‘Échale mi carnalito’

Escrito por: José Jorge Hernández B.

Lunes 9:34 horas, me encuentro dando vueltas afuera de la avenida Magisterio, sitio donde está situada la Secretaría de Educación y Cultura (SEyC), a donde fui para hacer un trámite, pero no encuentro estacionamiento, llego casi al bulevar Francisco Coss y me regreso hasta la Ciudad Deportiva, no hay ni un solo cajón.

A la SEyC fui para hacer un trámite, nunca batallo para estacionarme, pero este día se inauguró la Ciclovía y aunque soy ciclista, en ese momento en mi calidad de “automovilista” detesto la nueva iniciativa y prestación del Gobierno Municipal.
Al fin hallo un sitio donde estacionarme, pero nunca vi un ciclista en la pista, eso sí, muchos policías vigilando la Ciclovía. “De qué sirve”, me pregunté.

Dicen que el pez por su boca muere y así me pasó. 72 horas y 10 minutos después me encontraba ya en la Ciclovía, a la altura de la calle Héctor Saucedo, una cuadra atrás del periférico Luis Echeverría.

Desde hace tiempo pedaleo, de hecho iba a trabajar en bicicleta, claro con mi casco y guantes; así que sé lo que es circular por las calles de Saltillo, bajo el sobresalto, el miedo al transporte urbano, los automovilistas que te echan el carro encima, aunado a esto, me he tocado publicar decesos y un sinfín de ciclistas atropellados, aún así, me aventuro a circular por la selva de asfalto.

Una sensación nueva, de bienestar y hasta de seguridad me invade mientras recorro los primeros metros de la Ciclovía, paso el periférico, eso sí, hay que tener precaución con los autos estacionados que salen de reversa en Paseo de la Reforma, llego a la SEyC y recuerdo mi aventura del lunes, sólo me río, para ese entonces la vía ciclista se convirtió para mí en la octava maravilla del mundo.

Al llegar al parque Francisco I. Madero me asombro aún más, “¡Hay semáforo hasta para los ciclistas!, muy bien Jericó”, pienso y continúo mi viaje de manera tranquila hasta llegar al Ateneo, Preparatoria situada en el bulevar Venustiano Carranza, frente al Tec de Saltillo.

10:00 horas, me encuentro afuera de la Preparatoria buscando un semáforo similar al situado en Valdés Sánchez y Nazario Ortiz Garza, el que está por el parque de los Saraperos, pero no hay nada y la continuidad con la que circulaba se rompe.
Pienso y me pregunto, ¿ahora por dónde… acaso por arriba del puente? o ¿cómo le hago? Luego de estar parado y adivinando, decido pasar con precaución el transitado y accidentado bulevar saltillense, cuatro minutos duró mi indecisión y confusión.

Al fin me decido, me bajo de la bicicleta, caminando y con mucha precaución lo paso, pero para retomarlo es una odisea, hay mucho movimiento afuera del Tec, autos se paran, también taxis y bajan pasaje, más precaución si no quiero salir accidentado.

10:06 horas. Estoy frente al Colegio La Paz y decido parar mi recorrido para regresar, veo a los costados, y a las 10:10 abordo mi bicicleta y emprendo la carrera, de nueva cuenta al llegar al bulevar tardo varios minutos en pasar y es ahí donde me encuentro otro ciclista también confundido por querer pasar.

De regreso me llama la atención un factor que creo los peatones deben tomar en cuenta, para ellos no existe la Ciclovía, no toman precauciones para cruzarla, los mismo ocurrió en avenida Universidad, que en la UAdeC, así como en Camporredondo, tuve que frenar porque ellos pasan y ni siquiera ven al ciclista, creo que es parte del proceso.

Durante el regreso pienso y hago la estructura de cómo voy a redactar mi experiencia con la Ciclovía, y qué título le pondré, es ese preciso momento en que el copiloto que viaja en una camioneta blanca me grita “échale carnalito”, y que me cae como anillo al dedo.

A las 10:15 horas estoy frente a la Casa de los Saraperos, casi el doble de tiempo fue lo que duré parado en el V. Carranza para poder pasar, continúo mi viaje y al llegar al Paseo de la Reforma siento el temor, en toda la extensión de la palabra.

Choferes de transporte urbano circulan por encima de la raya que marca la Ciclovía, hay mucho movimiento de autos que salen y entran a los negocios, pero lo más peligroso que sentí son los vehículos que tratan de incorporarse e invaden la vía de ciclistas y los camiones dejan poco espacio, casi siento que me aplastan.

10:25 horas, salgo de la vía con un mar de reacciones, dudas y sentimientos, es una maravilla, es un buen intento, es un buen proyecto, es como todo, al principio se batalla, pero luego se acomoda uno.

Dicen que lo que no puedes ver en tu casa los has de tener. A mi esposa le molesta la Ciclovía, lástima que está casada con una persona que le gusta pedalear y que en los próximos días contará con su segunda bicicleta.

Vivimos en tiempos de vanguardia, Saltillo no se queda atrás y el Municipio tampoco, aprovechen las bondades que la Ciclovía ofrece, es una agradable experiencia, eso sí, desde mi experiencia sólo puedo decir que falta mucha cultura y educación tanto a los peatones como a los automovilistas.

PD: “Toda solución genera nuevos problemas”. Murphy.

José Jorge

José Jorge

Saltillo,Coahuila, México
Coordinador operativo en medio de información. Apasionado por el periodismo. Me gusta leer, correr y pasear en bicicleta…

“Emperrada” enfermedad

Autor: José Jorge Hernández

“Todo mundo, de alguna o de otra forma,
está relacionado con esta enfermedad para la cual no hay cura,
sólo paliativos que retardan lo inevitable: la muerte”.
Jesús R. Cedillo, periodista, poeta y escritor.

Lucrecia y Rosario, con su sufrimiento y su partida a causa de cáncer me dejan una enseñanza que comparto con quienes me leerán.

Dicen que las desgracias nunca llegan solas, y valga la pena la redundancia, desgraciadamente es verdad. Una vez más, creo, me toca “vivir” la muerte por partida doble. La ocasión anterior, (hace como cinco años), viví una experiencia desagradable con 48 horas de diferencia. Perdí a un amigo y luego a mi cuñado, hermano de mi esposa.

Ahora, casi vivo la misma situación, con dos mujeres cercanas a mi vida: Lucrecia, una amiga, casi hermana desde la infancia, quien acaba de fallecer a los 37 años, y Rosario, una prima hermana de 56 años, que vive sus últimos días, ambas a causa del cáncer.

Y ante la ya casi doble pérdida, aunadas a situaciones personales que he experimentado en estos días de Dios, hago una pausa en mi vida para reflexionar y compartir con quien tenga la oportunidad acerca de la “emperrada” enfermedad, el cáncer.

La palabra “emperrada”, que se me quedó “pegada”, “emperrada” en la mente, la tomé del maestro Jesús R. Cedillo, en una de las muchas y enriquecedoras colaboraciones que escribió en el periódico Vanguardia, donde a menudo leo sus aventuras.

Y ahora, con las recientes experiencias, busqué la definición de la palabra. “Emperrarse” quiere decir obstinarse, no ceder. Y así entiendo que es el cáncer, en sus diferentes padecimientos, pero, en esta ocasión me avocaré al que ataca a las mujeres.

En México como en el mundo se celebra el Día Internacional del Cáncer, también cada octubre se nos recuerda el Día Mundial del Cáncer de Mama y todos sabemos que la enfermedad citada es de las principales causas de mortandad en el mundo.

Como cada día que se celebra en México nos dan estadísticas, hay anuncios de televisión, conferencias, la Primera Dama del país emite un mensaje. Hay slogans. En redes sociales nos atrevemos a poner una imagen del día, se utiliza el moño rosa y nos preocupamos por nuestras compañeras laborales, amigas y familiares. Les damos mensajes, les decimos que son lo más valioso para nuestra existencia y al siguiente día todo se acabó, nos olvidamos y ya no hacemos nada por luchar contra la enfermedad.

Clave: la prevención

Otra vez, todos lo sabemos, pero no lo comprendemos hasta que nos toca vivirlo en carne propia. Creo que son cosas del ser humano, pero bueno, ese es otro tema, lo que sí comparto es que desde mi punto de vista, para muchas féminas que le dan color, brillo y felicidad a nuestra existencia les es difícil acudir al ginecólogo.

Por temor, pudor, desidia, causas económicas y otros factores no “se atreven” a revisarse periódicamente y me atrevo a confirmarlo luego de “levantar una encuesta platicadita” entre conocidas y compañeras de trabajo, a menos que mi entorno sea diferente al de todos.

Creo, y me atrevo a sugerir desde mi punto de vista limitado, que las madres deben pensar en educar en materia de salud a sus hijas desde pequeñas. Opino que las ayuden a vencer los tabúes que les impiden ir a revisarse periódicamente, tal como debe ser para prevenir el padecimiento que las aqueja y literalmente las hace vivir un vía crucis en sus vidas para finalmente aniquilarlas, es duro el término, pero es la realidad y lo digo con el dolor, la molestia y la tristeza que me embargan.

El sufrimiento por la revisión en cada Papanicolau, o el palparse, no nada más es de ustedes (mujeres), también de nosotros. Bueno, al menos mío, que sufro cada vez que mi esposa se revisa (a quien también le cuesta mucho ir).

Recuerdo todavía los sentimientos encontrados que tuve la última vez que mi esposa acudió al ginecólogo. Al salir de la consulta me dijo, no sé si en tono molesto: “Ahora sí estarás contento, después de que estuviste chin.. y chin.. al fin se te hizo”.

Primero: celebré mi “victoria” porque le hice ir. ¡Claro! Me valí de muchos argumentos para hacerla reflexionar y convencerla de que fuera (eso creo).

Segundo: me dolió su revisión y no sólo en esa consulta, sino también en las anteriores, pero al final, todo es para que ella, nuestra hija y sus familiares tengamos calidad de vida. Afortunadamente el diagnóstico fue negativo.

Tercero: pensé en el resto de las mujeres que le dan alegría a nuestra existencia, las que van y reciben un diagnóstico fatal y las que nunca van y cuando van, ya es demasiado tarde.

Finalmente, no pasaron más de dos semanas cuando recibí las fatales noticias de Rosario y Lucrecia. Otra vez, con menos de 48 horas de diferencia, no pienso más para no darle más vueltas al asunto.

Luego de la reflexión pienso que es responsabilidad y obligación de todos (hombres y mujeres) prevenir la “emperrada” enfermedad, por eso me atrevo a cerrar con los siguientes mensajes que encontré en la red:

Hombres: si en verdad las amas, exhorta a TODAS las mujeres que quieres a practicarse exámenes regulares y a tomarse por lo menos una mamografía al año.

Mujeres: son ustedes sinónimo de vida, llevan en su vientre el milagro de la creación, el amor sublime, la ternura y la esperanza de vida. Son un toque amoroso de dulzura y compresión…

En pocas palabras, ellas (las mujeres) son más que las palabras, son todo en este mundo, por lo tanto, las queremos bellas, pero sobre todo saludables.

PD. Una vela no pierde su luz por compartirla con otra.

jorgeniech

Escrito por: José Jorge Hernández (Saltillo, Coahuila).