El obsceno placer de la tragedia

Escrito por: José Vieyra Rodríguez



Las telecomunicaciones han trastocado la forma de convivencia entre los seres humanos. Los acontecimientos que otrora tardaban días, quizá semanas o meses en darse a conocer para lugares lejanos a los afectados, hoy se comunican en minutos, y en algunos casos, en segundos. No es gratuito que una de las mayores luchas que se libran en los actuales países en revueltas sociales del mundo árabe se den en el terreno de las telecomunicaciones: censura de noticias, bloqueo de internet y telefonía celular, etc.

Al margen de los beneficios que pueden traer el acceso a la comunicación inmediata, también se ha introducido un elemento fundamental para la forma de vivencia de la noticia del mundo actual, esto es, la idea engañosa de poder verlo todo, y con ello la posibilidad de dar rienda suelta a nuestra más secreta pulsión escópica.

Las “tragedias” naturales (aún cuando nada en la naturaleza es una tragedia, puesto que es tragedia tan sólo en la sesgada mirada del humano que únicamente logra concebirla como afectándolo a sí mismo) nos brindan claras muestras de la forma en que se ha trastocado la vida a partir de las telecomunicaciones. En día de hoy (11 de marzo de 2011) nos hemos enterado de un terremoto ocurrido en Japón, el cual tuvo una magnitud de 8.9 grados. En este momento, pretendo dejar de lado la valoración moral del daño ocasionado por dicho evento, me interesa referirme a la forma en que vivimos el resto del planeta este suceso que pareciera “montado” para el espectador pasivo.

En tan solo unas horas, hemos recibido en occidente una abrumadora cantidad de imágenes que nos muestran la magnitud de los daños, pero no sólo eso, sino incluso el momento mismo en que ocurren. De esta manera, se da paso del televidente pasivo delante de la pantalla (televisor, computadora, celular) al activo observador participante del acontecimiento. Así mismo, la misma tecnología nos permite vincularnos a través de llamadas “redes sociales” en donde compartimos nuestros pensamientos e inquietudes sobre lo “visto”.  Ahora bien, parte fundamental de la comunicación virtual, es no sólo informarnos, sino además mostrarnos “los hechos”. Dándonos de esta forma aquello con lo cual podemos deleitarnos desde la comodidad de nuestro trabajo, hogar, escuela, o cualquier lugar, brindándonos  en todo momento la posibilidad de ver. Que en donde falten las palabras para narrarse, estén las imágenes para verse.

Es llamativo cómo el comentario popular y reiterativo gira en torno a lo atroz que es este suceso, lamentaciones y buenas intenciones se dejan escuchar y leer por doquier, sin embargo, también es llamativo la posición que adoptamos ante las imágenes que se nos presentan, las cuales son objetos cautivadores para nuestra mirada, aprensándonos de manera casi absoluta, dándonos descaradamente la imagen monstruosa de la destrucción y la muerte, imágenes que, sin embargo, otorgan un cierto placer, el placer obsceno de la tragedia.

En el caso de sucesos naturales, como los terremotos, inundaciones, etc., podemos incluso liberarnos de las ataduras de la moralidad, pues sabemos perfectamente que la naturaleza no lo hace por “mal”, logrando como espectadores incluso colocarnos en un lugar supuestamente ajeno al suceso, como un espectador que en nada participa, pero sí juzga. Caso diferente, por supuesto, son las imágenes de guerra –por citar un ejemplo– en donde, si bien las disfrutamos de igual manera, está siempre presente la ilusión de que pudo haberse evitado, en cambio, ante terremotos, nos libramos de todo rastro de culpa y damos rienda suelta a nuestra penetrante mirada virginal que tan sólo intenta “conocer” lo imprevisto.

Es erróneo pensar que esto únicamente pasa en magnitudes como las antedichas, está la misma dinámica constantemente ante nosotros, por ejemplo al pasar cerca de un accidente automovilístico es fácil percatarse de la disminución de la velocidad de los coches para ver el accidente, o acaso los reality shows que nos invitan a observar lo íntimo, aquello que es privado (privado de la mirada del otro, precisamente), mostrándonos que el placer de la mirada se apuntala no sólo en una erótica romántica, sino también en la obscena mirada de la “tragedia”.

@josevieyra

Autor: José Vieyra Rodríguez (Monterrey, Nuevo León)


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