volviera a ponerse en pie, resucitara. Y no podían aceptar que Dios estuviera sacando la cara por aquel crucificado condenado y excomulgado. Ellos creían en otro Dios.

La resurrección es una memoria peligrosa porque es el grito de Dios que aprueba, respalda y señala que es en la persona de Jesús y en su práctica de amor y justicia, en su opción por los pobres y los marginados, donde está el sentido y el estilo de vida de cualquiera que se llame cristiano, sea de la denominación que sea.

La resurrección es una memoria peligrosa porque es la acción definitiva de Dios que desclava al Crucificado, y ahora nos dice a nosotros que es en nuestras decisiones, en nuestras acciones políticas, y en nuestras actitudes cotidianas donde tenemos que bajar de sus cruces a los crucificados de la historia.

Los discípulos, que redescubrieron en Jesús el rostro de Dios comprendieron que la muerte no tenía ningún poder sobre Él. Estaba vivo. Había resucitado. Y no podían sino confesarlo y seguirlo, continuando su Causa, obedeciendo a Dios antes que a los hombres, aunque costase la muerte.

Creer en la resurrección de Jesús es creer que su palabra, su proyecto y su Causa expresan el valor fundamental de nuestra vida. Y si nuestra fe reproduce realmente la fe de Jesús, su visión de la vida, su opción ante la historia, su actitud ante los pobres y ante los poderes, será tan conflictiva como lo fue en la predicación de los apóstoles o en la vida misma de Jesús.

Lo importante no es creer en Jesús, sino creer como Jesús. No es tener fe en Jesús, sino tener la fe de Jesús: su actitud ante la historia, su opción por los pobres, su propuesta, su lucha decidida, su Causa. Creyendo con esa fe de Jesús, las cosas de arriba y las de la tierra no son dos direcciones opuestas ni distintas. El cielo es la Tierra Nueva que está injertada ya aquí abajo. Hay que hacerla nacer en el doloroso parto de la historia, sabiendo que nunca será fruto adecuado de nuestra planificación sino don gratuito de Aquel que viene. Buscar el cielo no es esperar pasivamente que suene la hora final, sino hacer realidad en nuestro mundo el Reinado del Resucitado y su Causa: Reino de vida, de justicia, de amor y de paz.

No + sangre.

Alto a la guerra absurda.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

Comentarios a:

gabrioignaz@yahoo.com

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