El Infierno, Luis Estrada 2010, Lo trágico de lo mexicano.

Un gato en la oscuridad ve lo mismo que nosotros vemos: oscuridad. Pensar lo mexicano desde lo mexicano sólo nos hará ver lo trágico de lo mexicano.

Esta idea negativa sobre lo mexicano es parcial e inexacta. Ser mexicano no es una subespecie del ser hombre. Ser hombre es anterior al ser mexicano. No nacemos siendo un tipo de hombres, cómo si existiera esa composición genética en nosotros única que nos hiciera ser no de otra raza sino de “otro tipo de hombres”. De tal forma que frases como “Clásico del mexicano”, “El ingenio del mexicano”, “El mexicano es corrupto por naturaleza” expresarían esa inconsciencia trágica  contenida, supuestamente, en nuestros genes, casi semejante a un destino manifiesto, que se  ensaña con más fuerza en los ámbitos competitivos: “¡Jugamos como nunca, perdimos como siempre!”, “Pasemos del México del sí se pueda al México del No se pudo” Parece que ser mexicano es trágico, como si nacer en México fuera  todo menos ser hombre.

La película El Infiernos nos narra la historia de un emigrante, “el Beny”, que después de 20 años regresa a México. Se encuentra con una condición desfavorable: nada ha cambiado y todo ha empeorado. Él pretende  rehacer su vida buscando trabajo, pero al no obtenerlo se ve “obligado” a caer en las redes del narcotráfico. La vida es dura, pero en el narco es  El Infierno.

Si tomamos en cuenta para cada época existe un diseño de lo que es ser mexicano. Podemos decir  que es una imagen perdida, extraviada o, peor aún, oculta: ser mexicano es no ser. Por ejemplo: los comerciales aparecen personas con rasgos que se asemejan más a los vecinos del norte que al mexicano típico. Es una imagen oculta, detrás de esos hombres de cara blanca  y con cabellos castaño está escondido el mexicano. Al parecer, porque gusta más representarse que presentarse. Porque cada vez que se presenta se presenta de tal modo que su idea de sí, como se concibe, le es incómoda. Es preferible mirar lo que no somos a ver lo que pensamos que somos. No existimos para nosotros mismos, no somos, nos avergonzamos de lo que incluso no somos.

El Infierno, al parecer, es el ser mexicano y ¿qué es ser mexicano? Es el ser narco. Como lo habíamos dicho, es ese destino trágico manifiesto, que como destino es inevitable: hagas lo que hagas, seas como seas, terminarás en el narco. No importa si eres de los pobres o de los ricos, éstos representados dentro de la película  con la sátira de siempre del cura, el político, el profesor que de ser los amigos del hombre, en el universo de Estrada, terminaron siendo los enemigos y precursores de lo trágico del mexicano. Acabar con ellos no es la solución, pero por lo menos sacia el ámbito de la rabia tomar un arma y disparar contra ellos que representan lo que oprimen, porque los que oprimen son los responsables de que se cumpla ese destino. Ser narco, no es opción, es la realización de lo trágico mexicano.

Por esta razón todos estos “oprimidos” no tiene libertad, ni opción, ni conciencia, ni imagen, es decir no son, por lo cual, son menos que hombres, porque lo que nos da la constitución de estar por encima del llamado destino natural es la libertad, la voluntad y el entendimiento. Lo trágico de lo mexicano dicta, según la película, que no tenemos ninguna de estas cualidades. El yo es menos que sus circunstancias, el yo no es libre, no tiene voluntad, no tiene entendimiento, las circunstancias hacen al Yo. Esta es la nueva dialéctica de aquello que dijo Ortega y Gasset el hombre es el Yo y sus circunstancias. Ahora en el México de Luis Estrada son las circunstancias las que hacen al hombre, no hay Yo, no hay individuo, ni sujeto, no somos, todo lo que tenemos son circunstancias, por lo tanto el mexicano es menos que hombre.

El gato en la oscuridad ve lo mismo que nosotros: oscuridad. El Infierno es una película filmada con ojos de gato. No nos deja ver, nos muestra únicamente lo que vemos. Nuevamente aquel proverbio: “El árbol no te deja ver el bosque”. Lo mexicano no te deja ver el hombre. Antes que ser mexicanos, somos hombres, con libertad, voluntad y entendimiento. Las circunstancias nos complican o nos ayudan a deliberar y a tomar postura, pero no nos definen. Estamos en ellas, pero no somos ellas. En el país existe el narco, pero no somos el narco. Sí, en muchas partes de la  estructura social se  encuentra sus cómplices, pero no son ellas, el narco no es la Iglesia, el narco no es la política, el narco no es la educación. El narco son individuos, que al igual que nosotros viven en México, pero no definen ni a México, ni a nosotros que somos mexicanos. Son una de las tantas circunstancias que hay en un país como el nuestro, pero no es absoluto, no es nuestro destino. No es solo la criticable guerra contra el narco lo que causa el descontento, es no tener todas las circunstancias necesarias para ser humano.  Pero sí tenemos lo indispensables para ser humano: el ser persona, más que ser un Yo solitario, somos un Yo con un Tú, todo el tiempo. Somos personas en relación, antes de ser mexicanos somos personas. Lo trágico de lo mexicano, no está en ser mexicano, sino en no contar con todas las garantías que nos lleven a ser plenamente personas. El mexicano es persona e igual que cualquier otra en el mundo se entristece cuando no tiene lo necesario para lograr su realización personal, pero su desgracia no es ser de tal o cual nación, es no lograr ser. Somos algo más que mexicanos, somos personas, somos también un pueblo porque tenemos un fin que compartimos en común y que ésta por encima de las circunstancias, actuales, pasadas o futuras, ser felices.

Las circunstancias nos agobian, pero mirar por encima de ellas nos hacen ver no la oscuridad, estar por encima de ellas nos permiten ver al árbol y al bosque, no ver que sólo que somos mexicanos, ver que somos parte de algo más universal: somos personas. Ese fin es esperanzador, porque es no dejarse llevar por el sentido trágico de lo mexicano, es no dejar que eso nos haga absolutos. Estamos por encima de ser mexicanos, somos personas, con la capacidad de ser por encima de toda circunstancia y capaces de cambiarla. No es ella la que nos hace, podemos cambiarla a otras circunstancias que realmente nos realice.

Lo trágico de lo mexicano no es el hecho de ser mexicano, es lo trágico de cualquier hombre sobre la tierra: no ser feliz. Y esto, por lo tanto, no es nuestra tragedia, la tragedia es no ser feliz. Pero tenemos todo, al igual que todo ser humano, de cambiar esto y logra aquello que hoy es la contradicción necesaria de crédito, de creer, ser mexicano es ser persona y, por lo tanto, capaz de ser por encima de las circunstancias. Esto no es mirar con ojos de gato, es mirar con ojos de lo que sí somos: un águila que es capaz de devorar sus propias  circunstancias, un águila que devora una serpiente, no una serpiente que se devora a sí misma, un águila que ve por encima y que está por encima de sus circunstancias. Eso no es solo ser persona, eso es por mucho: ser mexicano.

Autor: Jorge Anaya (México, D.F.)

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