Inquilino incómodo

Escrito por: José Jorge Hernández Briones

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“El desprecio sólo se relaciona con las experiencias o acciones de las personas, no involucra sabores, olores o el sentir algo mediante el tacto… Te sientes ofendido, pero necesitas necesariamente alejarte de la acción, como cuando sientes asco”, Paul Ekman, psicólogo, pionero en el estudio de las emociones.

Nunca en mi vida había sentido nauseas o repugnancia por un ratón, es más, ni en cuenta los tomaba, de hecho, si había uno en mi casa le ponía una trampa, eso porque mi esposa estaba tras de mí diciéndome que ya no lo aguantaba, así que el roedor caía, lo recogía y hasta ahí.

“Me son inclusive”, dirían los jóvenes de hoy, así me llevé mi vida, es más, me fastidiaban más los reclamos de mi esposa que ver a un ratón. Y eso que ya había recogido dos que se habían metido a la casa.

Fue apenas el pasado lunes 20 de febrero cuando me percaté que en los cuartos de la lavandería había un roedor de grandes proporciones, hecho que me llamó mucho la atención y pensé “la batalla comienza, este roedor no sale con vida de aquí”.

Así que fui por queso, coloqué una trampa grande de madera, regué por todos los cuartos veneno en pastillas como si fueran minas en guerra y cerré todo para que la presa cayera, pero en la noche, al ir, me di cuenta que el roedor era más experimentado que yo; se comió el queso y la trampa ni siquiera funcionó, también devoró las pastillas.

¡Guerra! Pensé entusiasmado, así que me dediqué la mañana del martes a limpiar y sacar cosas, tiré muchas a la basura, fui a la ferretera por una trampa de goma y otra de madera, compré un pollo completo para aprovechar la piel, la otra parte es para mí.

Saqué unos trozos de pellejo, los ganché en las dos trampas, aceité el mecanismo y las acomodé: una donde mismo que es en el baño y otra cerca del alimento del perro, mientras que la de goma la puse entre la pared y la lavadora. Eran las 13:00 horas aproximadamente.

A las 16:00 horas revisé y todo seguía igual, lo mismo hice dos horas más tarde y no pasaba nada ya por la noche, a eso de las 00:00 horas regresé y las cosas no cambiaron en nada, “confiar y esperar”, “confiar y esperar”, pensaba una y otra vez.

La mañana del miércoles desperté a las 7:00 horas, pero del hecho ni me acordé hasta que mi esposa me dijo “puedes revisar a ver si cayó el ratón porque necesito lavar”, así que alrededor de las 8:00 horas fui de nueva cuenta a la lavandería.

Revisión uno: La trampa de goma estaba movida en un ángulo de 90 grados, el ratón lo había burlado.

Revisión dos: La trampa del baño estaba movida, la burló pero no cayó, aunque tampoco probó la carnada.

Revisión tres: La trampa junto al alimento del perro, estaba en el suelo volteada y “desactivada”, pensé: “esto va para largo”, pero lo que más me mortificó fue que mi esposa me iba a estar recordando una y otra vez del “inquilino incómodo”.

Fue al salir cuando me encontré al inquilino recostado y “muerto”, lo observé un poco, medía al menos 15 centímetros, gordo y de cola muy larga. “No sé si fue el veneno o tal vez la trampa lo golpeó en la cabeza, pero lo bueno es que ‘ya cayó’”, dije para mis adentros, así que más contento por prevenir reclamos le comuniqué el hecho a mi esposa.

Desagradable experiencia

Le tomé una foto al “trofeo”, y me dispuse a recogerlo, pero al empujarlo con la escoba el inquilino se dio media vuelta y casi se paró: estaba atontado, no sé por qué pero en ese momento traía solo la escoba en la mano así que me dediqué a golpearlo una y otra vez.

Mientras lo golpeaba con todas mis fuerzas y le lanzaba una serie de improperios, recordatorios del 10 de mayo y mi vocabulario florido y fluido alternaba palabras que no recuerdo la escoba se quebró, pero eso no importó, con lo que quedó lo seguí golpeando hasta que quedaron pedazos del mango.

Miré hacia un lado y vi una pala así que continué la refriega de diatribas y golpes en serie, hasta que vi que ya no se movía, la sensación es muy desagradable pero como dijo una compañera de trabajo: “lo malo es que si las ratas se mataran con insultos otra cosa sería”.

Terminé el ataque, quedé con sudor, con el desayuno a punto de regresarlo y temblando no sé por qué ni de qué, pero ya no pude conciliar el sueño en toda la mañana y mi “trofeo” la foto mejor la borré.

Ya pasaron 16 horas que tiré al “inquilino incómodo” marca “conejo” y la espalda aún me duele como si los palazos yo los hubiera recibido, pero reitero: mi concepción hacia los roedores cambió. “Ya no me son inclusive”, ahora siento repulsión o repugnancia. Una combinación de sentimientos que no logro de cifrar, aunque lo mejor de todo es que por lo pronto viviré en paz y sin reclamos. “La repugnancia y el asco me afectan más que el odio”, El Conde de Montecristo.

@JorgeEditor

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5 pensamientos en “Inquilino incómodo

  1. Ja, ja, me hiciste recordar uno de esos inquilinos, lo malo es que yo misma tengo que ingeniármelas para sacarlos ¿A quién le digo?

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