¿Jesús se fue al Cielo?

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

Cuando la otrora Unión Soviética puso al primer hombre en órbita, en la persona de Yuri Gagarin, los líderes del ateísmo comunista científico se regocijaron al constatar que, allá afuera no estaba Dios, ni nada por estilo.

Esta expresión que hoy puede sonar risible, representa una tradición cultural, un paradigma sociorreligioso que, para muchos, sigue operando en sus vidas de modo inconsciente.

Los textos neotestamentarios, escritos en este ámbito cultural premoderno, no pretenden describir un movimiento de traslación de Jesús cuando afirman que subió al cielo. Veamos, el evangelio de Marcos (ca. 60 d.C.) señala que el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Mateo (ca. 70 d.C.) solo señala que yo (Jesús) estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo. Lucas (ca. 90 d.C.) es el más pródigo en detalles, pues en el evangelio menciona que Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Y en el texto de los Hechos agrega que serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra. Dicho esto, los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos.

Los textos evangélicos y de los Hechos son testimonios de fe y se mueven en el horizonte simbólico. Es por eso que tienen un doble aspecto, uno apunta a Jesús y otro a la comunidad creyente.

En lo que apunta a Jesús, se señala que subió al cielo o fue llevado al cielo. No es una referencia de tipo topográfica o espacial, sino que, dado que el cielo es símbolo del ámbito divino, funciona como una confesión de fe: Jesús pertenece por entero a Dios y a lo divino. La glorificación de Jesús no solo es la resurrección, sino también su pertenencia por entero a Dios. Esta confesión de fe permitirá el posterior desarrollo del dogma trinitario.

El otro aspecto, que apunta al creyente, tiene que ver con la responsabilidad. Jesús resucitado se va al cielo y ahora empieza el tiempo del creyente, del seguidor. Jesús ya no está en medio del grupo de creyentes para instruirlos o aconsejarlos. Es ahora el tiempo de los seguidores de Jesús que, con su vida, han de hacerlo presente en sus trabajos, en sus hogares, en su caminar cotidiano. Somos nosotros los que tenemos que hacer vida a Jesús en el mundo.

Los soviéticos no hallaron a Dios allá afuera, y ningún astronauta actual o los habitantes de la Estación Espacial Internacional no lo han de ver –ni lo verán- allá en el espacio. pero deberán de verlo en cada uno de los que creemos en Él, que seguimos en este mundo con la grave responsabilidad de amar como amó Jesús, de sentir como Jesús sintió, de pensar como Jesús pensó. Como dice el himno de esta fiesta: “No, yo no dejo la tierra, no yo no olvido a los hombres… comienza su tarea”.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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El conflicto de la Resurrección

Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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Se suele decir en teología que la resurrección de Jesús no es un hecho “histórico”, con lo cual se quiere decir no que su realidad está más allá de lo físico. La resurrección de Jesús no es un hecho realmente registrable en la historia; nadie hubiera podido fotografiar aquella resurrección. La resurrección de Jesús objeto de nuestra fe es más que un fenómeno físico. De hecho, los evangelios no nos narran la resurrección: nadie la vio. Los testimonios que nos aportan son de experiencias de creyentes que, después, “sienten vivo” al resucitado, pero no son testimonios del hecho mismo de la resurrección.

La resurrección de Jesús no tiene parecido alguno con la “reviviscencia” de Lázaro. La de Jesús no consistió en la vuelta a esta vida, ni en la reanimación de un cadáver. La resurrección, tanto la de Jesús como la nuestra, no es una vuelta hacia atrás, sino un paso adelante, un paso hacia otra forma de vida, la de Dios.

Importa recalcar este aspecto para darnos cuenta de que nuestra fe en la resurrección no es la adhesión a un “mito”, como ocurre en tantas religiones, que tienen mitos de resurrección. Nuestra afirmación de la resurrección no tiene por objeto un hecho físico sino una verdad de fe con un sentido muy profundo, que es el que queremos desentrañar.

¿Por qué la noticia de la resurrección suscitó la ira y la persecución por parte de los judíos? La buena noticia de la resurrección fue conflictiva. Noticias de resurrecciones eran en aquel mundo religioso menos extrañas que hoy. A nadie hubiera tenido que ofender en principio la noticia de que alguien hubiera tenido la suerte de ser resucitado por Dios. Sin embargo, la resurrección de Jesús fue recibida con una agresividad extrema por parte de las autoridades judías. Hace pensar el fuerte contraste con la situación actual: hoy día nadie se irrita al escuchar esa noticia. ¿La resurrección de Jesús ahora suscita indiferencia? ¿Por qué? ¿Será que no anunciamos la misma resurrección, o que no anunciamos lo mismo en el anuncio de la resurrección de Jesús?

Leyendo más atentamente los Hechos de los Apóstoles ya se da uno cuenta de que el anuncio mismo que hacían los apóstoles tenía un aire polémico: anunciaban la resurrección “de ese Jesús a quien ustedes crucificaron”. Es decir, no anunciaban la resurrección en abstracto, como si la resurrección de Jesús fuese simplemente la afirmación de la prolongación de la vida humana tras la muerte. Tampoco estaban anunciando la resurrección de un alguien cualquiera, como si lo que importara fuera simplemente que un ser humano, cualquiera que fuese, había traspasado las puertas de la muerte.

Los apóstoles anunciaban una resurrección muy concreta: la de aquel hombre llamado Jesús, a quien las autoridades civiles y religiosas habían rechazado, excomulgado y condenado. Cuando Jesús fue atacado por las autoridades, se encontró solo. Sus discípulos lo abandonaron, y Dios mismo guardó silencio, como si estuviera de acuerdo. Todo pareció concluir con su crucifixión. Todos se dispersaron y quisieron olvidar.

Pero ahí ocurrió algo. Una experiencia nueva y poderosa se les impuso: sintieron que estaba vivo. Les invadió una certeza extraña: que Dios sacaba la cara por Jesús, y se empeñaba en reivindicar su nombre y su honra. Jesús está vivo, no pudieron hundirlo en la muerte. Dios lo ha resucitado, lo ha sentado a su derecha misma, confirmando la veracidad y el valor de su vida, de su palabra, de su Causa. Jesús tenía razón, y no la tenían los que lo expulsaron de este mundo y despreciaron su Causa. Dios está de parte de Jesús, Dios respalda la Causa del Crucificado. El Crucificado ha resucitado, está vivo.

Y esto era lo que verdaderamente irritó a las autoridades judías: Jesús les irritó estando vivo, y les irritó igualmente estando resucitado. También a ellas, lo que les irritaba no era el hecho físico mismo de una resurrección, que un ser humano muera o resucite; lo que no podían tolerar era pensar que la Causa de Jesús, su proyecto, su utopía, que tan peligrosa habían considerado en vida de Jesús y que ya creían enterrada, volviera a ponerse en pie, resucitara. Y no podían aceptar que Dios estuviera sacando la cara por aquel crucificado condenado y excomulgado. Ellos creían en otro Dios.

Pero los discípulos, que redescubrieron en Jesús el rostro de Dios como Dios de Jesús comprendieron que Jesús era el Hijo, el Señor, la Verdad, el Camino, la Vida, el Alfa, la Omega. La muerte no tenía ningún poder sobre él. Estaba vivo. Había resucitado. Y no podían sino confesarlo y “seguirlo”, “per-siguiendo su Causa”, obedeciendo a Dios antes que a los hombres, aunque costase la muerte.

Creer en la resurrección no era pues para ellos una afirmación de un hecho físico-histórico que sucedió o no, ni una verdad teórica abstracta , sino la afirmación contundente de la validez suprema de la Causa de Jesús, por la que es necesario vivir y luchar hasta dar la vida.

Creer en la resurrección de Jesús es creer que su palabra, su proyecto y su Causa, el Reino, expresan el valor fundamental de nuestra vida.

Y si nuestra fe reproduce realmente la fe de Jesús: su visión de la vida, su opción ante la historia, su actitud ante los pobres y ante los poderes, será tan conflictiva como lo fue en la predicación de los apóstoles o en la vida misma de Jesús.

En cambio, si la resurrección de Jesús la reducimos a un símbolo universal de vida postmortal, o a la simple afirmación de la vida sobre la muerte, o a un hecho físico-histórico que ocurrió hace veinte siglos, entonces esa resurrección queda vaciada del contenido que tuvo en Jesús y ya no dice nada a nadie, ni irrita a los poderes de este mundo, o incluso desmoviliza en el camino por la Causa de Jesús.

Lo importante no es creer en Jesús, sino creer como Jesús. No es tener fe en Jesús, sino tener la fe de Jesús: su actitud ante la historia, su opción por los pobres, su propuesta y su lucha decidida.

Creer lúcidamente en Jesús en esta América Latina, o en este Occidente llamado “cristiano”, donde la noticia de su resurrección ya no irrita a tantos que invocan su nombre para justificar incluso las actitudes contrarias a las que tuvo él, implica volver a descubrir al Jesús histórico y el sentido de la fe en la resurrección.

Creyendo con esa fe de Jesús, las “cosas de arriba” y las de la tierra no son ya dos direcciones opuestas, ni siquiera distintas. Las “cosas de arriba” son la Tierra Nueva que está injertada ya aquí abajo. Hay que hacerla nacer en el doloroso parto de la Historia, sabiendo que nunca será fruto adecuado de nuestra planificación sino don gratuito de Aquel que viene. Buscar “las cosas de arriba” no es esperar pasivamente que suene la trompeta del juicio final, sino hacer realidad en nuestro mundo el Reinado del Resucitado y su Causa: Reino de Vida, de Justicia, de Amor y de Paz.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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La Pascua también es Justicia


Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles


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Don Ezequiel Castillo, sacerdote sabio y santo, explica en su libro “Tú eres el Cristo”, que la Causa del Reino que realiza Jesús, se va haciendo efectiva paulatinamente a través de las palabras y las acciones que hace durante su vida. Así, el Reino se hace vida cuando denuncia el pecado, las injusticias o los abusos. El Reino se hace vida cuando Jesús sana enfermos o cuando se comparten los alimentos. Estos rasgos anuncian que el Reino de Dios ya está en la tierra y en la historia, son pequeños signos, como la semilla de mostaza o la levadura en la masa (cfr. Mc. 4,30-32; Mt. 13, 33).

La práctica de Jesús lo conduce también a un irremediable conflicto con las autoridades de Israel y de Roma. Las denuncias valientes y las prácticas alternativas de vida que hace Jesús lo vuelven blanco de los ataques de las estructuras injustas de su tiempo que lo condenan a muerte. Y en este punto, Jesús asume la muerte como el paso necesario para que el Reino llegue de forma definitiva. De ahí las expresiones bíblicas “era necesario que el Mesías padeciera…” (cfr. Lc. 24, 26).

Los evangelios dan razón de esa conciencia que Jesús asume, donde la muerte es el paso necesario para que el Reino de Dios llegue definitivamente a la historia humana. Pero no será la muerte lo que haga que el reino llegue definitivamente, sino la Resurrección, es decir, la respuesta gratuita e insospechada del Abbá de Jesús, que lo desclava de la cruz y lo restituye con la resurrección.

Así, la Pascua de Jesús es la llegada definitiva del Reino de Dios en la historia humana. Es la irrupción de Dios en la vida de modo decisivo, irreversible y definitivo. El Reino ya está aquí. Las primitivas comunidades vivieron en esta dinámica del Reino anunciado por Jesús y buscaban realizarlo en su día a día. Por ello Pablo explica que el Reino de Dios es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo (cfr. Rm. 14, 17). Luego entonces, la práctica de la justicia, su realización, es signo de la presencia del Reino.

Ahora bien, la Iglesia se ha entendido a sí misma como signo del Reino. La Iglesia está llamada a ser la levadura en la masa, no la masa. Por ello, Alfred Loisy denunciaba, a fines del siglo XIX, que Jesús anunció el Reino y lo que apareció fue la Iglesia, ya que esta se volvió una institución caduca y lejana, muy lejana, del proyecto del Reino, dada su riqueza, su ostracismo y su incapacidad para responder al mundo moderno e Ilustrado.

Tras la reforma del Vaticano II en los años 60s, la Iglesia se miró a sí misma de nuevo como signo del Reino. Su papel es mostrar el rostro del Reino a la humanidad, sin que por ello agote las formas de realización del mismo Reino de Dios.

Para los cristianos, la solidaridad radical con el necesitado y la pobreza evangélica son señas de identidad. El privilegio, el poder y las riquezas patrimoniales son contrarios al evangelio. La fidelidad al mensaje de Jesús en este terreno impele a seguir reclamando la autofinanciación de la Iglesia, sin recurrir a privilegios.

Aquí incide de modo especial la figura de Jesús como Buen Pastor, tan querida en este tiempo de Pascua. El pastor bueno se preocupa de sus ovejas. Es su primer rasgo. No las abandona nunca. No las olvida. Vive pendiente de ellas. Está siempre atento a las más débiles o enfermas. Los relatos evangélicos describen a Jesús preocupado por los enfermos, los marginados, los pequeños, los más indefensos y olvidados, los más perdidos. No parece preocuparse de sí mismo. Siempre se le ve pensando en los demás. Le importan sobre todo los más desvalidos. El amor de Jesús a la gente no tiene límites. Ama a los demás más que a sí mismo. Ama a todos con amor de buen pastor que no huye ante el peligro sino que da su vida por salvar al rebaño.

Hoy se necesitan Buenos Pastores entre nosotros, que hagan presente la justicia, la solidaridad y la esperanza en nuestro mundo.

No + sangre.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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Una historia de fantasmas


Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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“¿Qué es un fantasma? un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez… un instante de dolor quizá. Algo muerto que parece por momentos vivo, un sentimiento suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa, como un insecto atrapado en ámbar. Un fantasma, eso soy yo…

Así hablaba Federico Luppi en aquella excelente película “El espinazo del diablo”. El diccionario nos dice que fantasma, del griego phántasma, es una visión quimérica como la que ofrecen los sueños o la imaginación calenturienta; imagen de una persona muerta que se aparece a los vivos; espantajo o persona disfrazada que sale por la noche a espantar a la gente.

Cuenta Lucas en el evangelio (24, 36-38) que cuando se presenta Jesús en medio de los discípulos en la noche del día de la resurrección, y a pesar de que estaban hablando de Él, se asustan y hasta llegan a sentir miedo. Los eventos de la Pasión no han podido ser asimilados suficientemente por los seguidores de Jesús. Todavía no logran establecer la relación entre el Jesús con quien ellos convivieron y el Jesús resucitado, y no logran tampoco abrir su conciencia a la misión que les espera. Digamos entonces que hablar de Jesús, implica algo más que el simple recuerdo del personaje histórico, Jesús no es un tema para una charla intranscendente.

Este dato sobre la confusión y la turbación de los discípulos no es del todo fortuito. Los discípulos creen que se trata de un fantasma; su reacción externa es tal que el mismo Jesús se asombra y corrige: “¿por qué se turban… por qué suben esos pensamientos a sus corazones?”…

La experiencia pascual de los Apóstoles narrada por el Evangelio nos muestra cómo les costó trabajo modificar sus esquemas culturales y psicológicos. Las expectativas mesiánicas de los Apóstoles reducidas sólo al ámbito nacional, militar y político, siempre con característica triunfalistas, tuvieron que desaparecer de la mentalidad del grupo porque no eran compatibles con la realidad de la Pascua. Y siguen siendo incompatibles hoy. No fue fácil para estos rudos hombres rehacer sus esquemas mentales, sospechar de la validez aparentemente incuestionable de todo el legado de esperanzas e ilusiones de su pueblo. No quedaba otro camino. El evento de la resurrección es antes que nada el evento de la renovación, comenzando por las convicciones personales.

Aclarar la imagen de Jesús es una exigencia para el discípulo de todos los tiempos, para la misma Iglesia y para cada uno de nosotros hoy. Ciertamente en nuestro contexto actual hay tantas y tan diversas imágenes de Jesús, que no deja de estar siempre latente el riesgo de confundirlo con un fantasma. Los discípulos que nos describe Lucas sólo tenían en su mente la imagen del Jesús con quien hasta un poco antes habían compartido, es verdad que tenían diversas expectativas sobre él y por eso él los tiene que seguir instruyendo; pero no tantas ni tan completamente confusas como las que la sociedad de consumo religioso de hoy nos está presentando cada vez con mayor intensidad.

Es un hecho, entonces, que aún después de resucitado, Jesús tiene que continuar con sus discípulos su proceso pedagógico y formativo. Ahora el Maestro tiene que instruir a sus discípulos sobre el impacto o el efecto que sobre ellos también ejerce la Resurrección. El evento de la Resurrección no afecta sólo a Jesús. Poco a poco los discípulos tendrán que asumir que a ellos les toca ser testigos de esta obra del Padre, pero a partir de la transformación de su propia existencia.

Las instrucciones de Jesús basadas en la Escritura infunden confianza en el grupo; no se trata de un invento o de una interpretación caprichosa. Se trata de confirmar el cumplimiento de las promesas de Dios, pero al estilo de Dios, no al estilo de los humanos.

Y es que el evento de la resurrección no afecta sólo al Resucitado, afecta también al discípulo en la medida en que éste se deja transformar para ponerse en el camino de la misión. Nuestras comunidades cristianas están convencidas de la resurrección, sin embargo, nuestras actitudes prácticas todavía no logran ser permeadas por ese acontecimiento. Nuestras mismas celebraciones tienen como eje y centro este misterio, pero tal vez nos falta que en ellas sea renovado y actualizado efectivamente.

Corremos el riesgo de estar pensando en Jesús como un fantasma, como una aparición irreal, una presencia aterradora que puedo conjurar para que su influencia se termine y desaparezca. El pensar que Jesús es un fantasma deshace por completo cualquier posibilidad subversiva de su mensaje o de su Causa, el Reino. Si Jesús es un fantasma, entonces es irreal. Todo su proyecto de vida es un sueño roto. Si Jesús es un fantasma, es algo terrible, algo que no es bueno traer a la memoria y que nunca volverá a la vida. Si Jesús es un fantasma es imposible el seguimiento. Y si es imposible el seguimiento, cambiar la realidad, cambiar el mundo, es imposible, es una idea calenturienta.

Hacer de Jesús un fantasma es resignarnos a que la injusticia, el dolor, la muerte y la violencia es lo único real y posible en nuestro mundo. Pero Jesús no es un fantasma, yo creo que está vivo.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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¿Hay lugar para Cristo en la Posmodernidad?

Autor: Carlos Moreno


¿De qué se trata la existencia? ¿De qué se trata la instancia del hombre en la tierra? ¿De qué se trata su paso efímero en esta parte del Cosmos? ¿La vida tiene sentido, o lo adquiere o uno se lo inventa o simplemente somos un error filogenético? ¿Tenía razón Milán Kundera cuando inventó ese título de “La insoportable levedad del ser”?

Me dicen que todo se reduce a la percepción, que todo depende con el cristal con que se mira, que es cuestión de actitud, que la realidad no te afecta sino la manera en que percibes. Otros más alegóricos afirman científicamente que “cada quien habla como le fue en la feria” o en el baile, dependiendo de la afición del hablante.

Tal parece que para unos el sentido de su existencia es vivir briagos, “el que vino al mundo y no tomó vino entonces a qué chingados vino” dice un axioma de nuestra cultura mexicana. Y no solo es ponerse borracho, además es aderezarlo con la música ad hoc: “ando bien pedo, bien loco”. Esa sería una respuesta existencial a la interrogante sobre el sentido de nuestra estadía terrenal.

Otros que van de la mano de dicho grupo de libadores son los llamados “hedonistas posmodernos”. Sabemos que el sujeto hedonista existe desde que el hombre hizo del pensamiento una forma de vida, como los pre-socráticos, acordémonos de la eterna lucha entre los “hedonistas” y los “eudemonistas”; los primeros decían que el sentido de la existencia era el placer corporal, el aquí y el ahora, lo efímero, lo espontáneo, lo momentáneo. En cambio los “eudemonistas” opinaban que el sentido de la existencia se obtenía cuando el sujeto buscaba la felicidad en compañía de sus seres queridos; es decir el hedonista buscaba una “felicidad” egoísta y el eudemonista buscaba una felicidad comunitaria. Hoy ya no existen o más bien no hay lugar para los eudemonistas, están desterrados, lejos de los planes actuales, lo de hoy es ser hedonista, vivir bajo el principio del placer, “lo hago porque me da placer, si exige de mí algo de sacrificio ni me lo menciones”, parece ser el eslogan de los hedonistas posmodernos. El hedonista posmoderno busca el placer en la televisión, en el sexo desenfrenado, en internet, chateando, comiendo, etc. entre menos esfuerzo exija la cuestión es mejor. Tal parece que de humanos poco nos queda. Los placeres que están en boga están íntimamente relacionados con las necesidades fisiológicas: dormir, comer, hacer pipí y popó y fornicar.

Ante tal panorama: ¿existe un lugar para Cristo? Tal parece que la existencia actual se vive tan aprisa que no volteamos o más bien no queremos voltear a ver la propuesta del Nazareno. Muchos afirman que el Sentido de la Vida es encontrarse con la Divinidad, tener ese encuentro con Dios aquí en la Tierra, pero dicho discurso no va de la mano o más bien es antagónico con los preceptos de la moral en turno. Pocos años tenemos como sujetos civilizados, y también en pocos años las reglas de la vida se han trastocado; si seguimos así, que no nos extrañe que formemos parte de la última Generación de mortales que habitaron un día este planeta pequeñito llamado Tierra.

@CarlosLector

Escrito por: Carlos Arturo Moreno De la Rosa (Monclova, Coahuila. Mx.)

La unidad de los cristianos


Escrito por: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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Del 18 al 25 de enero, desde hace varias décadas, muchos cristianos celebran la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Primero se rezaba por los cismáticos, luego por los “hermanos separados”. Muchos rezan hoy simplemente para que todos los cristianos recuperen la unidad perdida.

Pero hay que considerar que esa idea de unidad de los cristianos está concebida como la unidad de la patria o del partido político. Habría que sustituir esta semana por otra: por ejemplo, por una Semana del pluralismo cristiano y de todas las iglesias. Por una semana dedicada a conocer, respetar y estimar mejor a las otras iglesias y a tantas y tantos cristianos, cada vez más numerosos, que siguen a Jesús fuera de todo aparato de toda iglesia.

Jesús quiso anunciar y adelantar un tiempo nuevo, que trastocaba el mundo en todos los órdenes: que los últimos sea los primeros, que los ricos compartan sus bienes, que los pobres dejen de serlo, que todos los afligidos sean consolados. Jesús no quiso más iglesia ni religión que ésa. Todas las creencias y normas, todas las iglesias, vinieron luego, y solo podrán curar y liberar si son tolerantes y plurales.

Algunos cristianos se sentirían confundidos y muchos aliviados, si conocieran cuán distintas y divergentes maneras coexistieron, en los orígenes del cristianismo, de mirar a Jesús, de comprender su “divinidad”, de organizar la comunidad, de celebrar la “eucaristía”, de acoger el perdón. O si supieran que al principio no había sacerdotes, ni sacramentos administrados únicamente por el clero, aunque no por eso dejaban de celebrar la vida.

Todo eso es hoy muy conocido, y debieran saberlo todos aquellos que añoran y predican la unidad de un estrecho redil rodeado de muros.

Esa unidad no es posible, y además es indeseable. El Misterio Viviente de la Vida nos ha hecho diferentes. No hay dos pájaros, ni dos árboles, ni dos hojas iguales. Ni dos nubes, ni dos gotas de agua. Ni dos estrellas en el cielo, ni dos granitos de arena en la tierra. Y pienso que ni dos átomos de oxígeno son exactamente idénticos.

¿Cómo quieren encerrar en una forma única el Espíritu que sopla donde quiere y da respiro a todos los vivientes? ¿Acaso no conocen ni admiran la inagotable profusión de la vida siempre nueva, siempre distinta, siempre otra?

En los Hechos de los Apóstoles se nos cuenta el mito del anti-Babel. Todos hablaban lenguas distintas, pero todos se entendían porque nadie quería imponer su lengua a los demás. Eso es Pentecostés.

Todas las religiones, iglesias y corrientes son como lenguas distintas. El Espíritu habla en todas, pero ninguna lo puede atrapar. Y todas se entienden solamente cuando ninguna quiere excluir a las demás. Todas las lenguas quieren decir lo mismo: el mundo, la vida, el misterio. Pero ninguna en particular ni todas juntas lo dicen del todo.

No estaremos más unidos cuanto más iguales seamos, sino cuanto más nos respetemos y dialoguemos siendo diferentes. Para estar unidos, los cristianos no necesitamos ser más iguales de lo que ya somos, sino que nos toleremos los unos a los otros y nos preguntemos: ¿cómo podremos practicar mejor hoy, con todas nuestras diferencias, la única religión de Jesús?

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

No + sangre.

Alto a la guerra absurda.

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¿Para qué sirve creer en Cristo?


Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

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En días pasados leía en las noticias que una señora había reclamado a un sacerdote de la ciudad por su participación con el grupo de “Indignados” que reclaman cuentas claras al gobierno estatal, ejecutivo y legislativo, como parte de la necesaria y urgente toma de conciencia ciudadana por un mejor Coahuila.

La raíz del conflicto se centró en por qué un sacerdote tiene que meterse en “política” en lugar de estar en la iglesia rezando o celebrando sacramentos. La respuesta del sacerdote Adolfo Huerta fue: “No se puede ser católico y no estar indignado”.

Una vez más volvemos a la falsa polémica de “Al César lo que es del César…”. Sí, polémica falsa, porque Jesús de Nazaret, el Cristo en el que creemos los que nos llamamos cristianos, nos guste o no, fue un ajusticiado político. Claramente los evangelios explican que la causa de la condena de Jesús fue hacerse llamar Rey de los Judíos.

Así, el creyente en Cristo está necesariamente atado a una consecuencia política de su fe: hacer presente el Reino.

El reino, por el que vivió, predicó, luchó y murió Jesús implica la inversión de los “valores” tradicionales de la sociedad, no se diga de una sociedad de consumo como esta, donde el dinero, el poder y el tener están por encima de la persona, de su bienestar, de su felicidad…

Cuando el evangelio dice por boca de María que Dios “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y despide vacíos a los ricos” se está proclamando desde la fe, que este es el proyecto de Dios para la humanidad: no a la historia de dolor, pobreza y sufrimiento de la humanidad.

¿Cómo podemos llamarnos cristianos si solapamos una estructura social desigual, basada en el consumo y el poder? ¿Cómo puedo creer en Cristo y confesarlo como Señor si mi vida es una realidad diametralmente opuesta al proyecto del Reino? ¿Cómo puedo decirme cristiano si no me preocupa el destino infeliz de los demás seres humanos?

Jesús viene de Dios, no con poder y gloria, sino como un cordero indefenso e inerme. Nunca se impondrá por la fuerza, a nadie forzará a creer en él. Un día será sacrificado en una cruz. Los que quieran seguirle lo habrán de acoger libremente.

Los discípulos que siguen a Jesús saben que hay algo en él que los atrae aunque no saben quién es ni hacia dónde los lleva. Sin embargo, para seguir a Jesús no basta escuchar lo que otros dicen de él. Es necesaria una experiencia personal.

Por eso, Jesús se vuelve y hace una pregunta muy importante: ¿Qué buscan? Éstas son las primeras palabras de Jesús a quienes lo siguen. No se puede caminar tras sus pasos de cualquier manera. ¿Qué esperamos de él? ¿Por qué le seguimos? ¿Qué buscamos?

En la Iglesia y fuera de ella, son bastantes los que viven hoy perdidos en el laberinto de la vida, sin caminos y sin orientación. Algunos comienzan a sentir con fuerza la necesidad de aprender a vivir de manera diferente, más humana, más sana y más digna. Encontrarse con Jesús puede ser para ellos la gran noticia. Es difícil acercarse a ese Jesús narrado por los evangelistas sin sentirnos atraídos por su persona. Jesús abre un horizonte nuevo a nuestra vida. Enseña a vivir desde un Dios que quiere para nosotros lo mejor. Poco a poco nos va liberando de engaños, miedos y egoísmos que nos están bloqueando.

Quien se pone en camino tras él comienza a recuperar la alegría y la sensibilidad hacia los que sufren. Empieza a vivir con más verdad y generosidad, con más sentido y esperanza. Cuando uno se encuentra con Jesús tiene la sensación de que empieza por fin a vivir la vida desde su raíz, pues comienza a vivir desde un Dios Bueno, más humano, más amigo y salvador que todas nuestras teorías. Todo empieza a ser diferente.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

No + sangre.

Alto a la guerra absurda.

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CUAUHTÉMOC, JOSÉ ALFREDO JIMÉNEZ Y JESÚS DE NAZARET

"Esperanza" (Mujer soltando paloma) by Rogelio Paniagua Díaz


Autor: Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles

México es un país de una profunda tradición dolorista y victimizada. En México somos adictos al dolor, nuestro inconsciente colectivo carga consigo atavismos de martirio y fatalismos aparentemente heroicos desde los que pretendemos relacionarnos con los demás, que para el caso, son los victimarios.

El gran prototipo de esto es el último tlatoani mexica: Cuauhtémoc. Cuauhtémoc es la víctima estoica que cae de cara al sol, la bravura y la gallardía vencidas por el enemigo, el extraño imposible de vencer.

A partir de Cuauhtémoc, somos las víctimas del destino imperturbable y fatal. Nada de lo que hagamos o dejemos de hacer cambiará nuestra suerte. El profeta de la conciencia victimizada es José Alfredo Jiménez. ¿Quién no ha llorado y maldecido al destino por la suerte contraria que le ha tocado vivir, aderezando el dolor con una canción de José Alfredo?

De la convicción de que “la vida no vale nada” y el gusto de cantar y brindar por “la que se fue”, el descendiente de Cuauhtémoc llora amargamente su destino que nunca podrá cambiar. Por eso maldice y se embriaga. Por eso huye de la realidad y se vuelve irresponsable. No vale nada la vida y con dinero y sin dinero hago siempre lo que quiero. Soy hijo del pueblo y busco la muerte.

Pero en la conciencia del mexicano late también, guste o no, el mensaje evangélico de Jesús de Nazaret. En Jesús de Nazaret el ideal “cuauhtémico” no tiene cabida.

Jesús rompe el círculo vicioso de víctima-victimario y enfrenta la muerte, una muerte no querida ni buscada por Dios ni por él, pero que se asume responsable y conscientemente. La muerte de Jesús de Nazaret es consecuencia de su opción y de su causa por el Reino de Dios. Su sangre rubrica y sella la autenticidad y la convicción de su vida, y lo hace asumiendo responsablemente su propio destino y sus consecuencias.

Jesús, antes de ser víctima de un sistema, de una intriga o de una traición ejecutada para eliminarle, es un servidor de la vida, confiado en la absoluta soberanía del Papá Dios sobre la historia y por eso enfrenta y asume la muerte en coherencia con su praxis de vida.

Nosotros, mexicanos del siglo XXI estamos ante la opción de construir un país distinto, mejor, protagonista de su propio destino. Tenemos ante nosotros la oportunidad de romper con la conciencia cuauhtémica y asumir como propia una conciencia libre, responsable y consecuente al modo de Jesús de Nazaret.

¿Estaremos los católicos mexicanos a la altura del reto que la fe nos descubre? ¿Estaremos en la disposición de mostrar con nuestra vida y obra la convicción de que el modo de vida de Jesús vale la pena?

¿Seguiremos los cristianos mexicanos buscando concesiones a nuestra conciencia y buscando acuerdos y componendas, por abajo del agua, en lo oscurito, o peor aún, a plena luz del día, con los poderes de este mundo, con los poderes que buscaron la muerte de Jesús?

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

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La Pasión: La vida como nota a pie de página.

Autor: Jorge Anaya


Las notas a pie de página sirven de auxilio para anotar algo de interés para el lector de un texto que no cabe dentro de la redacción del cuerpo del mismo. La nota al pie esclarece o ayuda a profundizar más sobre el tema. Estas notas, por su calidad aclaratoria, ayudan a entender pasajes oscuros de los textos escritos, sin ellas muchas veces el lector puede perderse en interpretaciones erróneas de los textos; de hecho su origen nace de una de las disputas más celebres de la historia de la humanidad.

Con el cisma ocasionado por Martín Lutero a mediados del siglo XIV la interpretación de los textos sagrados había quedado a la ciencia del lector a su propia interpretación, fue en las Biblias donde se comenzó a contextualizar el contenido de los textos sagrados para que el lector, que antes no podía leerlas porque estaban escritas en Latín y con la reforma y la imprenta se empezaron a escribir en lengua vernácula, los lectores tenían a un lado de su textos referencias que lo ayudaran a entender el contenido doctrinal de los textos. Ahí, de lado al lado del texto, se tomó partido para saber cuál era el contenido del texto. La lucha de los contenidos doctrinales se lidiaba de lado a lado del texto, donde el lector tenía las referencias para no perderse en la lectura y no da pie a un interpretación herética de la palabra de Dios, no obstante, el lector estaba ante un texto que no podía  defenderse ante el contenido de las palabras brotadas de la inspiración divina que se afirma de ambos lados que contiene la palabra de Dios. Uno y otro, católicos y reformados, no podían negar que aunque se interpretará dentro de una tradición o fuera de ella, las palabras ahí contenidas guardaban un misterio que hacía que la fe de los hombres, o la ausencia de esta, se despertara sobre cogido en relatos que no podía tener un origen meramente humano, aún si se pensaba que algunos de estos textos fueron trastocados para afirmar una doctrina de fe. Todo lector se sorprende cuando llega al pasaje de La Pasión de Jesús contenida en los cuatro evangelios, pues no hay nota de pie de página que pueda iluminar la llama incandescente del relato: la nota al pie ahí es como querer iluminar el sol con una vela.

La película de Mel Gibson La Pasión relata desde el momento en que Jesús de Nazaret es tomado preso en el Monte de los Olivos, su proceso, partes de su vida en flash back, hasta su muerte en la cruz y resurrección. La obra, en cierto modo atípica, contiene una síntesis de la tradición cristiana en torno a este hecho de fe contenido en los evangelios, que si bien son relatos surgidos de una vasta tradición cristiana, ayudan a comprender aún más el sacrificio del hijo de José y María y conocido también como el Hijo de Dios.

Si las notas de pie de página fueron usadas primeramente en las Biblias, y lo siguen haciendo, hay pasajes que por su fuerza no pueden integrar el contenido que ahí se revela, es necesario que el lector ponga aún más de su parte. La Biblia es el libro de libros, sin embargo, para que textos, como el de La Pasión, necesitan que la vida de quien la lee se vuelva el libro y la Biblia la nota al pie de página. Si intentamos solo entender el relato siendo ajenos al hecho, es decir, leerlo sin que nos interpele, el texto por sí mismo no nos dice mucho. Podemos reducirlo a la simple experiencia de un hombre que contiene en su vida todos los contenidos de bondad anhelados en el hombre que, después de una vida pasando haciendo el bien, cae como un héroe trágico: traicionado por sus amigos y abandonado a la peor de las muertes. La Pasión no se puede ver, en este caso, sin pensar que nos interpelará a nuestra vida. Es la gran nota al pie de página del libro de nuestra vida, la nota que esclarece el sentido de la vida de los hombres. La Pasión como nota al pie puede ser un confert, es decir, esa nota que esta al pie para confrontar el contenido de lo escrito en nuestra vida. Si cuando encontramos las siglas de “Cfr.” Nos indica que lo que hemos leído puede ser entendido de otro modo, distinto, no de manera textual, hay más que saber. Confrontar es oponer una cosa con otra, similar al versus, pero que necesita de un enfrentamiento para entender realmente lo que se está leyendo. La Pasión como confrontación ayuda a que el libro de nuestra vida se refleje en una vida distinta a la nuestra, una vida que tiene todas las características que deseamos alcanzar como seres humanos. Confrontarnos con La Pasión de Jesús es poner nuestros valores en entre dicho, muchos de ellos pueden caer o reformularse, como es el fin de este tipo de nota el pie: podemos tomar una postura distinta a la del autor, reflejarnos en otra vida  o pensamiento distinto al nuestro, con un modelo  capaz de ser modelo para todo ser humano, que cumpla todos los anhelos que el impulso sublime da amar da: “no hay mayor amor que aquél que da la vida por sus amigos”. La Pasión es la gran confrontación de la vida de la humanidad. Todos los que alguna vez hemos pasado por ella no podemos más que dejarnos conmover por un sacrifico de una persona llena de coherencia consigo mismo y con el amor que le tiene a Dios, al cual llama Padre. Su coherencia es ofensiva ante una humanidad hundida cada vez más en la hipocresía.

También es esa nota al pie que sirve de referencia para encontrar un nuevo camino. Hay frases que queremos saber más de ellas, textos citados, que deseamos conocer al autor de ellos para saber que los movió a escribir sobre el tema con tanta gracia que fue capaz de llamar nuestro interés, mover nuestra empatía. Quien haya leído varios libros se da cuenta que una cita nos hace movernos a buscar la fuente, el origen, de donde proviene eso que nos llamó la atención. La obra citada nos hace buscar al autor. La Pasión tiene un autor, sus palabras más que elocuentes, son notas que hace vibrar el corazón del hombre, porque se nota que quien las dijo las dijo para mí, se metió en mi pensamiento, en mi vida. El que escribió eso estoy seguro que me conoce, sabe de mí, porque ha tocado, sin conocerme, la vena más sensible de mi corazón. No podemos negar que al ver en la pantalla a un hombre que no se apresura a condenar a una mujer que todos señalan como adultera, a un hombre que traza con su dedo unos grafos y que sus palabras rompen con la condena irracional para salvar a un ser desprotegido. Ya sea que me sienta el defensor, ya sea que me sienta el defendido, el texto citado me lleva al autor de éste, que en La Pasión es el mismo que por su justicia termina clavado en una cruz… nuestra empatía tal vez se vea aún más alentada al conocer al autor de estas llevó a las últimas consecuencias sus palabras y sus actos.

La Pasión es primero la nota al pie de nuestras vidas que nos permite iluminar aquellos pasajes oscuros que están escritos en nuestra vida, son esos renglones torcidos donde Dios escribe derecho. La Pasión comienza como una nota al pie de página de nuestra vida para después nuestra vida se vuelva una nota al pie de página de La Pasión, porque solo cuando esto suceda sabremos que en esa cruz se entiende nuestra vida y también el sentido de por qué ese hombre cuelga de un madero y cómo ese hombre al tercer día resucitó. La resurrección sería cuando nuestra historia y la de él sean una y ahí no habrá necesidad de ninguna nota a pie de página.

Escrito por: Jorge Anaya (México D.F.)