DE HOY EN ADELANTE VAS A PEPENAR HOMBRES…

 Autor: Gabriel Verduzco

-¿Por qué hay ricos y por qué hay pobres?- volvió a preguntar Jesucristo cuando José Gómez regresó del trabajo.

-Porque así es el mundo –contestó el albañil.

-Pues qué mundo tan pinche –dijo Jesucristo.

Hace 32 años, en la Pascua de 1979, don Vicente Leñero publicó uno de sus libros emblemáticos: El evangelio de Lucas Gavilán. Como él mismo explica, el texto es una paráfrasis del evangelio de Lucas a la realidad sociopolítica del México de los 70s. Influido por la teología de liberación latinoamericana, el Evangelio de Lucas Gavilán se acerca mucho a una forma de lectura popular de la Biblia y su posterior reflexión teológica. El libro describe el escozor que la teología popular de la liberación y su alto contenido sociopolítico generaron –y generan aún- en los ambientes tradicionalistas, conservadores y “espiritualizados” del catolicismo mexicano. Sin embargo, hoy más que nunca, resulta pertinente volver a leer el texto con ojos de creyente que sigue preguntándose la razón de su esperanza, que a fin de cuentas ese es el papel de la teología.

Hijo del albañil José Gómez y de su esposa María David, Jesucristo Gómez David es un buen albañil, piadoso, listo y sensible a las necesidades de la gente desde que era un niño, allá en su pueblo, San Martín el Grande, Estado de México.

Una vez que asistió a una reunión del Frente Común, que lideraba su primo Juan Bautista, comprendió que

[…] era cierto. Cómo pasarse la vida trabajando nomás para el propio provecho. Cómo olvidar lo que dice el Evangelio. Cómo quedarse cruzado de brazos ante tanta miseria, ante tanta injusticia, ¡carajo!, no puede ser. Él no había nacido para trabajar de albañil (p. 55).

El evangelio de Lucas Gavilán -quizá sin quererlo, quizás no-, da al clavo en la cuestión del ser y quehacer cristiano, del seguimiento: el personaje central del evangelio es Jesucristo Gómez, un albañil de un pueblo del Estado de México. Su madre, María David lo bautiza con el nombre de Jesucristo porque

[…] Jesucristo vino a defender a los pobres y a luchar contra las injusticias. Maldijo a los ricos. Combatió a los explotadores. Dio su vida para cambiar este mundo… Por eso quiero que mi hijo se llame Jesucristo […] (p. 24)

Así, el texto de El evangelio de Lucas Gavilán es completamente provocador. Pero también recupera y nos hace sentir lo subversivo de la persona de Jesús y de los evangelios y que ahora hemos edulcorado, suavizado, corregido, reinterpretado y vaciado de esa fuerza de choque que implica el mensaje de la Buena Nueva del Reino:

-¡Me limpio con sus novenarios! En lugar de tanta rezadera, lo que Dios quiere de ustedes es que hagan algo contra esta pinche situación de injusticia, ¿no la sienten? Y si su fe no les sirve para eso, olvídense; ya lo dice el Evangelio: si un árbol no da fruto, a la chingada (p. 50).

Jesucristo Gómez encarna las actitudes, los pensamientos y las causas de Jesús de Nazaret. Lo interesante aquí es que, en la historia de la teología espiritual, los grandes maestros y místicos coinciden en señalar que el clímax de la vida cristiana llega cuando uno puede intercambiar su nombre con el de Jesús en los evangelios. Así, de sopetón, Lucas Gavilán nos hace caer en la cuenta que el papel de los creyentes es hacer vida a Jesús, pensar como él, actuar como él, amar como él…

Jesucristo Gómez, de unos 30 o 34 años, comienza entonces su actividad itinerante:

-Yo vine a alborotar los pueblos y cómo me gustaría ver ya a todos alebrestados (p. 171).

Se dedica a tiempo completo a la promoción de la justicia, a organizar a la gente en comités, agrupaciones, frentes vecinales… pues solo unidos y trabajando juntos es posible revertir la inercia de la sociedad individualista y burguesa. Así, un día ayuda a sus amigos pepenadores de Iztapalapa Pedro y Andrés Simón y Juancho y Santiago Zepeda, a pepenar para reunir 4,600 pesos (¡de aquellos años!) y poder pagarle a un agiotista. Tras el éxito, sus amigos se admiran de la habilidad de Jesucristo para la pepena:

-Comparado contigo yo soy un pepenador de quinta –dijo Pedro Simón.

Sucio, agotado, con las ropas ennegrecidas, el cabello pastoso, las manos hinchadas y tasajeadas de heridas y cicatrices, sonreía Jesucristo Gómez a sus amigos:

-De hoy en adelante vas a pepenar hombres –dijo a Pedro Simón. Y acompañado por los cuatro echó a andar (p. 80-81).

En esta tónica se mantiene Lucas Gavilán. Problemas de regularización de tierras, broncas sindicales, las dificultades del Seguro Social, las transas políticas, la corrupción… todo esto está presente en el texto para poder insistir en la lucha radical por la justicia. La justicia es el tema capital en Lucas Gavilán. Esta justicia tiene que llegar desde abajo, cambiándolo todo. Y no se puede engañar a Dios ni al propio corazón. O se está comprometido con ella o se hace bandera con la justicia para seguir fregando a los demás:

-Para ti todas las riquezas son mal habidas, ¿no dices?

-Yo digo que no se puede ser rico y estar al lado del pueblo. Como tampoco se puede ser rico y buen cristiano al mismo tiempo.

-Uh, pues hay muchos líderes campesinos que son millonarios –exclamó Felipe Higuera-. ¡Y los católicos! Todos los pinches burgueses son católicos.

-Acomodan el Evangelio a su conveniencia –agregó Tomás Carrillo.

Nadie puede acomodar el Evangelio a su conveniencia. –Jesucristo empezó a comer la otra mandarina.

-El Evangelio no tiene vuelta de hoja.

-Pues lo acomodan –insistió Tomás (p. 198-199).

En Lucas Gavilán queda de manifiesto que no se puede ser creyente cristiano -de cualquier confesión-, si no hay un compromiso auténtico con la justicia y por la lucha contra la marginación:

-Cuando triunfe la justicia de Dios no se va a medir a nadie por su fe, sino por sus obras. Y tenga la seguridad que habrá muchos creyentes que serán acusados de haber entorpecido la justicia y muchos incrédulos que serán reconocidos como creyentes por haber favorecido la justicia de la que habla el Evangelio (p. 179).

Y añade:

-Si ustedes dicen que el Evangelio es palabra de Dios, ¿cómo pretenden ser fieles a Dios olvidando lo que el Evangelio dice sobre los pobres? Y si ustedes dicen que Jesús es hijo de Dios, ¿cómo pretenden seguir a Jesús si no renuncian a todo para luchar por la justicia? (p. 257).

A poco más de 30 años de que Lucas Gavilán vio la luz por primera vez, el final del “discurso escatológico” tiene hoy un fuerte sabor de actualidad. Escuchamos hablar de protestas sociales en España, en Grecia y en Irlanda para cambiar los modelos económicos que empobrecen a los trabajadores. Los países islámicos hacen sus revoluciones exigiendo democracia real a los regímenes que tienen más de 30 años en el poder. En América Latina se va dando un cambio electoral por sistemas socialistas que reivindican luchas obreras, campesinas e indigenistas y plantan cara valientemente al sistema hegemónico de la economía de mercado neoliberal.

Y en México sigue creciendo el descontento ante una clase política insensible y sorda ante los clamores de justicia, democracia y alto a la violencia. En México, hay cada vez más personas inconformes con los manejos de la economía, con los cochupos políticos, con las farsas electorales, con la hipocresía de los líderes religiosos de cualquier denominación.

Ante estas cosas, la potente voz de Jesucristo resuena de forma profética:

-Llegará el día en que la fe saldrá de los templos y no será necesario encarcelar a Dios en las iglesias. La fe dejará de estar sujeta a dogmas para convertirse en una forma de vida […] Ojalá y para entonces no hayan renunciado ustedes a sus convicciones ni hayan perdido el espíritu de lucha y de justicia. Que cuando llegue el día de la liberación, cuando los oprimidos se levanten, los encuentren a ustedes combatiendo a su lado, en su misma trinchera (p. 259-260).

 LEÑERO, Vicente (1989): El evangelio de Lucas Gavilán, Seix Barral: México.

Escrito por: Gabriel Verduzco (Saltillo, Coahuila)

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