Tolerancia: Individualismo y Religión

 Escrito por: Jorge Anaya

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En los pasados días se ha celebrado el “Día Mundial de la Tolerancia”, día en que los seres humanos hacemos votos de respeto en tres temas sensibles que conforman la identidad de la mayoría de los seres humanos: raza, sexo (orientación, preferencia, identidad, etc.) y religión. Estas tres se dan en el ámbito más natural de la persona humana, sin embargo podemos preguntarnos: ¿son evidentes para todos los seres humanos? Sobre la primera podemos decir que sí, la raza de la persona es lo más evidente que hay: no podemos ocultar nuestra raza, pues es parte de nuestra fisonomía y de nuestro carácter cultural propio de nuestro ser humano de hecho es lo que somos.

Sobre la sexualidad la evidencia es en el ser sexuado: hombre y mujer son lo evidente, la orientación y preferencia solo las conocemos por el conocimiento del otro: la alteridad. Así podemos notar que estos signos sensibles que defiende la tolerancia tiene que ver con el conocimiento del otro, de la relaciones que conformamos con los demás seres humanos en su individualidad o, mejor aún, en su persona.

La tolerancia, por tanto, es fruto de la alteridad es respetar al otro en su humanidad aunque la compresión de esta humanidad no nos sea posible. De las dos primeras nos queda claro que ha existido un avance muy claro sobre ellas en materia de derechos humanos y en el ámbito de la convivencia social del día a día, pero sobre la tercera las cosas cada vez quedan cada vez menos claras.

Ponemos nosotros religión por no usar creencias que es más amplio y ambiguo, las creencias son individuales totalmente y son parte de la idiosincrasia de cada persona, la religión, por otro lado, son comunidades humanas que los une la fe, muy distinta a la creencia. La fe es lo que hace a la religión, sin embargo el nivel de la fe es un bien del ser humano que requiere un esfuerzo aún más grande de conocimiento, la fe necesita de comunicación; pues estamos seguros que tanto lo referente a la raza y sexo, con todas sus derivaciones, queda en un plano de evidencia a primera vista, no así la religión que como hemos dicho necesita de la comunicación.

No es fácil verbalizar los términos de la fe, ni para los creyentes ni para sus representantes (sacerdotes, ministros, Atalayas, gurús, etc.) pues se necesita de una permanente comunión en comunidad para ser parte de la fe.

La fe no es un hecho individual, es el fruto de la vida en comunidad, la fe no es posible para el individuo aislado, es necesario ser parte de la vida de todos los días compartiendo los términos esenciales de toda fe: amor al prójimo, esperanza en bienes imperecederos y justicia. Estos no se pueden entender en el aislamiento, se necesita ser parte de una de ellas para comprender lo ámbitos que toca la vida de la religión: toca todas las partes de la vida cotidiana, pero es dentro de una comunidad donde se vive la realización del fenómeno religioso.

Hay una escena de la película “París, te amo” donde un grupo de jóvenes lanzan piropos a las mujeres, una adolescente sentada cerca de ellos trae un Hiyab, velo musulmán, uno de los jóvenes se ve atraído por ello, va a su encuentro y le pregunta por qué lo lleva puesto, tomando en cuenta que en la mentalidad de la gente más joven lo religioso no es parte del “ser joven”,  ella le dice: “porque me hace parte de algo”. La religión no es para los aislados es para los que son parte de algo.

El individualismo nace como fruto de la sociedad liberal-capitalista. Los derechos del individuo sobre los poderes del Estado o de lo Comunitario, en sus dos acepciones, de tal forma que se exaltan estos derechos del individuo por encima de los otros. Es fácil así entender el porqué de los problemas para entender a la religión dentro de los nuevos paradigmas regidos por el individualismo: no son evidentes para el individualismo porque supone la pérdida de un “avance” de la posmodernidad.

Si la religión en la mayoría de los países occidentales ha quedad confinado a la vivencia de lo particular, de lo que se vive dentro de la casa y ahí se queda aunque se puede celebrar los cultos en los sitios indicados para este fin. El individuo puede ser “religioso” pero no vivir en una religión; de ahí que se desencanta todo el aspecto natural y propio de la religión que es la vida comunitaria: se acepta al individuo religioso, pero no a la religión. Por eso los términos de tolerancia a la religión no son claros: tienen derecho a que se respete las creencias del individuo, pero hay un NO rotundo que se opone a la religión, por eso es respetable toda creencia: esoterismo, ufología, trascendentalismo, etc. porque la creencia es parte de la idiosincrasia del individuo, no así a la religión por ser opuesta a los individuos.

La tolerancia con respecto a la religión es una asunto pendiente. Hay que recordar que la tolerancia como tal surge dentro de las controversias de la religión ya que ésta nace en los países que tiene una religión predominante ante otras comunidades que profesan una fe diferente y tiene que convivir de formas distintas. La tolerancia es un tema religioso antes que laical o secular, es en principio el respeto a los otros por ser eso otros o los otros. Los distintos, los que no son parte de la comunidad, los que no se mezclan con la religión predominante, que claman en su vida comunitaria su carácter individualidad.

La religión es el último bastión del individuo que hace y vive en comunidad por propia voluntad, pues su adhesión a ella es por razón de sus propias convicciones y valores, el “individualismo religioso” no es religión como tal, pues el bien mayor de la religión es “ser parte de algo” de una comunidad, de vivir de acuerdo a los valores de la fe que no son posibles de verbalizar en su totalidad sino se viven en comunidad.

La vida de comunidad es la forma en que esa verbalización es posible, es un lenguaje propio al cual no es accesible a la vida de fe. El individualismo, por sus características más deformadas, no admite ese lenguaje en términos no verbales. La verbalidad de la religión es el acto de fe vivida en comunidad. Así, la tolerancia sobre la religión todavía es un asunto pendiente y que provocara roces constantemente, lo que queda para la reflexión es la manera como se tornan las opiniones que al polarizarse causan un alejamiento sobre el tema provocando un malestar que turbia la vida de las personas.

La tolerancia posmodernista esta en términos de beneficiar al individualismo de ahí que las expresiones para debatir sobre el tema esté ambiguo: “Es lo que pienso…”, “no sé porqué te ofendes”, “Yo solo es lo que digo”, etc., que se acuñan en la aversión y agresión que se engendran en razón que se piensa como “una idiosincrasia mas”, una ocurrencia y no vista como un acto comunitario al que se ciñe la vida de millones de individuos que viven y hacen comunidad mediante la fe de ahí “la sorpresa” de el “no sé porque se ofenden” o el clamor “¡estamos en pleno siglo XXI!” de parte de los individualistas seculares que solo reconocen que la única comunidad que existe es la que nace mediante el contrato social o las leyes de la supervivencia de la especie. La razón también se cierra no es solo vicio de la religión.

La Pasión: La vida como nota a pie de página.

Autor: Jorge Anaya


Las notas a pie de página sirven de auxilio para anotar algo de interés para el lector de un texto que no cabe dentro de la redacción del cuerpo del mismo. La nota al pie esclarece o ayuda a profundizar más sobre el tema. Estas notas, por su calidad aclaratoria, ayudan a entender pasajes oscuros de los textos escritos, sin ellas muchas veces el lector puede perderse en interpretaciones erróneas de los textos; de hecho su origen nace de una de las disputas más celebres de la historia de la humanidad.

Con el cisma ocasionado por Martín Lutero a mediados del siglo XIV la interpretación de los textos sagrados había quedado a la ciencia del lector a su propia interpretación, fue en las Biblias donde se comenzó a contextualizar el contenido de los textos sagrados para que el lector, que antes no podía leerlas porque estaban escritas en Latín y con la reforma y la imprenta se empezaron a escribir en lengua vernácula, los lectores tenían a un lado de su textos referencias que lo ayudaran a entender el contenido doctrinal de los textos. Ahí, de lado al lado del texto, se tomó partido para saber cuál era el contenido del texto. La lucha de los contenidos doctrinales se lidiaba de lado a lado del texto, donde el lector tenía las referencias para no perderse en la lectura y no da pie a un interpretación herética de la palabra de Dios, no obstante, el lector estaba ante un texto que no podía  defenderse ante el contenido de las palabras brotadas de la inspiración divina que se afirma de ambos lados que contiene la palabra de Dios. Uno y otro, católicos y reformados, no podían negar que aunque se interpretará dentro de una tradición o fuera de ella, las palabras ahí contenidas guardaban un misterio que hacía que la fe de los hombres, o la ausencia de esta, se despertara sobre cogido en relatos que no podía tener un origen meramente humano, aún si se pensaba que algunos de estos textos fueron trastocados para afirmar una doctrina de fe. Todo lector se sorprende cuando llega al pasaje de La Pasión de Jesús contenida en los cuatro evangelios, pues no hay nota de pie de página que pueda iluminar la llama incandescente del relato: la nota al pie ahí es como querer iluminar el sol con una vela.

La película de Mel Gibson La Pasión relata desde el momento en que Jesús de Nazaret es tomado preso en el Monte de los Olivos, su proceso, partes de su vida en flash back, hasta su muerte en la cruz y resurrección. La obra, en cierto modo atípica, contiene una síntesis de la tradición cristiana en torno a este hecho de fe contenido en los evangelios, que si bien son relatos surgidos de una vasta tradición cristiana, ayudan a comprender aún más el sacrificio del hijo de José y María y conocido también como el Hijo de Dios.

Si las notas de pie de página fueron usadas primeramente en las Biblias, y lo siguen haciendo, hay pasajes que por su fuerza no pueden integrar el contenido que ahí se revela, es necesario que el lector ponga aún más de su parte. La Biblia es el libro de libros, sin embargo, para que textos, como el de La Pasión, necesitan que la vida de quien la lee se vuelva el libro y la Biblia la nota al pie de página. Si intentamos solo entender el relato siendo ajenos al hecho, es decir, leerlo sin que nos interpele, el texto por sí mismo no nos dice mucho. Podemos reducirlo a la simple experiencia de un hombre que contiene en su vida todos los contenidos de bondad anhelados en el hombre que, después de una vida pasando haciendo el bien, cae como un héroe trágico: traicionado por sus amigos y abandonado a la peor de las muertes. La Pasión no se puede ver, en este caso, sin pensar que nos interpelará a nuestra vida. Es la gran nota al pie de página del libro de nuestra vida, la nota que esclarece el sentido de la vida de los hombres. La Pasión como nota al pie puede ser un confert, es decir, esa nota que esta al pie para confrontar el contenido de lo escrito en nuestra vida. Si cuando encontramos las siglas de “Cfr.” Nos indica que lo que hemos leído puede ser entendido de otro modo, distinto, no de manera textual, hay más que saber. Confrontar es oponer una cosa con otra, similar al versus, pero que necesita de un enfrentamiento para entender realmente lo que se está leyendo. La Pasión como confrontación ayuda a que el libro de nuestra vida se refleje en una vida distinta a la nuestra, una vida que tiene todas las características que deseamos alcanzar como seres humanos. Confrontarnos con La Pasión de Jesús es poner nuestros valores en entre dicho, muchos de ellos pueden caer o reformularse, como es el fin de este tipo de nota el pie: podemos tomar una postura distinta a la del autor, reflejarnos en otra vida  o pensamiento distinto al nuestro, con un modelo  capaz de ser modelo para todo ser humano, que cumpla todos los anhelos que el impulso sublime da amar da: “no hay mayor amor que aquél que da la vida por sus amigos”. La Pasión es la gran confrontación de la vida de la humanidad. Todos los que alguna vez hemos pasado por ella no podemos más que dejarnos conmover por un sacrifico de una persona llena de coherencia consigo mismo y con el amor que le tiene a Dios, al cual llama Padre. Su coherencia es ofensiva ante una humanidad hundida cada vez más en la hipocresía.

También es esa nota al pie que sirve de referencia para encontrar un nuevo camino. Hay frases que queremos saber más de ellas, textos citados, que deseamos conocer al autor de ellos para saber que los movió a escribir sobre el tema con tanta gracia que fue capaz de llamar nuestro interés, mover nuestra empatía. Quien haya leído varios libros se da cuenta que una cita nos hace movernos a buscar la fuente, el origen, de donde proviene eso que nos llamó la atención. La obra citada nos hace buscar al autor. La Pasión tiene un autor, sus palabras más que elocuentes, son notas que hace vibrar el corazón del hombre, porque se nota que quien las dijo las dijo para mí, se metió en mi pensamiento, en mi vida. El que escribió eso estoy seguro que me conoce, sabe de mí, porque ha tocado, sin conocerme, la vena más sensible de mi corazón. No podemos negar que al ver en la pantalla a un hombre que no se apresura a condenar a una mujer que todos señalan como adultera, a un hombre que traza con su dedo unos grafos y que sus palabras rompen con la condena irracional para salvar a un ser desprotegido. Ya sea que me sienta el defensor, ya sea que me sienta el defendido, el texto citado me lleva al autor de éste, que en La Pasión es el mismo que por su justicia termina clavado en una cruz… nuestra empatía tal vez se vea aún más alentada al conocer al autor de estas llevó a las últimas consecuencias sus palabras y sus actos.

La Pasión es primero la nota al pie de nuestras vidas que nos permite iluminar aquellos pasajes oscuros que están escritos en nuestra vida, son esos renglones torcidos donde Dios escribe derecho. La Pasión comienza como una nota al pie de página de nuestra vida para después nuestra vida se vuelva una nota al pie de página de La Pasión, porque solo cuando esto suceda sabremos que en esa cruz se entiende nuestra vida y también el sentido de por qué ese hombre cuelga de un madero y cómo ese hombre al tercer día resucitó. La resurrección sería cuando nuestra historia y la de él sean una y ahí no habrá necesidad de ninguna nota a pie de página.

Escrito por: Jorge Anaya (México D.F.)

 

Análisis Psicoanalítico de la película “Donde viven los monstruos”

Autor: Jorge Anaya

Primero: Entendemos aquí por análisis psicoanalítico la explicación de todos aquellos debrayes mentales que no son consentidos formalmente, pero que en su informalidad, es necesario  hacerlos conscientes para que  aquello que desde la memoria grita, en un quasi de profundis, se deje de guardar en el sótano de nuestros recuerdos y por fin salga a platicar con nosotros a la luz de la sala de nuestra casa.

Segundo: Cierra los ojos y mira. Tal vez una de las formas más rápidas para salirnos del entorno sea  cerrar los ojos. Ocultarnos tras los parpados, de hecho ocultar ya tiene los ojos cerrados, oculos, bien cerrados. De niños es  fácil salirnos de las cosas desagradables con solo cerrar los ojos, de ahí podemos partir lejos de lo que nos amenaza, cerrarlos para abrir una puerta alterna donde huir de lo que aún no podemos asimilar y que años más tarde, seguros y en la comodidad  en un diván, trataremos de abrir, paradójicamente, para ver ahora lo que aquel día la cortina de nuestros parpados cerró para no dejar entrar la luz al interior, y dejó una especie de “caja negra” que guarda las voces y gritos de ese instante.  Cierra los ojos y mira.

Tercero: Debajo de la cama hay monstruos. Max, es un niño de unos diez años con una familia típica posmoderna: madre divorciada, hermana adolescente, típica, en una época donde para todo hay tiempo menos para amar. Su hermana, lo que sería su humano próximo, busca  la aceptación de sus amigos; su madre la aceptación de su nuevo novio, Max alguien que lo acepte. Cada cama tiene debajo sus propios monstruos, o sus armarios para los gringos; para nosotros están debajo de la cama, ahí los ocultamos, corremos después de ser regañados, de ser asustados, de ser, en pocas palabras, maltratados por la vida. Debajo de la cama huimos para no ser vistos… pero, dejamos debajo de la cama los monstruos que nos acechan, en la oscuridad, por debajo de donde dormimos. Debajo de la cama hay monstruos.

Cuarto: Max, viaja a la tierra donde habitan los monstruos. Después de una fallida cena familiar donde está presente el nuevo novio de mamá, Max hace de las suyas, el pequeño monstruo de mamá sale a pasear. Mamá se enoja y abofetea a Max. Max en vez de volver debajo de la cama, sale corriendo de la casa y en su escapatoria llega a la isla donde viven los monstruos, el lema de esa isla es: “Si te causa problemas, cómetelo”. Es decir, llega al mundo de los adultos. Max viaja a la tierra donde habitan los monstruos.

Quinto: Max, el niño monstruo, y sus cinco monstruos. Blanca nieves también huyó de su casa, corrió de su madrastra que la quería asesinar y llegó con siete enanos que cada uno representaba todo, menos una virtud, pero aún así es mejor estar con esos hombres, enanos  viciosos (que no sé si hombres enanos por sus vicios y por sus vicios quedaron siendo hombres-enanos) que se conocen por sus defectos; preferible eso que estar con la segunda esposa de tu padre que intenta matarte. Vivir entre quienes no pueden ocultar sus vicios, así por lo menos sabe que no lo sorprenderá. Max llega y es recibido cuando los monstruos destruyen el hogar de otros,  Max se une a ellos. Ellos, adultos-monstruos, lo aceptan pensando que es el “niño” que los salvará, pues él vestido en su pijama de orejas y cola, parece junto con ellos un monstruo, un monstruo mesiánico que habrá de curarlos del mal que los aqueja: ser adultos. Max, el niño monstruo,  y sus cinco monstruos.

Sexto: Tengo hambre, tengo miedo… quiero ser feliz. La aceptación del “niño-monstruo” es muy parecida a esa aceptación paidocéntrica, es decir, esas teorías que te dejan de tarea dialogar con tu niño interior, para después dejar la tarea a ese niño para que les dé lo que ellos como adultos no pueden alcanzar: seguridad. Otros niños-mesías han venido antes que Max y a él le corresponde heredar un reino de monstruos, le queda la corona de sus infortunados predecesores. Es difícil que un niño se haga adulto, es aún más difícil que los adultos se hagan niños. Tengo hambre, tengo miedo…quiero ser feliz.

Séptimo y último: La mejor manera de dejar de ser monstruo es dejar de ser un niño. Max, tiene que tomar una decisión. Los monstruos también. Ellos se sienten engañados porque el niño-mesías, no les ha dado lo que ellos esperaban. Ahora ellos quieren comerse a Max. ¿será esta la solución? ¿Comerse su propia infancia para poder olvidarla, ignorarla y cagarla? ¿Es necesaria la infancia cuando no es la respuesta a nuestras angustias de adultos que nos pide ser adultos para ser felices? La mejor manera de dejar de ser monstruo es dejar de ser un niño.

Escrito por Jorge Anaya

El final de la tragedia: Precious

Autor: Jorge Anaya

En la antigüedad para los griegos, la tragedia era fruto del destino: era inevitable. Lo comprueba Edipo, Sísifo, Electra. Por más que se intente huir, la tragedia, siempre verá la manera por alcanzarte. La tragedia tenía como cómplices a los  dioses, incluso podemos pensar que era tan incómodos para la vida de los mortales, que la filosofía nace en un principio como una especie de ilustración: darle superioridad a la razón, a la libertad, a la voluntad y que esta sea quien guíe a cada hombre y no los caprichos divinos, siempre volubles y crueles, que juegan con la vida de los mortales. Los dioses son enemigos de los hombres porque su intervención conjura a la tragedia. Sin embargo, a pesar del   empeño de los griegos de  crear una sociedad laica o secular con el fin de desaparecer los “designios divinos”,  la tragedia no desaparece, esta permanece ahí, no son los dioses quienes se encargaban de hacer infeliz al hombre: el hombre se encargaba de esto. Parece ser que la tragedia es inevitable, el dolor, la desgracia, la calamidad no tiene forma de prevenirse, estamos todos destinados a una existencia de desdicha, pues la vida es un drama inagotable al cual solo la resignación nos sirve de consuelo.

1987, Nueva York, “My name is Clarisse Precious Jones”, ella tiene poco más de 16 años, afrodecendiente, padece de obesidad mórbida, vive en Harlem getto de pandilleros, drogadictos, outsiders, casi analfabeta. Su primer hijo nace con síndrome de Down, su segundo hijo, al igual que el primero es fruto de la violación de su propio padre. Precious tiene poco más de 16 años y ya espera su segundo hijo. Su madre, una mujer  encerrada en su propio dolor, se ha encargado por años  de tratar de encerrarla a su hija en él. Toda ocasión es ocasión para mostrarle algo más allá  que su propia frustración: le muestra su odio a la vida. Esta tragedia no llego por caprichos de los dioses. “La gran Manzana” tiene por dentro sus propios gusanos.

Sin embargo, la vida es un tesoro. El nombre de Precious no es ironía,  es Clarisse Jones tiene un Tesoro. No como el de Smegol, del Señor de los anillos que guardaba su tesoro, Oh  my precious, entre sus manos y que fue quien lo llevó a su trágico fin. El significado de  Precious es Tesoro. Más allá de la corriente ironía de presentar a una persona que no se ajusta a los cánones de la figura esbelta, que para cuidar la línea una persona se debate todo el tiempo entre la vida y la muerte, su ansiedad por quedar delgados termina por hacer de ellos una línea que en cualquier momento cruzaran en su anhelo de belleza, Clarisse se debate en LA VIDA, no entre la belleza y la aceptación social de la superficialidad de la vida,  es la felicidad misma  y el optimismo bárbaro de la vida misma.

¿Por qué la vida debe de dejar de ser un Tesoro? Clarisse Precious Jones tiene todo menos aquello que pudiéramos llamar una vida normal o sana, y no obstante, ella encuentra varios refugios mínimos para poder ser feliz. La felicidad no exenta necesariamente del dolor, pero ayuda a navegar en medio de ella. El tesoro que ella guarda es fruto de uno de los momentos más fuertes de su vida: la violación de parte de su padre… dos veces. No mira a sus hijos como una desgracia, porque la vida no es una desgracia, ni una tragedia o… sí lo es, y por eso mismo el merito de la felicidad es hacer ir  más allá del dolor. La felicidad no vence al dolor, tampoco hace que se ignore, es caminar sobre las  aguas, sí, tal vez primero hundirte y tocar el fondo de la vida vivida, pero al salir es caminar sobre el fondo de las aguas profundas. Si un tesoro es una gran cantidad de bienes acumulados, Precious tiene solo dolor acumulado, lo “mágico”, palabra que no EXISTE en el pensamiento racional porque rompe con toda razón, es que en ella ha sufrido la transformación que por siglos los alquimistas buscaron con ansias y nunca lograron alcanzar, la alquimia buscaba la “Piedra Filosofal” aquella que ayudará a transformar las piedra en oro. Precious solo tiene “piedras”, dolorosas y tristes piedras”…. Lo demás, lo que ocurre, lo que acontece, es la alquimia, la “magia”, ¡qué no se permite en el lenguaje de la filosofía!, sucede.

¿SIDA? Sí, además de su vida trágica se le añade una más: Precious tiene SIDA. Provocada por las violaciones sufridas, aquí entra lo que decía Nicolás de Cusa, “La Docta ignorancia” pues ante algo que sobre pasa el pensamiento finito está delante el misterio ya ante ése misterio que se abre a la vida vivida, solo hace falta una cosa: a pesar, y siempre a pesar de eso, lo que está más allá es mejor que lo que ahora acontece.

El Tesoro de la vida vivida es mágico, por eso la vida se debate, necesita de la magia del alquimista, esa que cambia las piedras en oro. No el toque trágico de  Midas, lo que es capaz de transformar las piedras de la tragedia de la vida vivida.  El fin de la tragedia esta en ese paso que da Precious: toma en brazos a sus  tesoros  y solo sigue adelante, a pesar de todo, y ese a pesar de todo es un infinito.

Escrito por: Jorge Anaya (México, D.F.)

El origen del mal

Escrito por: Jorge Anaya

El origen del mal, ANTICRISTO, Antichrist de Lars Von Trier, Dinamarca (2009).

La película de Lars Von Trier es un largo comentario a una cita de Nietzsche, para variar, del libro homónimo El Anticristo, cito el texto al que me refiero:

“La compasión de Dios por la única miseria que todos los Paraísos tienen en sí, no conoce límites: pronto creó otros animales. Primer error de Dios: el hombre no encontró divertidos a los animales – fue su amo, no quiso ser un animal. Después de esto Dios creó a la mujer. Y, en realidad, entonces acabó de aburrirse; pero acabaron también otras cosas. La mujer fue el segundo error de Dios. “La mujer es, por su naturaleza, serpiente: Eva. (…) De las mujeres procede todo el mal sobre la tierra.” (§48).

Esta cita es la que hace gravitar, a mi parecer, toda la película de Lars Von Trier: Una pareja pierde a su hijo, quien cae de la ventana de la casa y muere, cuando ellos están teniendo relaciones sexuales. La madre, Ana, cae en una fuerte depresión y con el fin de ayudarla a recuperarse en su duelo, su marido, un psicólogo, la lleva a una cabaña que tiene en el bosque al que llaman “El Edén”.

Sí, esta película es la posiblemente contestación tras la pregunta ¿qué pasaría si Adán y Eva volvieran al Edén? Según Von Trier: el dolor de la culpa seguiría en el corazón de Eva y Adán permanecería indiferente, no sintiéndose culpable, con arrogancia, tratándola de ayudarla a sanar la culpa. “Adán” no quiere cargar con la culpa, se siente ajeno a la situación, toma un lugar cómodo se ubica como terapeuta, y trata de olvidar que Eva es su mujer. Así la vida en “El Edén” comienza de nuevo, sin embargo ahora las cosas no están a su favor, la naturaleza es contraria. Es lo real, que está en contra de la irreal, de lo interior, pero por otro lado si la naturaleza es mala, esa maldad también es parte del ser humano, pues también es parte de la naturaleza, sobre todo en la mujer. ¿Algo misógino? Parecería ser, para el director la esencia del mal no está en la mujer está en algo más allá y común al hombre y la mujer: El dolor. De ahí los cuatro capítulos de la obra: El dolor, la desesperanza, la tristeza y los tres mendigos. Cuando estos se unen llega la muerte y la muerte es el gran mal. Ahí es donde la obra contiene toda su crudeza de la vuelta de Adán y Eva al “Edén”, solos, sin Dios, sin nada. Cada uno acompañado de sus miedos, cada uno temiendo a su propia naturaleza que causa el mal en los dos: la culpa y la indiferencia. El mal no es asunto solo de la mujer, es asunto de la humanidad que forman el hombre y la mujer. No hay mal si no hay otro, la naturaleza no tiene otro como tal, para el director, por eso puede poner imágenes dolorosas de animales que sufren, un venado con un feto expuesto, un zorro que se come así mismo, para la naturaleza el  mal es indiferente, no lo es, el mal no es en ellos, solo lo es en el hombre, fuera del hombre no hay mal como tal, por eso le tememos a la naturaleza: no sufre como nosotros y también es indiferente al sufrimiento de los hombres, esa es una patada para el cine tipo Wald Disney:  toda la naturaleza parece amenazante, es capaz de matar.

“El Edén” se revela en contra del hombre, ahora no puede volver a él, no puede volver a ese estado original, donde no había sufrimiento, ni dolor, no puede llegar a mirar sin sufrir. El Edén que dejaron, esa paz sempiterna, se ha clausurado, no hay vuelta atrás.

Por fortuna, esto no es del todo así: el hombre ha encontrado a lo largo de su historia motivos para la esperanza, es decir, motivos que le ayudan a encontrar que existe algo que está más allá de él como hombre y de la naturaleza, que lo supera, del cual no puede prescindir, lo interpela, lo llama, lo hace ver por encima del dolor. La esperanza es lo que ayuda a mirar por encima del dolor, la muerte como tal no tiene, ni tendrá una explicación, pero sí un sentido. Este sentido de la muerte es lo que da la capacidad de superar el dolor, no se puede dar desde el dolor. El dolor, sin canalizar, solo trae la muerte. La esperanza ayuda a superar, a estar por encima, es el llamado a ir más allá del dolor y superar el evento, pues como tal también debe tener una caducidad, el problema es cuando la naturaleza nos puede hacer pensar que todo es caos y por eso que el dolor es eterno, que no tiene fin. Ahí el hilo que explica la película: Lars Von Trier acababa de “salir” de una fuerte depresión. Nos muestra la vida hundida de la depresión donde cuando se excava solo uno encuentra una cosa: más dolor. El depresivo solo siente que se hunde y si excava solo hay dolor.

Si hay un más allá, ese más allá está por encima del dolor, de la tristeza, de la angustia, por eso es más allá, es trascender, pasar por encima del evento doloroso, pero eso solo se puede cuando hay una vocación que se da desde la otra orilla.

Autor: Jorge Anaya (México D.F.)

El Infierno, Luis Estrada 2010, Lo trágico de lo mexicano.

Un gato en la oscuridad ve lo mismo que nosotros vemos: oscuridad. Pensar lo mexicano desde lo mexicano sólo nos hará ver lo trágico de lo mexicano.

Esta idea negativa sobre lo mexicano es parcial e inexacta. Ser mexicano no es una subespecie del ser hombre. Ser hombre es anterior al ser mexicano. No nacemos siendo un tipo de hombres, cómo si existiera esa composición genética en nosotros única que nos hiciera ser no de otra raza sino de “otro tipo de hombres”. De tal forma que frases como “Clásico del mexicano”, “El ingenio del mexicano”, “El mexicano es corrupto por naturaleza” expresarían esa inconsciencia trágica  contenida, supuestamente, en nuestros genes, casi semejante a un destino manifiesto, que se  ensaña con más fuerza en los ámbitos competitivos: “¡Jugamos como nunca, perdimos como siempre!”, “Pasemos del México del sí se pueda al México del No se pudo” Parece que ser mexicano es trágico, como si nacer en México fuera  todo menos ser hombre.

La película El Infiernos nos narra la historia de un emigrante, “el Beny”, que después de 20 años regresa a México. Se encuentra con una condición desfavorable: nada ha cambiado y todo ha empeorado. Él pretende  rehacer su vida buscando trabajo, pero al no obtenerlo se ve “obligado” a caer en las redes del narcotráfico. La vida es dura, pero en el narco es  El Infierno.

Si tomamos en cuenta para cada época existe un diseño de lo que es ser mexicano. Podemos decir  que es una imagen perdida, extraviada o, peor aún, oculta: ser mexicano es no ser. Por ejemplo: los comerciales aparecen personas con rasgos que se asemejan más a los vecinos del norte que al mexicano típico. Es una imagen oculta, detrás de esos hombres de cara blanca  y con cabellos castaño está escondido el mexicano. Al parecer, porque gusta más representarse que presentarse. Porque cada vez que se presenta se presenta de tal modo que su idea de sí, como se concibe, le es incómoda. Es preferible mirar lo que no somos a ver lo que pensamos que somos. No existimos para nosotros mismos, no somos, nos avergonzamos de lo que incluso no somos.

El Infierno, al parecer, es el ser mexicano y ¿qué es ser mexicano? Es el ser narco. Como lo habíamos dicho, es ese destino trágico manifiesto, que como destino es inevitable: hagas lo que hagas, seas como seas, terminarás en el narco. No importa si eres de los pobres o de los ricos, éstos representados dentro de la película  con la sátira de siempre del cura, el político, el profesor que de ser los amigos del hombre, en el universo de Estrada, terminaron siendo los enemigos y precursores de lo trágico del mexicano. Acabar con ellos no es la solución, pero por lo menos sacia el ámbito de la rabia tomar un arma y disparar contra ellos que representan lo que oprimen, porque los que oprimen son los responsables de que se cumpla ese destino. Ser narco, no es opción, es la realización de lo trágico mexicano.

Por esta razón todos estos “oprimidos” no tiene libertad, ni opción, ni conciencia, ni imagen, es decir no son, por lo cual, son menos que hombres, porque lo que nos da la constitución de estar por encima del llamado destino natural es la libertad, la voluntad y el entendimiento. Lo trágico de lo mexicano dicta, según la película, que no tenemos ninguna de estas cualidades. El yo es menos que sus circunstancias, el yo no es libre, no tiene voluntad, no tiene entendimiento, las circunstancias hacen al Yo. Esta es la nueva dialéctica de aquello que dijo Ortega y Gasset el hombre es el Yo y sus circunstancias. Ahora en el México de Luis Estrada son las circunstancias las que hacen al hombre, no hay Yo, no hay individuo, ni sujeto, no somos, todo lo que tenemos son circunstancias, por lo tanto el mexicano es menos que hombre.

El gato en la oscuridad ve lo mismo que nosotros: oscuridad. El Infierno es una película filmada con ojos de gato. No nos deja ver, nos muestra únicamente lo que vemos. Nuevamente aquel proverbio: “El árbol no te deja ver el bosque”. Lo mexicano no te deja ver el hombre. Antes que ser mexicanos, somos hombres, con libertad, voluntad y entendimiento. Las circunstancias nos complican o nos ayudan a deliberar y a tomar postura, pero no nos definen. Estamos en ellas, pero no somos ellas. En el país existe el narco, pero no somos el narco. Sí, en muchas partes de la  estructura social se  encuentra sus cómplices, pero no son ellas, el narco no es la Iglesia, el narco no es la política, el narco no es la educación. El narco son individuos, que al igual que nosotros viven en México, pero no definen ni a México, ni a nosotros que somos mexicanos. Son una de las tantas circunstancias que hay en un país como el nuestro, pero no es absoluto, no es nuestro destino. No es solo la criticable guerra contra el narco lo que causa el descontento, es no tener todas las circunstancias necesarias para ser humano.  Pero sí tenemos lo indispensables para ser humano: el ser persona, más que ser un Yo solitario, somos un Yo con un Tú, todo el tiempo. Somos personas en relación, antes de ser mexicanos somos personas. Lo trágico de lo mexicano, no está en ser mexicano, sino en no contar con todas las garantías que nos lleven a ser plenamente personas. El mexicano es persona e igual que cualquier otra en el mundo se entristece cuando no tiene lo necesario para lograr su realización personal, pero su desgracia no es ser de tal o cual nación, es no lograr ser. Somos algo más que mexicanos, somos personas, somos también un pueblo porque tenemos un fin que compartimos en común y que ésta por encima de las circunstancias, actuales, pasadas o futuras, ser felices.

Las circunstancias nos agobian, pero mirar por encima de ellas nos hacen ver no la oscuridad, estar por encima de ellas nos permiten ver al árbol y al bosque, no ver que sólo que somos mexicanos, ver que somos parte de algo más universal: somos personas. Ese fin es esperanzador, porque es no dejarse llevar por el sentido trágico de lo mexicano, es no dejar que eso nos haga absolutos. Estamos por encima de ser mexicanos, somos personas, con la capacidad de ser por encima de toda circunstancia y capaces de cambiarla. No es ella la que nos hace, podemos cambiarla a otras circunstancias que realmente nos realice.

Lo trágico de lo mexicano no es el hecho de ser mexicano, es lo trágico de cualquier hombre sobre la tierra: no ser feliz. Y esto, por lo tanto, no es nuestra tragedia, la tragedia es no ser feliz. Pero tenemos todo, al igual que todo ser humano, de cambiar esto y logra aquello que hoy es la contradicción necesaria de crédito, de creer, ser mexicano es ser persona y, por lo tanto, capaz de ser por encima de las circunstancias. Esto no es mirar con ojos de gato, es mirar con ojos de lo que sí somos: un águila que es capaz de devorar sus propias  circunstancias, un águila que devora una serpiente, no una serpiente que se devora a sí misma, un águila que ve por encima y que está por encima de sus circunstancias. Eso no es solo ser persona, eso es por mucho: ser mexicano.

Autor: Jorge Anaya (México, D.F.)