HISTORIAS DEL MUNDO BIZARRO

 Autor: Gabriel Verduzco

I

Manuel abrió la puerta de su habitación casi rompiéndola, pues le urgía entrar al baño. La comilona que había dado le descompuso el estómago. Y la mezcla de alcohol con picante siempre le había provocado problemas gastrointestinales muy severos.

Cruzó la sala con tres zancadas al tiempo que se quitaba el saco, corbata, camisa, cinturón y demás. Llegó al baño, aventó los pantalones de una patada, se bajó los boxers y se sentó rápidamente en el excusado. Una sinfonía de aromas y sonidos invadieron el lugar, aderezados con gestos de placer, alivio y júbilo.

Mientras, sobre la gran avenida, los transeúntes miraban a través de la vitrina gigantesca que hacía las veces de la pared del baño de Manuel, a éste, en plenitud de actividad escatológica.

II

Daniel llegó esa mañana a clases de un modo como nadie lo podía imaginar: estaba completamente sucio y maloliente.

“¿Pero qué te pasó?”, dijeron sus amigos.

“¡Oh, fue terrible!, dijo Daniel.

“Soñé que me caía al mar y que luchaba desesperadamente por no ahogarme. Las bocanadas de agua salada herían tremendamente mi garganta, yo manoteaba y pataleaba, hasta que mi desesperación me hizo despertar. Y cuando desperté me di cuenta que toda la noche había estado vomitando y nadando en mi propio vómito caliente”.

III

Juanita se cosía los muslos con hilo de cáñamo.

Juanita cantaba mientras hundía una y otra vez la aguja en su carne y los hilillos de sangre corrían por sus piernas: “Este oficio no me gusta, matarili-ri-lerón”.

IV

Cuando se murió la anciana del barrio nadie se dio cuenta. Un día, se abrió la puerta de su casa y salió de ella un enorme y rollizo gusano.

Los vecinos, espantados, vieron salir al monstruo y entraron a casa de la anciana. Su cuerpo estaba deshecho, sólo había pedazos de su cráneo y mechones de su pelo.

Un hilo de baba maloliente era el único rastro del gusano que la había devorado.

V

Una vez vi los gusanos que salían de un cadáver en descomposición. Entonces comprendí que la muerte es sólo la crisálida de la mariposa de la vida nueva.

VI

El arzobispo no pudo más y expelió una flatulencia en plena misa en catedral. No pudo disimular la vergüenza. Estaba rojo, a punto de estallar.

Entonces el canónigo gritó: “¡Amén!”

Desde entonces, el arzobispo siempre se tira de pedos en la misa y la multitud que asiste eufóricamente grita: “¡Amén, amén!”

Algunos afirman haber sanado de sus enfermedades y dolencias.

Escrito por: Gabriel Verduzco (Saltillo, Coahuila)

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