EXPERIMENTUM CRUCIS


Autor: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

No es desconocido que en el subconsciente colectivo cristiano late aquella expresión de Jesús de Nazaret que invita a tomar la cruz de cada día si se quiere o se pretende ser verdadero discípulo suyo (cfr. Mt. 16, 24 et par.).

Esta idea ha tenido un elenco enorme, quizá interminable, de interpretaciones y acomodos a conveniencia de cada persona o comunidad. Así, se identifican las dificultades cotidianas de la vida como “la cruz” que hay que cargar: los hijos, los padres, los hermanos, el jefe, el tráfico, las tentaciones, la pobreza, las enfermedades… y así hasta el infinito. ¿No hemos experimentado esto nosotros también? Y con abnegada resignación cargamos nuestra cruz.

Pero creo que la expresión, a la luz del mismo Jesús, roto su cuerpo y sus ideales en la cruz, grita al Abbá: ¡¿Por qué me has abandonado?! El grito desgarrador de Jesús provoca en nosotros deseos santos y buenos de correr a desclavarle, de gritar a sus verdugos la inocencia del Crucificado y, en un arranque de santa ira –si es que eso puede existir-, agarrarla contra los enemigos de Jesús.

Y lo que no queremos darnos cuenta es que ese es el más radical experimentum crucis o experiencia de la cruz. Nos cuesta trabajo creer, aceptar y entender que Jesús era impotente para desclavarse de la cruz, y que el Padre Dios era igualmente impotente para desclavar a Jesús y ponerlo a salvo. Lo que sí ocurrió es que el Abbá resucitó a Jesús, lo restituyó, dice Pedro en el discurso de Pentecostés, y confirmó y respaldó así sus palabras, sus acciones y toda su vida. Jesús, por su cuenta, en el último instante de su vida, hace un alarde de confianza y esperanza en el Abbá y le dice. En tus manos encomiendo mi espíritu.

Así pues, ese experimentum crucis es paradigma para todos nosotros. Dios no puede más que nuestra libertad y voluntad, ni que la libertad y voluntad de los demás seres humanos. También se muestra impotente ante la “autonomía de las realidades terrenas”. ¿Qué significa esto? Que si la libertad humana y la voluntad de la gente han desarrollado la tecnología nuclear, y un temblor de tierra da al traste con la planta nuclear, Dios no va a cambiar el curso natural de los acontecimientos suscitados por el ser humano. En pocas palabras, Dios no va a detener la radiación en Fukushima. Aunque le recemos, le ofrezcamos veladoras y sacrificios. Igual si pedimos que nos libre de los dolores de una enfermedad –como lo hacen la morfina o los analgésicos- o que mañana se detenga la guerra contra el narco y todos tan felices.

Esa es la verdadera experiencia de cruz de todos nosotros. En esto consiste el tomar la cruz, en hacernos responsables de lo que hacemos y decimos y apechugar ante las consecuencias de nuestros actos. Es por esto que la oración de petición se convierte, en el día a día, en el verdadero experimentum crucis para el cristiano.

Dice Andrés Torres-Queiruga* (2000: 80-81), sutil y profundamente, que a un Dios Padre-Madre, que desde siempre no busca otra cosa que nuestra plenitud y salvación, es obvio que no tiene sentido tratar de informarlo, convencerlo o moverlo a compasión con nuestro Te rogamos, ¡óyenos!; al contrario, todo nuestro esfuerzo ha de centrarse en dejarnos iluminar, guiar y convencer por Él. ¿No resulta objetivamente ofensivo querer recordarle a Dios que en África hay hijos suyos que pasan hambre, y suplicarle que tenga piedad de ellos?

Porque la situación es exactamente la contraria: es Dios quien, antes que nadie y con mayor compasión que nadie, escucha los gemidos de los que sufren (Ex 2,24); Él, quien suscita en nosotros la conciencia y el deseo de ayudarlos (cf. Ex 3,7-11); Él, quien -ahora sí- nos dice a cada uno: escucha y ten piedad de tus hermanos, que son mis hijos, y cuyos gritos son mis gritos.

Eso no sería grave si se tratase sólo de un juego de palabras, de un simple modo de hablar. Pero está en juego algo mucho más serio: los terribles efectos negativos que ese modo de orar tiene sobre nuestra imagen de Dios. Porque, con independencia de nuestras intenciones expresas, pedirle algo a Dios equivale a invertir todo el movimiento, situando la iniciativa del lado humano, y la pasividad del lado divino. Implica, en efecto, estar diciendo que somos nosotros los primeros en querer salvar el mundo, en compadecernos del sufrimiento, en interesarnos por el avance del bien, y que por eso rogamos para que también Dios colabore en el empeño.

No se trata de cancelar nuestra situación de indigencia y negar nuestra necesidad de Dios, sino de ser coherentes con el mensaje del Evangelio. Dios nos quiere libres y responsables ante el proyecto de salvación al que nos invita. La responsabilidad está en nosotros, ya que Dios nos amó primero, y está, como dice el poeta, sin pausa creando.

La oración del Padre nuestro, por excelencia la oración del cristiano, antes de realizar sus “peticiones” dice sin miedo: ¡hágase tu voluntad!

Y no se trata de renunciar a mi voluntad ni a mis deseos de crecer y de ser mejor, sino que es un decirle a Dios que sí estoy dispuesto a vivir conforme al proyecto de vida y de amor al que me ha invitado, donde Él espera que ahora haga mi parte, sin sacarle la vuelta a mis responsabilidades, sin convertirlo a Él en un “arreglalotodo”.

Y aquí es donde se experimenta la cruz en su más honda realidad. El mundo no es una burbuja color de rosa y linda. El mundo exige decisiones, implica violencia y muchas veces la muerte. No se trata de ser pesimista o fatalista, sino que hay que mirar con realismo la vida: Dios no va a quitarle a quien ha experimentado un secuestro, las secuelas psicológicas y físicas que ese trauma implica, pero a través de la cercanía de las personas que les aman, de la ayuda efectiva –profesional y de buena voluntad- se va experimentando también la mano suave y tierna de Dios que nunca se queda de brazos cruzados ante el dolor y el sufrimiento.

En conclusión, si crees realmente que Dios, el Abbá querido, es amor y que te ama más de lo que puedes imaginarte, pedirle sale sobrando. Y eso es esperanzador.

*TORRES-QUEIRUGA, Andrés (2000): Fin del cristianismo premoderno. Retos hacia un nuevo horizonte, Santander:Sal Terrae.

Comentarios a:

gabrioignaz@yahoo.com

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Un pensamiento en “EXPERIMENTUM CRUCIS

  1. excelente, invita a una verdadera refelxion sobre la necesidad de ser concientes y autocriticos, y la recomendacion escencial de nuestra responsabilidad en las oportunidades y decisiones, que finalmente es esta la vida, y haciendo permanecer a dios en nuestra vida es mantenner firme la fe , en el momento deactuar y a pesar de tantas dificultades.

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